14/01/2015
LA DOCTRINA DEL ODIO
Solo los fanáticos son capaces de resolver sus diferencias con violencia o tiranía. En una época en que la conciencia nos hace personas y con ello, merecedores y portadores del respeto, la libertad, la cultura y el conocimiento, la tolerancia y el derecho a expresarse libremente. Tiempos en que si ofendemos o nos sentimos ofendidos, no necesitamos ni deseamos recurrir a la violencia para defendernos.
Eso queda en los albores de un periodo en que hablaba antes la espada que la palabra y aprendíamos a manejarla olvidando instruirnos en la palabra escrita.
Porque el fanatismo, religioso, político, territorial o incluso deportivo, convierte a la gente en autómatas dirigidos y sin pensamientos propios, beneficiando tan solo a quien los dirige y adoctrina.
Práctica que ahora debería ser obsoleta y quedar relegada al ostracismo en un mundo ignoto, pero que lamentablemente existe entre aquellos que viven y sienten como el mundo lo hacía seis siglos atrás. Nostálgicos de la barbarie a quienes les resulta más fácil aprender a manejar un arma que a leer un libro que no sea el que quien los domina, les inculca y obliga, sin permitirles otra deducción que aquella que los impone.
Decía una escritora “El niño que hoy lleva un libro en la mano, mañana no llevará un arma”. Evidentemente, los niños del odio carecen del acceso a un libro y, en cambio, las armas las tienen muy cerca para con el tiempo, manifestar con ellas su rencor y unas ideas inculcadas y fuera del libre albedrio.
El fanático lleva en una mano una biblia, un corán, una doctrina política o el escudo de su equipo favorito y en la otra un objeto con que lacerar o destruir. En el corazón el rencor para los que no son como él y en la mente, absolutamente nada.
Lamentable es pagar con sangre la libre expresión de los demás o el pensamiento diferente. Pero la libertad se alza sobre todas la nubes que ocultan el sol y frente a este, mostrarse esplendida y cercana, para todo el que la respeta y desea.