14/08/2026
El delantal de mi mamá
Caminando de regreso a casa pensé en mi mamá.
Y pensé en su delantal.
Ese delantal que durante toda mi infancia parecía tener poderes mágicos, porque no recuerdo una sola ocasión en que metiera la mano en alguno de sus bolsillos y no encontrara algo.
Siempre había algo allí.
Un centavo.
Un dulce.
Un pañuelo.
Una llave.
Un papelito.
Alguna cosa que hacía falta justo en ese momento.
No sé cómo lo hacía, pero aquel delantal solucionaba todo.
Cuando éramos niños uno no se pregunta esas cosas. Simplemente acepta que las mamás tienen ciertos poderes y que uno de ellos consiste en sacar de un bolsillo exactamente aquello que necesitamos.
Con los años crecí.
Dejé de necesitar centavos para comprar chicles.
Dejé los juguetes.
Comencé a trabajar, a enseñar, a resolver mis propios problemas y a cargar mis propias cosas.
Pero el delantal de mi mamá siguió allí.
Hace unos días me llamó con insistencia:
—Alcanzame mi delantal.
Se lo acerqué.
Entonces me dijo:
—Es que tengo algo para vos.
Metió la mano y comenzó a buscar dentro de él.
Yo la observaba.
De pronto sacó dos juguetes.
Un carrito y un dinosaurio.
Los había tomado de las cosas de mi sobrino nieto —porque sí, el tiempo ha pasado tanto que ya soy tío abuelo— y me los entregó con absoluta seriedad.
Luego, casi en secreto, me dijo:
—Te conseguí esto, pero no se lo enseñés a nadie. Llevátelos y jugás con ellos.
Me quedé viendo los juguetes.
Y la vi a ella.
Por un momento no supe si reír, llorar o simplemente abrazarla.
Porque comprendí que para mi mamá, en algún rincón de su memoria, yo había vuelto a ser aquel niño al que había que conseguirle algo para jugar.
El tiempo hizo algo extraño.
Yo crecí.
Ella envejeció.
Los años cambiaron nuestros cuerpos, nuestra casa, nuestras preocupaciones y nuestras vidas.
Pero su delantal no se enteró.
Para ese delantal yo sigo siendo su hijo pequeño.
El niño para quien hay que guardar alguna cosa.
El que puede necesitar un centavo.
Un dulce.
Un juguete.
Un carrito.
Un dinosaurio.
Y entonces pensé que quizá las madres también guardan a sus hijos en bolsillos invisibles.
Podemos tener veinte, cuarenta, cincuenta o setenta años y, para ellas, en alguna parte seguimos siendo aquellos niños que un día corrieron por la casa buscándolas.
Ahora comprendo también algo que antes no podía comprender.
El verdadero poder de aquel delantal nunca estuvo en sus bolsillos.
Estaba en las manos que buscaban dentro de ellos.
Era mi mamá la que hacía magia.
Era ella quien encontraba una solución cuando parecía que no existía.
Era ella quien guardaba algo "por si hacía falta".
Era ella quien convertía un pedacito de pan, unas monedas o cualquier cosa pequeña en suficiente para todos.
Y ahora que su memoria algunas veces decide caminar hacia otros tiempos, aquel delantal vuelve a cumplir su antigua función.
Proteger.
Guardar.
Resolver.
Amar.
Solo que ahora, después de tantos años, también produce juguetes.
Guardo el carrito y el dinosaurio.
No porque necesite jugar con ellos.
Los guardo porque quizá algún día esos dos pequeños objetos me recuerden esta escena: mi mamá buscando apresuradamente en su delantal para entregarme un tesoro que había conseguido especialmente para mí.
Y entonces entiendo que no importa cuántos años tenga.
Mientras ella pueda meter la mano en aquel bolsillo y decirme:
"Tengo algo para vos",
por unos segundos volveré a ser niño.
Sigo caminando hacia mi casa.
Sonrío.
Y pienso en aquel maravilloso delantal que durante toda una vida solucionó problemas y que ahora, cuando los recuerdos comienzan a confundirse...
ha decidido volver a fabricar infancia.
Sigo caminando.
Sigo recordando.
Y escribo...
para guardar en mis propios bolsillos aquello que el tiempo algún día podría intentar llevarse.