16/04/2026
El Hondonero y su leyenda
Entre los parajes que guardan la memoria de Lúcar, pocos despiertan una mezcla tan intensa de admiración y misterio como el Hondonero. No es solo un lugar; es una forma de silencio, una hondura donde la tierra parece haber decidido conservar, intacta, una parte de su pasado.
Allí, en medio de un paisaje que alterna lo áspero con lo fértil, se levanta un gran cortijo, sobrio y resistente, testigo del paso de generaciones que habitaron estas laderas. Sus muros no solo guardan vida, sino también tiempo: jornadas de trabajo, inviernos largos, veranos de sol duro, y ese modo antiguo de estar en la sierra sin necesidad de nombrarla.
A sus pies se abre el barranco del Hondonero, profundo y majestuoso, como una herida antigua que la tierra no ha querido cerrar. Sus paredes, abruptas y verticales, se elevan como si quisieran proteger lo que en su interior se esconde. Cada grieta, cada recodo, cada sombra proyectada al caer la tarde sugiere la presencia de algo más: no solo piedra, no solo tierra, sino memoria.
A mediados del siglo XIX, la fiebre minera dejó aquí su huella. Un hombre —quizá movido por la necesidad, quizá por la ambición— o simplemente por estar en el lugar adecuado, perforó la tierra con un pozo profundo —el de los Pájaros— y abrió una galería que aún hoy permanece como una cicatriz visible. Aquella empresa no transformó el paisaje, pero sí dejó en él una señal: una tentativa humana de arrancar a la Sierra de Lúcar parte de su secreto.
Pudo ser aquel hombre don Antonio Ayala y Ricalde, alto funcionario de la Corona, de trato cortesano y vastas influencias, cuya vida transcurría entre los despachos de Madrid y los salones granadinos donde se codeaba con la aristocracia local. Corría entonces el rumor —más que la certeza— de que gozaba de la amistad personal de la reina Isabel II, y esa cercanía al trono le abría puertas que para otros permanecían cerradas.
Pero en él había algo que desbordaba el perfil del funcionario al uso. No era, en esencia, un hombre de mina, sino de monte. Formado en la primera promoción de la recién creada ingeniería forestal, su mirada no se dirigía únicamente al interior oscuro de la tierra, sino al equilibrio silencioso de lo que crece sobre ella. Y, sin embargo, fue él —o alguien muy próximo a su tiempo y a su círculo— quien dejó abierta esa herida en la sierra.
Amigo del marqués de Valdemediano —también alto cargo de la Corona—, acabó comprándole media sierra, una vez abolida la ley de señoríos y mayorazgos, rompiendo así el antiguo dominio de los linajes que durante siglos habían ejercido su autoridad sobre estos parajes, entre ellos el Hondonero. Con ese gesto, discreto pero decisivo, se convirtió en el primer propietario ajeno a aquella vieja estirpe.
La operación no pasó desapercibida: quedó registrada en la Gaceta de Madrid, el equivalente al actual boletín oficial del Estado. No fue solo un trámite administrativo, sino el reflejo de un cambio más profundo. Porque mientras la galería minera abría una herida en la roca, aquella compra abría otra —más silenciosa y más definitiva— en la historia de la sierra.
No fue la mina la que cambió la sierra. Fue la propiedad.
Sin embargo, lo que verdaderamente envuelve al Hondonero en un halo de leyenda pertenece a un tiempo más antiguo, más incierto, más cargado de emoción que de historia escrita. Se remonta a los días de la expulsión de los moriscos, cuando muchas familias se vieron obligadas a abandonar de forma abrupta aquello que había sido su mundo.
Se dice que, antes de marcharse, y convencidos de que el destierro sería breve, ocultaron en los lugares más inaccesibles del barranco sus bienes más preciados: monedas, objetos, recuerdos, fragmentos de vida. No los escondieron para perderlos, sino para protegerlos. El Hondonero se convirtió entonces en depósito de una esperanza: la de volver.
El tiempo, sin embargo, no siempre cumple las promesas que los hombres depositan en él.
Y aun así, la historia no se perdió.
Siglos después, ya en el XIX, algunos lucareños que emigraron a los viñedos de Orán en la Argelia francesa, regresaron con palabras que no eran solo suyas, sino heredadas. Traían consigo relatos de los descendientes de los antiguos moriscos, que hablaban del barranco del Hondon, de riquezas ocultas, de caminos que conducían a lo invisible. No eran historias precisas ni comprobables, pero tampoco eran invención: eran memoria transformada, transmitida de generación en generación, como se transmiten las cosas que importan.
El Hondonero no es solo su barranco. Es todo lo que lo rodea.
Hacia sus alturas se extiende el Collado del Toro, que fue durante siglos cruce de caminos de herradura, de una belleza inusual, lugar de paso y de encuentro. Más al este, el Tornajo de la Solana ofrece todavía hoy el rastro de una utilidad antigua: un abrevadero en un lugar inhóspito próximo a la famosa cueva Las Yeguas que sostuvo la vida de ganados y caminantes, hoy convertida en una preciosa fuente que hace las delicias de la fauna de la la zona. Y cerca de allí, el Cortijo de la Solana guarda la memoria de los años difíciles, cuando el hambre era una realidad compartida y la supervivencia dependía de lo que la tierra y los animales pudieran ofrecer. El apeo de Lúcar del siglo XVI, ya hace mención a Los Solanos, todo ese terreno a los pies de las actuales Coberteras, como el nacimiento de la importante rambla de Cela.
Aquellos ganados pastaban en la amplitud de una sierra que entonces se entendía sin divisiones estrictas: el pinar del Zurdo, el de los Pollos, el Collado del Toro y toda la extensión de Piedra Lobera formaban un territorio continuo, vivido y compartido.
Todo ello configura un paisaje que no puede entenderse solo desde lo visible.
Porque el Hondonero no es únicamente un lugar geográfico: es un espacio donde el tiempo se acumula, donde las historias no desaparecen, sino que se sedimentan. Allí, el viento no solo mueve las hojas, también remueve recuerdos. Y el silencio no es ausencia, sino presencia contenida.
Y quizá por eso, si hoy —en este año de 2026— quedara aún algún tesoro escondido en sus entrañas, puede afirmarse con bastante tranquilidad que estaría más seguro que nunca. No por cerraduras, ni por guardianes, ni por mapas perdidos, sino por algo mucho más eficaz: la propia sierra.
Porque donde antes había sendas, hoy hay espesura. Donde hubo paso, ahora hay resistencia. Zarzas que no negocian, pinos jóvenes que se cierran como un ejército paciente, y una maraña vegetal que ha hecho del barranco Hondonero un lugar donde entrar ya no es aventura… sería toda una utopía.
Así que, si alguien aún sueña con encontrar aquellos tesoros, quizá deba tener en cuenta un pequeño detalle que los antiguos no pudieron prever: que la sierra no solo guarda los secretos…
también se encarga de que nadie venga a reclamarlos.
Juan Ruiz. Abril — 2026