10/07/2026
Tenía 29 años. Concejal en Ermua, del PP, de esos que van al ayuntamiento porque creen de verdad que se puede hacer algo por la gente. ETA lo secuestró un jueves a mediodía y dio 48 horas al Gobierno: entregad a nuestros presos o lo matamos. España entera se echó a la calle. Seis millones de personas. Con velas, con pancartas, con rabia y con miedo mezclados. No sirvió de nada. El 13 de julio de 1997, lo llevaron a un descampado en Lasarte, le dispararon dos veces en la nuca y lo dejaron tirado. Cuando lo encontraron, aún respiraba. Murió unas horas después. La autopsia dijo algo que se te queda clavado: tenía las mejillas quemadas de tanto llorar.
Eso fue lo que hizo ETA. Y España respondió como nunca antes: unida, en la calle, sin banderas de partido. El Espíritu de Ermua. Una de las pocas veces que este país fue verdaderamente uno.
Han pasado casi treinta años. Hoy, el 60% de los jóvenes no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. Y mientras tanto, el Gobierno de Sánchez, sostenido por Bildu, que nunca ha condenado los crímenes de ETA, ha acercado a todos los presos etarras a cárceles del País Vasco, ha reformado la ley para recortar más de 300 años de condena a 54 terroristas, y ha allanado el camino para que Txapote, el que apretó el gatillo en la nuca de Miguel Ángel, pueda salir antes de lo que marca la justicia. Y hay quien llama "pacifistas" a estos asesinos. Con todas las letras.
Mientras todo esto pasa, los tribunales investigan al entorno directo del presidente por corrupción y tráfico de influencias. La misma persona que llegó al poder prometiendo regeneración. La misma que hoy cena con quienes glorifican a los que mataron a este chico de 29 años.
No podemos mirar hacia otro lado. No podemos olvidar.