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13/06/2026
10/06/2026

Casi la mitad de la brecha salarial media de género se explica por los pluses, pero incluso supera el 60% cuando se analizan perfiles similares de trabajadores, recoge un estudio de CCOO

10/06/2026

El recién publicado informe del 'Global Justice Report' (GJR), elaborado por el equipo de Thomas Piketty, se esfuerza por demostrar que la lucha contra la desigualdad va necesariamente de la mano de la defensa del planeta que sostiene la vida. Esto es ir a contracorriente de una forma de pensar que...

09/06/2026

El mapa que condena a tu ciudad a la ruina (y cómo el capital dibuja sus propias fronteras)

El capitalismo no solo produce crisis económicas, sino también paisajes enteros de abandono y especulación. La clave está en cómo utiliza el espacio para sobrevivir, aunque eso signifique condenar barrios, regiones o países enteros al olvido.

Por Redacción Nota Antropológica

Imagina que tu barrio es próspero un día. Al siguiente, las fábricas cierran. Los bancos dejan de prestar dinero para reformar las casas. La escuela pierde alumnos. Y un día, un gran cartel anuncia un "megaproyecto" que solo traerá apartamentos de lujo que nadie del barrio podrá pagar. No fue un accidente. Fue un "ajuste espacial".

El geógrafo David Harvey ha dedicado décadas a desmontar este mecanismo. Su trabajo explica un fenómeno que la mayoría sufre pero pocos entienden: la tendencia del capitalismo a construir riqueza en un lugar para, poco después, destruirlo y trasladarse a otro. No es un fallo del sistema, explica Harvey. Es su motor.

La contradicción que mueve el mundo

Harvey, una de las voces más influyentes del pensamiento crítico contemporáneo, sostiene que el capitalismo necesita crecer a un ritmo constante, cerca del 3% anual. Este crecimiento exponencial choca con una realidad molesta: los recursos y la capacidad de consumo de las personas son finitos.

Frente a este bloqueo, el sistema recurre a una maniobra. El capital se desplaza. Cierra una planta en Detroit y la abre en Shenzhen. Convierte un descampado en un centro comercial. Transforma una zona obrera en un polo turístico. A este proceso Harvey lo llama "ajuste espacial" o spatial fix. Es la manera que tiene el capital de resolver una crisis de exceso de producción.

Lo hace en tres niveles que operan al mismo tiempo. Primero, fija dinero en infraestructuras tangibles: puertos, autopistas, edificios. Segundo, mueve esos recursos a gran velocidad por todo el planeta, buscando mano de obra más barata o regulaciones más débiles. Tercero, todo este movimiento altera el valor de las cosas. Una vivienda en el centro de una ciudad gentrificada ya no vale por los recuerdos de quienes la habitaron, sino por su precio de cambio en el mercado global.

¿Por qué tu ciudad nunca gana a largo plazo?

El problema, advierte Harvey, es que estos ajustes no resuelven la crisis. Solo la trasladan. Lo que hoy es una "solución" se convierte mañana en un nuevo "bloqueo". El análisis de Harvey identifica varios puntos donde el sistema se atasca.

El primero es la fricción entre lo fijo y lo móvil. Para un ajuste, el capital necesita construir fábricas o viviendas (invertir en un lugar). Pero cuando ese lugar deja de ser rentable, el capital se va. Deja tras de sí un paisaje de ruina, desempleo y deuda fiscal. Eso es lo que pasó en la región del Rust Belt en Estados Unidos o en muchas cuencas mineras de Europa.

El segundo bloqueo es aún más perverso. El capital financiero, la forma más volátil y abstracta de dinero, termina por dominar la economía. Ya no invierte en producir cosas útiles. Se dedica a la especulación inmobiliaria, las burbujas de activos y la extracción de riqueza mediante créditos usureros. La crisis hipotecaria de 2007 y 2008, que comenzó con ejecuciones de viviendas en Florida y California, es el ejemplo de manual.

El nuevo campo de batalla está en la calle y en el cuerpo

Pero la crisis no solo se manifiesta en los balances bancarios. Harvey insiste en un tercer bloqueo: la crisis de la demanda. Si los ajustes espaciales bajan los salarios y precarizan el trabajo, ¿quién compra lo que se produce? La respuesta neoliberal fue el endeudamiento masivo. Se creó un "keynesianismo para pobres" con tarjetas de crédito e hipotecas de alto riesgo. Cuando la burbuja estalló, la crisis financiera se transformó en una crisis fiscal. Estados enteros, como Grecia o España, vieron cómo su deuda pública se volvía ingobernable.

Finalmente, está el choque con el planeta. El crecimiento perpetuo requiere consumir recursos y generar residuos a un ritmo insostenible. La crisis climática aparece entonces como el límite más evidente que el capital intenta engañar con mercados de carbono o tecnología verde, pero que ninguna maniobra espacial podrá eludir para siempre.

Harvey no es un profeta pesimista. Su trabajo ofrece herramientas para entender que los desahucios, la precariedad laboral y el abandono de barrios enteros no son accidentes. Son decisiones trazadas sobre un mapa económico. La buena noticia es que si el capitalismo produce su propia geografía, también podemos disputársela. Organizarse en el barrio, resistir a la especulación, reclamar el derecho a la ciudad y construir alternativas colectivas son formas de tomar el control de esa matriz espacial. Se trata de decidir si el espacio urbano es un mercado o una casa.

Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios ¿Cómo ha cambiado tu barrio en los últimos años crees que ha habido más especulación de la tierra y del espacio o realmente no ha cambiado mucho y ha habido un verdadero progreso para todos?

Fuente: Harvey, D. en Benach, N. y Albet, A. (eds.) (2019). David Harvey: La lógica geográfica del capitalismo. Icaria Editorial.

08/06/2026
03/06/2026

La teoría feminista lleva tres siglos creando palabras para nombrar lo que antes no tenía nombre: acoso laboral, violencia marital, feminización de la pobreza. No son ocurrencias. Son herramientas de guerra.

Por Redacción Nota Antropológica

Empecemos con una historia breve.

Imagina que una secretaria recibe un pellizco en el trasero por parte de su jefe. Él solo sonríe. Ella baja la cabeza. Alguien murmura que el tipo es un “ligón”. Que así son los hombres. Que es simpático, a pesar de todo. Ahora démosle la vuelta, llamemos a eso por su nombre: acoso sexual en el trabajo. De repente, la anécdota ya no es un hecho aislado y se convierte en fenómeno estructural. La secretaria deja de ser una mujer incómoda y pasa a ser parte de un sistema que reproduce desigualdad.

Esto parece una escena sacada del guion de un melodrama, pero no, es en realidad una dinámica política.

El feminismo funciona como una teoría crítica, eso significa que se dedica a hacer visible lo que el sentido común no alcanza a ver a simple vista. La teoría feminista no describe el mundo, trata de desarticularlo, lo vuelve a armar y lo muestra desde un ángulo que resulta incómodo ver.

Porque cuesta darse cuenta de que lo personal no es íntimo, es político.

Este descubrimiento ocurrió a lo largo de tres siglos. Comenzó en la Ilustración, cuando algunas mujeres exigieron que el discurso de la igualdad universal no fuera un privilegio masculino. Luego vino el sufragismo. Luego el feminismo de los años setenta y en cada etapa, el movimiento social y la teoría fueron de la mano. Una sin la otra no funciona, porque la teoría sin movimiento social se vuelve hueca. El movimiento sin la teoría se vuelve ciego.

El feminismo toma hechos que parecen insignificantes, personales, anecdóticos, y los agrupa bajo un mismo concepto. Esa agrupación es una declaración de guerra contra lo naturalizado. ¿Por qué una mujer golpeada por su pareja era antes un “caso pasional” y hoy se entiende como víctima de terrorismo doméstico? Porque el feminismo inventó categorías, porque nombró, porque se negó a seguir llamando “amor” a lo que era dominación.

La filósofa Seyla Benhabib define el sistema de género-sexo como la red mediante la cual las sociedades organizan la diferencia anatómica entre los cuerpos. Es decir, cuando la cultura construye roles sobre la biología y luego los presenta como si fueran destino. El feminismo lo que hace es descoser esa red. Muestra que no hay naturaleza femenina. Hay imposiciones. Hay educación diferencial. Hay mandatos de sumisión disfrazados de virtud.

Un ejemplo actual es cuando se habla de “feminización de la pobreza”, en la que se señala que las mujeres concentran los trabajos peor pagados, las jornadas más precarias y la responsabilidad de los cuidados no remunerados. Eso es el resultado de siglos de asignación de espacios: lo público para los varones, lo privado para las mujeres. Y cuando una mujer logra saltar ese muro, se t**a con el Techo De Cristal. Otra palabra que inventó el feminismo para nombrar lo que antes era apenas una sospecha.

Este movimiento social no se organiza como los partidos políticos. No tiene una estructura vertical. Sus redes funcionan como pequeños laboratorios culturales: grupos de mujeres que se juntan, conversan, comparan experiencias, descubren que sus problemas personales son en realidad problemas colectivos. Esa práctica se llamó “autoconciencia” en los años setenta. Y sigue viva en cada reunión de colectivas, en cada lectura compartida, en cada vez que una mujer dice “a mí también me pasó”.

La especificidad del feminismo, entonces, no es una rareza académica. Es su capacidad para hablar desde el lugar de quien sufre la opresión sin quedarse en la queja. Pasa de la queja al análisis. Del análisis a la acción y de la acción a la transformación legal, cultural y cotidiana.

Las consecuencias son enormes, porque por un lado, el feminismo irracionaliza poderes que se creían incuestionables. El marido ya no es el rey de su hogar por derecho divino. El jefe no puede tocar a su secretaria amparado en la “galantería”. La palabra del varón dejó de ser la única palabra válida. Por otro lado, el feminismo también enfrenta resistencias. Algunas vienen de fuera: leyes que se debilitan, discursos que intentan ridiculizar. Otras vienen de dentro: la dificultad de articular un movimiento que representa a todas las mujeres cuando las mujeres son diversas en clase, raza, orientación sexual y geografía.

Si llegaste hasta este punto de la nota comenta ¿Te ha pasado que algo que viviste como "cosa de una vez" después resultó no ser tan personal ni tan de una vez? Te leemos.

Fuente: Amorós, C. y de Miguel, A. (2014). Teoría feminista de la Ilustración a la globalización I. Madrid: Minerva Ediciones. (Introducción, pp. 13-89)

26/05/2026

El poder que no se ve sigue escribiendo crímenes en los cuerpos

Una antropóloga argentina advierte que la brutalidad contra las mujeres y los más vulnerables no es un accidente.

Por Redacción Nota Antropológica

Lo vio por primera vez en Ciudad Juárez. Una mujer aparecía asesinada en un terreno baldío. Luego otra. Y otra más. Todas jóvenes, morenas, pobres. Los medios locales repetían la misma frase: “un crimen más con móvil sexual”. Pero Rita Segato, antropóloga de la Universidad de Brasilia, no lo creyó. Algo no cerraba.

¿Por qué matarlas con tanta crueldad si el objetivo fuera solo sexual?
¿Por qué dejarlas donde todos pudieran verlas?
¿Por qué la impunidad se volvía parte del espectáculo?

Segato comenzó a construir una respuesta sobre cómo entendemos la opresión en América Latina. Su investigación sostiene que las estructuras de dominación del periodo colonial no desaparecieron con las independencias, simplemente mutaron y encontraron nuevos cuerpos donde inscribir su poder.

Para entenderlo hay que remontarse a algo que Segato llama “el mundo aldea”. Antes de la conquista colonial, muchas comunidades organizaban la vida desde una lógica dual. Los hombres ocupaban el espacio público. Las mujeres el doméstico. Había jerarquía, sí. Los hombres tenían más prestigio. Pero ambos espacios eran considerados completos, con voz propia y capacidad política. La autora lo nombra como “patriarcado de baja intensidad”. No era un mundo ideal, pero la violencia letal contra las mujeres no formaba parte del paisaje cotidiano.

Luego llegó la colonia y todo cambió.

El conquistador no solo venció militarmente, sino también secuestró la forma de organizar el poder. El espacio público masculino dejó de ser una parte de la vida para convertirse en la única voz válida. Lo que antes era doméstico pasó a ser íntimo, privado, menor. Segato explica que el mundo precolonial funcionaba desde la dualidad, es decir, dos caras completas. La modernidad colonial impuso el binarismo, una estructura donde lo que no encaja en el Uno universal se vuelve resto, sobra, anomalía.

Este proceso no se detuvo con las independencias. Segato dice que las repúblicas criollas no rompieron con el orden colonial, simplemente heredaron sus bienes y su forma de administrar desde afuera. El Estado latinoamericano nació con un ADN masculino y colonial. Su relación con la población sigue siendo la del gestor externo que nunca termina de pertenecer al territorio que gobierna.

¿Y cómo se sostiene esto en el día a día?

El varón indígena, afrodescendiente o campesino fue derrotado por el colonizador blanco, pero en lugar de desaparecer, encontró que podía restaurar su virilidad emulando al vencedor. Dejó de ser el padre de familia para convertirse en el colonizador dentro de su propia casa. Esta pieza bisagra explica por qué la violencia contra las mujeres en comunidades antes más colectivas no es una tradición ancestral. Es un producto moderno. La guerra paramilitar y el narco no nacieron del hogar. Fueron la guerra y el narco los que reingresaron a los hogares y enseñaron nuevas formas de crueldad.

Segato también observa cuantas más leyes de protección para las mujeres se aprueban, más crece la violencia letal contra ellas. En Brasil, una mujer era asesinada cada dos horas en 2012 y al año siguiente, una cada hora y media. Esto significa que la estructura que produce esa violencia no se termina con decretos.

¿Por qué es tan difícil detenerla?

Porque el cuerpo de las mujeres, de los niños y de los jóvenes pobres se ha convertido en un territorio de inscripción. Cuando el poder ya no puede expresarse a través de la ley, lo hace a través de la carne. Los feminicidios de Ciudad Juárez, los niños con las manos cortadas en barrios marginales de Argentina, los jóvenes baleados en las rodillas para quedar rengos para siempre. Todo eso forma parte de un lenguaje mudo que solo entienden quienes viven dentro de esa lógica. Los medios lo llaman “crimen sin sentido”. Segato advierte que tiene mucho sentido, pero para un oído entrenado en el poder paraestatal.

Ella acuña el término “dueñidad” o señorío porque es solo desigualdad económica, es la capacidad de un grupo pequeño de disponer de la vida y la muerte sin rendir cuentas. En 2015, el uno por ciento de la humanidad concentró más riqueza que el resto. Segato sostiene que, en ese contexto, la democracia representativa no puede defenderse de su propia sombra. La Segunda Realidad, la economía subterránea del crimen y la complicidad política, es tan solo el siguiente nivel de la torre.

Frente a este panorama, la antropóloga cree que el Estado, por su diseño colonial y patriarcal, termina siempre atrapando a quienes lo ocupan. La salida, advierte, está en reconstruir comunidad, devolver politicidad a los vínculos domésticos, retejer los lazos que el capitalismo rompe. Desde lo que ella llama “proyecto histórico de los vínculos”. Allí donde hay reciprocidad, arraigo y un cosmos simbólico compartido, el proyecto mafioso y extractivista encuentra una barrera.

Si el poder que mata mujeres, niños y jóvenes pobres no es un desvío sino la expresión más honesta del orden colonial moderno… ¿cómo seguimos creyendo que votar cada cuatro o seis años es suficiente para romper con ello?

Llegaste hasta acá. Eso ya es un gesto de no quedarse quieta. Compartí esta nota deja una reacción para saber que estuviste aquí y síguenos para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.

Fuente:
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños. Especialmente capítulos 3 (“Patriarcado: del borde al centro”) y 4 (“Colonialidad y patriarcado moderno”).

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