16/08/2022
𝐋𝐎𝐒 𝐉𝐔𝐃𝐈𝐎𝐒 𝐄𝐍 𝐀𝐋-𝐀𝐍𝐃𝐀𝐋𝐔𝐒
Para los judíos la conquista musulmana de la península ibérica significó aparentemente el fin de la persecución a la que habían sido sometidos por los monarcas visigodos y por la Iglesia católica. Sigue siendo objeto de debate si pidieron ayuda a los musulmanes del otro lado del estrecho de Gibraltar, algunos han llegado a calificar a los judíos de quinta columna de la invasión musulmana, pero sea como fuere, está comprobado que los recibieron con los brazos abiertos y que colaboraron con ellos en la custodia de algunas ciudades, como Córdoba ―en la que también colaboraron en su conquista―, Sevilla, Granada o Elvira, mientras los ejércitos de Tariq y de Musa seguían avanzando hacia el norte. A lo largo de la Edad Media se fue extendiendo en los reinos cristianos, no sólo en los peninsulares, el mito de la «traición» de los judíos aliados con los musulmanes para destruir a los cristianos ―la creencia de que habían entregado Toledo estaba muy extendida―, mito que se intensificará durante las Cruzadas (1099-1291).
Los musulmanes, siguiendo las enseñanzas del Corán, consideraban que los judíos, en tanto que «gentes del Libro», no debían ser convertidos a la fuerza al islam y eran merecedores de un trato especial, la dhimma. Los dhimmi (en árabe ذمّي , "protegidos") tenían garantizadas la vida, la propiedad de sus bienes y la libertad de culto, así como un alto grado de autonomía jurídica, que les permitía, por ejemplo, acudir a sus propios tribunales para dirimir los asuntos de sus comunidades. Sin embargo, a pesar de las garantías que les ofrecía la condición de dhimmis parece que muchos judíos acabaron convirtiéndose al islam a lo largo de los siglos siguientes a la conquista aunque carecemos de cifras concretas.
Como contrapartida, estaban sujetos a impuestos específicos, debían aceptar una situación social inferior y someterse a discriminaciones diversas ―tenían que llevar vestidos, sombreros, cabalgaduras y hasta nombres distintos de los musulmanes―, teniendo negado el acceso a la mayor parte de los cargos públicos: no podían, en concreto, acceder a funciones militares ni políticas en que tuvieran jurisdicción sobre musulmanes, pero sí ocupar ciertos puestos administrativos. Sin embargo hubo judíos que detentaron el cargo de visir, como Samuel ibn Nagrella en el reino taifa de Granada, o un lugar preeminente en la corte califal como el médico y diplomático Hasday ibn Shaprut en tiempos de Abd al-Rahmán III (912-961), pero se trató de un número muy reducido y sus encumbramientos fueron muy precarios, pues dependían del favor de los príncipes y se exponían a caídas y muertes violentas tan pronto como perdían la confianza de sus amos, además de levantar la ira popular al tratarse de dhimmis. Fue el caso del hijo de Semuel ibn Nagrella, Yosef, que sucedió en el cargo de visir a su padre y no se comportó tan discretamente como él, haciendo ostentación de su poder, por lo que fue una de las víctimas de la terrible matanza que tuvo lugar en Granada el 30 de diciembre de 1066 en la que murieron cerca de cuatro mil judíos.
En cuanto a las actividades que realizaban los judíos, inicialmente no tuvieron una dedicación específica ―muchos judíos cultivaban la tierra―, pero algunos de ellos pronto se especializaron en el comercio ―el comercio de esclavos procedentes del este de Europa y la «fabricación» de eunucos fue un monopolio judío― y en el préstamo, además de ocuparse de la recaudación de impuestos, por encargo de las autoridades andalusíes que no querían que musulmanes realizaran las actividades más impopulares. Ello permitió a los judíos ―o por lo menos a algunos de ellos― llegar a una posición económica de prosperidad, pero les exponía también, en épocas de crisis y recesión, a sufrir la ira del resto de la población, que tendía a ver en ellos los beneficiarios y los responsables de todas las dificultades.
La situación de los judíos en Al-Ándalus no fue siempre igual. En general, se distinguen dos períodos bien diferenciados: antes y después de la llegada de los almorávides en torno a 1086. El primero, que abarca el Emirato de Córdoba (711-912), el Califato de Córdoba (912-1031) y los primeros reinos de taifas (1031-1086), se caracterizó porque los judíos pudieron vivir sin graves problemas bajo el estatuto de dhimmis y sin padecer ninguna persecución. (Con notables excepciones como la matanza de judíos de Granada de 1066).
El segundo periodo, iniciado con la llegada de los almorávides a Al-Ándalus en 1086, se caracterizó por el empeoramiento de la situación de los ‘’dhimmis’’ en general y de los judíos en particular. Los almorávides, defensores de la ortodoxia islámica, echaron en cara a los reyes de las taifas su condescendencia respecto a cristianos y a judíos y criticaron el poder que habían alcanzado algunos ellos. La intransigencia de las nuevas autoridades provocó una primera emigración de judíos hacia los reinos cristianos del norte y conversiones forzosas al islam. Pero el deterioro definitivo se produjo con la llegada a mediados del siglo XII de los aún más fundamentalistas almohades que se mostraron absolutamente intransigentes con los dhimmis. Al parecer la mayoría de los judíos se vio forzada a convertirse al islam aunque siguió practicando clandestinamente el judaísmo. Los que no lo hicieron emigraron, en su mayor parte a los reinos cristianos del norte. Allí donde opusieron resistencia, como en Granada, fueron objeto de una dura represión y obligados a llevar una indumentaria que los diferenciara de los musulmanes ―en Granada vestido azul y gorro amarillo en lugar de turbante―, incluso aquellos que se habían convertido porque el califa almohade, según un cronista andalusí, «dudaba de la sinceridad de su fe islámica». Además a estos conversos se les prohibió comerciar y sus hijos fueron separados de sus familias para ser educados por musulmanes. Así pues, se acabó con la prosperidad y la vida cultural hebrea en al-Andalus que no volvió a reconstituirse. Los judíos que permanecieron en territorio musulmán después de la caída de los almohades [en el primer tercio del siglo XIII] fueron una minoría de la que sabemos poco, pero que distó mucho de conocer una situación comparable a la de antes.
Fuentes: Los judíos en España, de Joshep Pérez.
La tolérance andalouse a-t-elle existé?, de Emmanuelle Tixier du Mesnil
Imagen: Miniatura del Libro del ajedrez, dados y tablas de Alfonso X el Sabio que representa a un judío (izquierda) y a un musulmán (derecha) jugando al ajedrez.