23/04/2025
En la tierra donde el sol no perdona,
donde el viento susurra secretos de olvido,
los escritores de Guinea, sombras en la penumbra,
tejen su verbo como hilos de un destino prohibido.
No hay plumas de oro, ni banquetes literarios,
solo el crisol del alma, forjado en sufrimiento,
y en cada palabra arde el eco de los siglos,
un suspiro profundo, un dolor perpetuo en el viento.
Juan Tomás Ávila Laurel, trovador valiente,
cantó la tragedia con labios sellados por la pena,
sin laureles, sin canto, sin el roce de la gloria,
solo la amarga verdad de su solitaria condena.
Y hoy, en este día del libro,
¿celebramos qué? ¿la ilusión que se disuelve?
¿las voces ahogadas, los versos perdidos,
que entre murallas caen como hojas muertas?
En Guinea, cada palabra es un grito silente,
un rugido dentro de la carne, un lamento en el aire,
y cada escritor, como un herido que no muere,
escribe para dar sentido a la sombra que lo parte.
No hay trofeos en este país de olvido,
solo el eco de lo no dicho,
y sin embargo, su arte florece entre las grietas,
como un jardín oscuro, donde el alma florece.
Y aunque el mundo mire con ojos vacíos,
y el libro no sea más que un suspiro de cristal,
en la tinta de Guinea se hallan las estrellas perdidas,
un universo entero esperando ser real.
El Dolor no es un Libro
Sir Manoiká