06/09/2026
Por Samuel Hinojal Sanz
“Yo también soy migrante, sí; migrante televisivo. El insoportable olor a indecencia informativa.
La pregunta es incómoda por lo evidente: ¿por qué Carlos Herrera en COPE, Susanna Griso en Antena 3, Ana Rosa Quintana en Telecinco o Iker Jiménez en Cuatro abren sus programas con imágenes de migrantes entrando en Ceuta, pero nunca muestran a esos mismos migrantes trabajando en los campos de Huelva, en los invernaderos de Almería o invisibilizados en la transformación demográfica de Mallorca y Canarias?
La respuesta es sencilla: la inmigración solo interesa cuando sirve para generar miedo, no cuando obliga a hablar de derechos, explotación o desigualdad.
Ceuta es el escenario perfecto para fabricar alarma. La frontera se convierte en espectáculo: un teatro donde se representa la obra favorita de ciertos medios, la del “ellos” que llega y el “nosotros” supuestamente amenazado.
Cada llegada se dramatiza y se exagera hasta convertirla en crisis nacional. No se informa: se amplifica. No se contextualiza: se utiliza como munición política.
El migrante aparece solo cuando encaja en el papel de amenaza, nunca cuando encaja en el de trabajador.
Si las cámaras se desplazaran a Huelva o Almería, el relato se vendría abajo.
Allí miles de migrantes sostienen la agricultura española con jornadas interminables, salarios precarios y chabolas sin agua ni luz.
Allí no hay invasión: hay explotación. Allí no hay alarma: hay dependencia económica.
Mostrar esa realidad obligaría a hablar de responsabilidad empresarial, de políticas públicas y de derechos laborales.
Humanizaría a quienes en Ceuta se presentan como problema. Por eso Huelva no existe en el mapa mediático que estos comunicadores alimentan cada mañana.
Mientras tanto, se repite el discurso de que ciertos migrantes “no se integran”, “no hablan el idioma” o “quieren imponer su cultura”.
Un discurso automático, casi mecánico. Pero la realidad es mucho más irónica.
Llevo dieciséis años viviendo en una urbanización levantada durante el boom inmobiliario, pensada casi exclusivamente para extranjeros, sobre todo británicos.
Ellos no la llaman por su nombre oficial, “Pinada…”, sino “La Pequeña Inglaterra”.
Y el apodo no es inocente: es una frontera cultural con bandera incluida.
No hablan castellano, no intentan aprenderlo, mantienen horarios, costumbres, bares y fiestas británicas.
Viven en España, pero no viven con España. Y, sin embargo, nadie les exige integración. No hay tertulias indignadas, ni reportajes alarmistas, ni debates sobre su falta de adaptación.
Lo mismo ocurre en Palma de Mallorca, donde los alemanes compran barrios enteros y viven como si la isla fuera una extensión de Baviera.
O en Canarias, donde ingleses y nórdicos mantienen sus burbujas culturales sin mezclarse ni aprender el idioma.
Y, de nuevo, ningún medio convierte eso en problema. No sirve para generar miedo, así que no existe en televisión.
En cambio, cada mañana veo a quienes barren nuestras calles —muchos de ellos marroquíes— saludando en castellano, esforzándose por comunicarse y convivir.
La experiencia cotidiana desmonta por completo el discurso mediático: los que supuestamente “no se integran” son, en muchos casos, quienes más lo intentan. Y quienes viven aislados en burbujas impermeables son precisamente aquellos que nunca aparecen en los debates sobre integración.
La integración no depende del origen ni del color de piel: depende de la actitud y de la voluntad de convivir. Pero los medios solo señalan a quienes encajan en el relato del miedo.
Lo mismo ocurre en Mallorca: la verdadera ocupación no la protagonizan migrantes pobres, sino europeos con alto poder adquisitivo que compran viviendas a precios inalcanzables, expulsan a residentes y convierten la isla en un parque temático para ricos.
Pero esa ocupación no aparece en los programas matinales. Hablar de ella implicaría cuestionar un modelo económico basado en turismo, especulación y privilegios. Implicaría criticar a quienes tienen poder, no a quienes llegan sin nada.
- La selección mediática es ideológica.
- Se muestra al migrante cuando llega a nado, nunca cuando trabaja.
- Se muestra la frontera cuando hay drama, nunca cuando hay explotación.
- Se muestra la “invasión” de pobres, nunca la ocupación de ricos.
Por eso Ceuta sí y Huelva no. Ceuta sí y Mallorca no.
Ceuta permite fabricar alarma; Huelva y Mallorca obligan a hablar de derechos y desigualdad.
Ceuta es espectáculo. Huelva y Mallorca son realidad.
Y en ciertos medios, la realidad solo importa cuando refuerza un relato, nunca cuando lo cuestiona.”