Memorias de un desertor.

Memorias de un desertor. Novela Mexicana. Es la Historia de Patricio Rodriguez, un joven enamorado de la ciencia médica pero nula vocación militar. Una historia de rebeldía.

La distorsión de los principios de disciplina militar en hospitales civiles con herencia de mística militarEl Hospital I...
06/05/2026

La distorsión de los principios de disciplina militar en hospitales civiles con herencia de mística militar

El Hospital Infantil de México “Dr. Federico Gómez Santos.”nació bajo el sello de la medicina militar, fundado por médicos formados en una tradición donde disciplina, honor, responsabilidad y servicio no eran conceptos simbólicos, sino principios rectores de vida profesional. La sanidad militar no se sostenía únicamente en la obediencia, sino en una estructura ética profunda donde cada acción implicaba responsabilidad moral, institucional y humana. Durante décadas, esa influencia dio forma a generaciones de médicos cuya formación estaba orientada por el rigor, el compromiso con el paciente, el respeto a la jerarquía y la búsqueda de excelencia.

Sin embargo, con el paso del tiempo y la incorporación de generaciones predominantemente civiles, muchos de esos principios comenzaron a sufrir una peligrosa transformación. Algunos médicos comprendieron y adoptaron con inteligencia el verdadero espíritu de aquella herencia: disciplina como orden, responsabilidad y compromiso. Ellos entendieron que la mística militar no era sinónimo de imposición, sino de estructura ética. Fueron grandes maestros, líderes clínicos y formadores de profesionales íntegros.

Pero otros, en cambio, asumieron únicamente la versión más superficial, rígida y deformada de esa tradición. Confundieron disciplina con sometimiento, jerarquía con autoritarismo y enseñanza con abuso. En lugar de comprender el reglamento moral implícito en la doctrina militar, replicaron conductas propias de mandos intransigentes, haciendo de la formación médica un espacio donde la obediencia ciega sustituyó al razonamiento clínico.

Así surgieron frases que, lejos de representar disciplina, reflejan una preocupante perversión de sus principios: “Así aprendí yo, y así aprenderás tú”, o aún peor, amenazas como: “La próxima vez que desobedezcas una orden, serás castigado”, pronunciadas sin permitir al subordinado explicar por qué decidió no obedecer. Esta lógica no sólo resulta pedagógicamente destructiva, sino profundamente peligrosa en medicina.

Porque quien verdaderamente conoce el Reglamento General de Deberes Militares entiende que la disciplina no consiste en obedecer ciegamente una orden, sino en actuar con responsabilidad dentro de la jerarquía. Una orden incorrecta compromete tanto a quien la emite como a quien la ejecuta. El subordinado tiene la obligación de señalar, con respeto, una posible equivocación, y si considera que persiste un error grave, debe recurrir a un superior inmediato. La doctrina militar auténtica jamás exime de responsabilidad al ejecutor bajo el simple argumento de “sólo obedecía órdenes”.

Este principio, trasladado a la medicina, adquiere una dimensión vital. En un hospital, una orden médica mal dada puede significar daño irreversible o muerte. Por ello, sofocar el cuestionamiento razonado bajo amenazas de castigo no fortalece la disciplina: destruye el pensamiento crítico, anula la responsabilidad profesional y pone en riesgo vidas humanas.

La tragedia de algunos hospitales civiles con herencia militar no radica en haber conservado disciplina, sino en haber deformado sus fundamentos. Se conservaron formas de mando, pero se perdió el espíritu del deber. Se imitó la rigidez, pero no la ética. Se adoptó el castigo, pero no la responsabilidad compartida. Así aparecieron figuras que, más que guardianes de una tradición honorable, encarnan el perfil del “general frustrado”: aquel que, habiendo sufrido abusos en su formación, reproduce la violencia como mecanismo de autoridad.

La verdadera disciplina militar jamás ha sido sinónimo de humillación. Su esencia está en el honor, el deber, la responsabilidad y la capacidad de tomar decisiones correctas incluso bajo presión. Cuando un hospital civil presume una herencia militar, debe comprender que no basta con conservar jerarquías o rituales de mando; debe preservar también el principio fundamental de toda institución honorable: la responsabilidad ética de cada decisión.

La medicina exige disciplina, pero una disciplina inteligente; una disciplina que forme criterio, no sumisión; que enseñe responsabilidad, no temor; que promueva excelencia, no silencio. Castigar sin escuchar razones, sancionar sin análisis y exigir obediencia absoluta frente a posibles errores no representa la grandeza de la mística militar, sino su degradación.

Reivindicar la herencia militar de instituciones fundadas bajo esos principios implica rescatar su verdadera esencia, no perpetuar caricaturas autoritarias. Porque ni en el ejército ni en la medicina el deber supremo es obedecer sin pensar: el deber supremo es actuar correctamente, con honor y responsabilidad, incluso cuando ello exige cuestionar.

Sólo así la disciplina deja de ser abuso y recupera su verdadero significado: servir con honor, pensar con responsabilidad y actuar siempre en defensa de la vida. Dr. Francisco González Durán de León.

29/04/2026
Homenaje al Dr. Héctor Carrillo LópezDurante mi segundo año de residencia en Pediatría en el Hospital Infantil de México...
22/04/2026

Homenaje al Dr. Héctor Carrillo López

Durante mi segundo año de residencia en Pediatría en el Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez, arribó a la institución un joven médico especialista en terapia intensiva, el Dr. Héctor Carrillo López, procedente del Instituto Nacional de Pediatría. Su llegada se distinguió desde el inicio por su entusiasmo, disciplina y un profundo compromiso con la enseñanza.

Tanto el Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez como el Instituto Nacional de Pediatría comparten una raíz histórica significativa: ambas instituciones fueron fundadas por médicos militares, lo que les confirió una vocación de servicio, rigor y excelencia académica. El Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez, reconocido como pionero en múltiples subespecialidades pediátricas, atravesaba entonces una etapa de transición tras la jubilación de sus grandes maestros, lo que generó un vacío de liderazgo en áreas clave.

Particularmente, la terapia intensiva pediátrica carecía de una estructura consolidada. Su desarrollo se encontraba limitado principalmente al ámbito quirúrgico, en especial al área cardiovascular, impulsada por el trabajo del Dr. Juan Luis González Cerna (1927–2013), quien, debido a la complejidad de la cirugía cardíaca, requería de una unidad de cuidados intensivos formal. No obstante, en otras áreas de la Pediatría persistía la ausencia de líderes que promovieran el desarrollo integral de esta disciplina.

Cabe señalar que la terapia intensiva no constituye un concepto reciente. Sus fundamentos se remontan a la Guerra de Crimea, cuando Florence Nightingale estableció el principio de concentrar a los pacientes graves para optimizar su vigilancia y cuidado. Esta filosofía dio origen a lo que hoy entendemos como terapia intensiva: una práctica basada en la observación constante, la anticipación clínica y la intervención oportuna.

En mi formación previa en el Hospital Central Militar, bajo la tutela del Dr. Alberto Peña Rodríguez y del Dr. Octavio Martínez Natera, adquirí una concepción de la terapia intensiva centrada no en la tecnología, sino en la actitud del médico frente al paciente: la vigilancia estrecha, la monitorización continua y la capacidad de anticiparse a los eventos adversos para intervenir antes de su aparición.

Al incorporarme al Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez, advertí una diferencia notable entre esta concepción y la práctica vigente en la institución. Sin embargo, la llegada del Dr. Carrillo López marcó un punto de inflexión. Formado en la escuela del Dr. Peña, introdujo una visión renovada de la terapia intensiva, sustentada en la responsabilidad clínica, la observación rigurosa y la intervención anticipada.

Su integración no estuvo exenta de dificultades. Inicialmente, existió entre los residentes cierta resistencia hacia su figura, derivada en parte de su procedencia institucional y de su juventud. No obstante, su entrega resultó incuestionable. El Dr. Carrillo López asumió una dedicación absoluta a su labor, al grado de residir prácticamente en el hospital, autoasignándose un espacio para cubrir de manera continua los tres turnos de guardia.

Asimismo, integró a los residentes de segundo año de Pediatría como parte activa de su equipo en la entonces denominada terapia intensiva de infectología, espacio que se convirtió en el núcleo desde el cual comenzó a transformar los conceptos y la práctica de la terapia intensiva dentro del hospital.

Con determinación y firmeza, el Dr. Carrillo López no solo enfrentó las resistencias institucionales, sino que también contribuyó a disminuir la histórica rivalidad entre el Instituto Nacional de Pediatría y el Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez. Gracias a su ejemplo, profesionalismo y apertura, se generaron vínculos de colaboración que permitieron la incorporación de otros destacados médicos formados en el Instituto Nacional de Pediatría.

Estos médicos no solo encontraron un espacio en el Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez, sino que dejaron una huella trascendental al desarrollar áreas de alta especialidad, como los programas de trasplantes y la consolidación de la cirugía oncológica pediátrica, construyendo cada uno su propia historia y contribuyendo al fortalecimiento institucional.

El ejemplo y la enseñanza del Dr. Carrillo López dejaron una huella profunda en nuestra generación. En reconocimiento a su liderazgo, ética y compromiso, fue elegido como padrino de generación. Este nombramiento no obedeció a ofrecimientos materiales, sino al respeto y la admiración genuinos que supo ganarse entre sus alumnos. Como único gesto, se le solicitó dirigirnos un discurso, conscientes de que su legado formativo constituía ya el mayor de los reconocimientos.

En el contexto actual, al celebrarse un congreso internacional de terapia intensiva en el Hospital Infantil de México Dr. Federico Gómez, resulta no solo pertinente, sino necesario, rendir homenaje al Dr. Héctor Carrillo López como uno de los pioneros de la terapia intensiva pediátrica moderna en esta institución.

Su legado trasciende su tiempo: formó generaciones de médicos, transformó paradigmas y contribuyó de manera decisiva a la consolidación de una disciplina fundamental en la medicina contemporánea. Su nombre permanece ligado, con justicia, a la historia y evolución de la terapia intensiva pediátrica en México.

Atentamente,
Dr. Francisco González Durán

Médicos, hijos de médicosHay experiencias en la vida que transforman no sólo nuestra salud, sino también nuestra manera ...
21/04/2026

Médicos, hijos de médicos

Hay experiencias en la vida que transforman no sólo nuestra salud, sino también nuestra manera de comprender la vocación, la herencia y el sentido profundo de una profesión. Haber enfrentado un problema grave en el ojo, uno que hace apenas unas décadas habría significado la ceguera, es un recordatorio contundente del avance de la medicina, pero también del valor humano detrás de cada acto médico. No se trata únicamente de técnica o conocimiento, sino de algo más difícil de describir: una mezcla de ética, vocación y sensibilidad que no siempre se aprende en las aulas.

Como médicos, solemos convertirnos en pacientes particularmente exigentes. Conocemos los errores posibles, cuestionamos cada decisión y, a veces, dejamos que el rigor profesional se mezcle con cierta dureza o desconfianza. Sin embargo, hay encuentros que rompen esa barrera. Encontrar a una doctora que inspira confianza desde el primer momento, que se comunica con claridad, que examina con dedicación y que acompaña con genuina preocupación, es reencontrarse con la esencia misma de la medicina. Más aún cuando esa entrega no cambia frente a un colega, sino que se mantiene firme, ética y profundamente humana.

En ese contexto surge una reflexión inevitable: el peso de la herencia médica. Existen médicos que son hijos de médicos, pero no todos llevan consigo esa continuidad de valores, esa forma de ejercer que parece transmitirse más allá de los libros. Cuando la vocación se vive desde la infancia, cuando se observa en casa no sólo el conocimiento sino la conducta, el compromiso y la pasión, se forma algo distinto. Es una medicina que no se aprende únicamente, sino que se absorbe. Y cuando el hijo no sólo sigue la carrera, sino también la especialidad y hasta la subespecialidad, pareciera que esa herencia se convierte en una especie de legado vivo.

Por contraste, también es revelador escuchar a médicos que no desean ese camino para sus hijos. Esto abre preguntas profundas: ¿es desilusión, cansancio, o una percepción de sacrificio excesivo? ¿O acaso una forma de protección? Sea cual sea la respuesta, refleja una relación compleja con la profesión. Porque la medicina, aun con sus dificultades, sigue siendo una de las vocaciones más nobles, una que transforma vidas, empezando por la propia.

La experiencia personal como médico e hijo de médico añade otra capa a esta reflexión. Existe orgullo en esa continuidad, pero también una cierta nostalgia cuando no se logra transmitirla a la siguiente generación. No necesariamente es un fracaso, pero sí un anhelo no cumplido. Tal vez porque más que una carrera, se trata de una forma de ver el mundo, de servir, de entender el sufrimiento humano.

Al final, lo que queda es el reconocimiento: a aquellos padres que logran sembrar esa vocación en sus hijos, a los hijos que la abrazan con autenticidad, y a los médicos que, independientemente de su origen, ejercen con excelencia y humanidad. Porque más allá de la herencia o la formación, la verdadera medicina sigue siendo un acto profundamente humano, uno que se honra cada vez que un paciente encuentra no sólo cura, sino también confianza. . Dr. Francisco González Durán

10/04/2026

“Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”. Emiliano Zapata.

Monumento a Zapata en las cercanías de Cuautla, Estado de Morelos, 1953.

Dr. Antonio de León, mi abuelo médicoYo no conocí a mi abuelo. Su rostro no habita en mis recuerdos, ni su voz en mis oí...
09/04/2026

Dr. Antonio de León, mi abuelo médico

Yo no conocí a mi abuelo. Su rostro no habita en mis recuerdos, ni su voz en mis oídos. Y, sin embargo, su presencia ha marcado mi vida con una fuerza que a veces me cuesta explicar. Todo lo que sé de él me fue dado a través de las historias de mi madre, relatos que con el tiempo dejaron de ser simples anécdotas para convertirse en una leyenda familiar, en una herencia invisible que llevo dentro como médico y como ser humano.

Mi abuelo nació el 13 de octubre de 1900. Desde muy pequeño, la vida pareció ponerlo a prueba. A los dos años, por asomarse a ver el desfile de un circo, cayó del balcón de la sala y se fracturó la columna vertebral. Durante años no pudo caminar. Fue hasta los siete que logró ponerse de pie nuevamente, como si desde entonces estuviera destinado a desafiar la fragilidad del cuerpo y a comprender, desde su propia experiencia, el dolor de los otros.

Pero aquella caída dejó huella en su cuerpo para siempre. Mi madre decía que quedó chaparrito y jorobado, con una figura que recordaba al “camellito” de las películas de Pedro Infante. Y sin embargo, lejos de disminuirlo, esa apariencia parecía agrandar su presencia. Había en él algo que imponía respeto, no por su físico, sino por su carácter.

Aquella herida temprana no lo detuvo; lo forjó. A pesar de su condición física, estudió medicina en la Facultad de Medicina de Guadalajara. Era un estudiante pobre, sin dinero para libros. Se reunía con otros compañeros para estudiar, compartiendo textos, conocimientos y esperanzas. Para sostenerse, dibujaba títulos universitarios con tinta china: un trabajo minucioso que exigía paciencia y precisión, virtudes que más tarde trasladaría a su práctica médica.

Mi madre contaba que, aun con su defecto físico, las jovencitas tapatías lo buscaban. Había algo en él —quizá su inteligencia, su carácter firme o su manera de mirar el mundo— que lo hacía distinto. Pero más allá de eso, lo que verdaderamente lo definía era su sentido de justicia.

Vivió en una época de transformaciones profundas. Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando México recibió a los niños españoles refugiados, a él le encomendaron ir a Veracruz para recibirlos, vacunarlos y elaborar sus historias clínicas. No fue una casualidad: era el reflejo de su vocación y de su compromiso con los más vulnerables.

Esa vocación lo acompañó toda su vida. Mi madre siempre decía que su padre era un médico socialista, aunque algunos de mis tíos lo negaran. Pero más allá de las etiquetas, estaban los hechos. Prefería atender a quien no podía pagar antes que a quien sí podía. En casa eso generaba tensiones. Mi abuela se preocupaba —con toda razón— por el sustento familiar. Había hijos que alimentar, una casa que sostener.

Hay una historia que mi madre repetía como si en ella se concentrara el alma de mi abuelo. Un día llegaron al mismo tiempo dos pacientes: uno acaudalado y otro sin recursos. Mi abuelo eligió atender al pobre y rechazó al rico. Cuando mi abuela le reclamó, él respondió con una frase que se volvió ley en nuestra familia:

“El rico puede pagar otro médico. El pobre no va a contar con quien lo atienda.”

Esa frase no solo sobrevivió en la memoria: se quedó a vivir en mí, como un principio ético del que no puedo desprenderme.

Su compromiso tuvo consecuencias. Siendo médico en la Ciudad de México, se enfrentó a intereses corruptos. En una ocasión ordenó desechar leche contaminada destinada a niños, afectando los negocios de un político poderoso. Aquello lo puso en peligro. Según cuentan, lo quisieron matar. Por eso tuvo que abandonar la ciudad y refugiarse en Yurécuaro, Michoacán.

Ahí continuó ejerciendo con la misma convicción. Tenía su consultorio junto a una botica donde surtía las recetas. Los pacientes pobres le pagaban como podían: con huevos, con pollos o, muchas veces, con nada. Aun así, él los atendía, incluyendo la medicina. No era solo un médico: era parte del alma del pueblo.

La gente lo quería tanto que llegaron a proponerlo como presidente municipal. Pero mi abuela, marcada por el miedo, se opuso. Ya habían asesinado a otros que, como él, intentaron ayudar a la gente. El destino, de alguna manera, lo apartó de ese camino.

Murió el 29 de diciembre de 1950, a causa de una enfermedad grave: policitemia. En ese tiempo, el tratamiento consistía en sangrías para mejorar la oxigenación. Hay algo profundamente simbólico en eso: un hombre que dedicó su vida a dar, enfrentando una enfermedad en la que había que quitar para poder seguir viviendo.

Yo soy médico por mi padre, y en él también vivía esa entrega, ese compromiso con sus pacientes. Pero las historias de mi abuelo, contadas por mi madre, no hicieron sino multiplicar esa vocación. No la cambiaron: la profundizaron. Le dieron un sentido más amplio, más humano, más radical.

Y, sin embargo, yo no lo conocí.

Todo lo que sé de él vive en la voz de mi madre: en su admiración, en su nostalgia, en su dolor. Ella lo perdió a los quince años, y quizá por eso lo mantuvo vivo a través de sus palabras, construyendo una figura que terminó convirtiéndose en mi referente, en mi brújula.

A veces me pregunto cuánto de lo que sé es historia y cuánto es leyenda. Pero con el tiempo entendí que no importa. Porque esas historias —reales o idealizadas— son las que me formaron. Son las que se instalaron en mis entrañas y moldearon mi manera de entender la medicina.

En cada paciente, en cada decisión difícil, en cada momento en que debo elegir entre lo cómodo y lo justo, aparecen los dos: mi padre y mi abuelo, como una misma raíz que se extiende en mí.

No conocí a uno, pero heredé a ambos.

Y eso, al final, es una vocación multiplicada. Dr. Francisco González Durán de León .

Homenaje a El Zaino, caballo prieto de mi abuelo Francisco González Durán, en la revolución con el ejército de Pancho Vi...
07/04/2026

Homenaje a El Zaino, caballo prieto de mi abuelo Francisco González Durán, en la revolución con el ejército de Pancho Villa

Voy a cantar un corrido
de tiempos de revolución,
cuando en tierras de Jalisco
se jugaba el corazón.

Por tomar Guadalajara,
joya de aquel movimiento,
se enfrentaban en la noche
entre pólvora y lamento.

En Hostotipaquillo el fuego
no dejaba ni avanzar,
los carrancistas firmes
no soltaban de disparar.

Entonces dijo Villa:
—Al que llegue hasta la plaza
le daré grado de coronel
si atraviesa esta balaza—.

Pero el miedo estaba vivo,
nadie quiso responder…
y fue un caballo, sin duda,
el primero en obedecer.

Era un caballo muy mentado,
El Zaino fue bautizado,
prieto, fuerte y bien plantado,
valiente y nunca cansado.
De café oscuro su pelo,
como la noche cerrada,
con brillo que en pleno duelo
parecía llamar la espada.

No fue el hombre el elegido
ni el primero que llegó,
fue El Zaino que entró
como rayo entre la muerte,
y le cambió así la suerte
al hombre que lo montó.

Allá en Hostotipaquillo
la noche se hizo de plomo,
y el enemigo en su lomo
disparaba sin sigilo.
Tronaba fuerte el gatillo,
nadie quería avanzar,
porque era cosa de entrar
derechito a la sentencia,
y hasta el de más resistencia
prefirió mejor parar.

Entonces habló Villa fuerte
con palabra de alto mando:
—El que llegue galopando
será dueño de su suerte.
Será coronel por verte
cruzar fuego hasta la plaza—,
pero nadie dio la traza,
nadie quiso aquel destino,
porque era oscuro el camino
y la muerte daba caza.

Fue El Zaino aquel día
quien sintió fuego y estruendo,
y sin permiso, corriendo,
su propio rumbo seguía.
Francisco González Durán apenas podía
sujetar tanta carrera,
pues el caballo ya era
más destino que razón,
y entre humo y confusión
cruzó la línea entera.

Silbaron balas certeras
sobre El Zaino en su vuelo,
y aunque le herían el cuerpo
no aflojaba en las carreras.
Fueron sus horas postreras
peleando contra la muerte,
pero llevaba la suerte
de cumplir con su destino:
abrirle paso al camino
al hombre que iba en su frente.

Llegó a la plaza primero
El Zaino, ya malherido,
y Francisco, sostenido,
bajó firme y verdadero.
Villa miró al caballero
y le dio grado y honor:
—Coronel por tu valor—,
y él dijo con voz sincera:
—fue el caballo quien lo hiciera,
yo no fui más que el portador—.

Cuentan que el propio Villa
soltó risa en el momento:
—Si fue suerte o fue talento,
eso ya no maravilla.
Por usted gané la orilla,
y eso es lo que cuenta aquí—,
y así lo nombró ahí,
entre humo, sangre y batalla,
mientras la noche callaba
lo que el destino escribió allí.

Pasaron años y el tiempo
su camino fue marcando,
y aquel joven de la guerra
se hizo viejo recordando.

Nunca olvidó a su caballo,
ni aquel galope perdido,
ni la noche en que la vida
por él le fue concedido.

Con respeto lo nombraba,
con cariño verdadero,
“El Zaino me dio la vida
y también me hizo coronel”.

Y aunque el tiempo lo venciera
y la edad lo hiciera lento,
siempre hablaba de su amigo
con orgullo y sentimiento.

Dicen que al anochecer
se oye un galope en la plaza,
no es un alma que amenaza,
es quien no quiso volver.
Es El Zaino al correr
por la historia sin final,
porque en su impulso brutal
le dio vida a su jinete,
y en la memoria se mete
como héroe sin igual.

Y así vive en el recuerdo
de un abuelo agradecido,
que hasta el último suspiro
nunca lo echó en el olvido.



Dr. Francisco González Durán de León

La historia de mi abuelo, por quien me llamo Francisco(Coronel por destino)Mi abuelo no era un hombre de muchas palabras...
07/04/2026

La historia de mi abuelo, por quien me llamo Francisco

(Coronel por destino)

Mi abuelo no era un hombre de muchas palabras, pero cuando hablaba, uno escuchaba. Decía que la guerra no se parecía en nada a lo que contaban los libros, que no había gloria en ella, solo polvo, sangre… y momentos que decidían una vida entera.

Yo llevo su nombre.

Y esta es la historia que me dejó.

La noche cayó sobre Hostotipaquillo como una manta pesada, sin estrellas. Apenas los fogonazos de los fusiles iluminaban por instantes las calles del pueblo, dejando ver sombras en movimiento antes de devolverlo todo a la oscuridad.

Desde las lomas, los hombres de Pancho Villa observaban en silencio. Llevaban horas intentando avanzar, pero cada intento había sido rechazado. Los carrancistas resistían con disciplina, disparando sin descanso.

Mi abuelo, Francisco González Durán, no era un hombre cualquiera.

Era temerario.

De esos que no se quedaban atrás, de los que avanzaban cuando otros dudaban. Había visto combate, había sobrevivido, y no le temblaba la mano cuando había que hacerlo. Los hombres como él no necesitaban demostrar valor… ya lo traían puesto.

Esa noche, sin embargo, incluso los valientes esperaban.

El caballo resopló, inquieto.

—Tranquilo… —le dijo mi abuelo, acariciándole el cuello—. Ya nos tocará.

A su alrededor, los soldados hablaban en voz baja. El cansancio pesaba, pero más pesaba la resistencia del enemigo.

Entonces apareció Villa.

Caminó entre sus hombres con paso firme.

—Así no vamos a entrar —dijo—. Nos están esperando.

Silencio.

—Pero alguien puede cambiar eso.

Y entonces lanzó la propuesta:

—El que tenga el valor de entrar al pueblo… el que llegue primero a la plaza… será coronel.

La palabra cayó con fuerza.

Coronel.

Era una apuesta alta. Solo para quien estuviera dispuesto a jugarse la vida.

Y aun así, nadie avanzó.

El fuego enemigo no daba tregua.

Mi abuelo observó el pueblo. No era miedo lo que lo detenía. Era cálculo. Sabía lo que significaba esa carrera: casi una sentencia.

Y entonces ocurrió.

Un zumbido cruzó el aire.

El caballo se estremeció violentamente.

—¡Quieto! —ordenó.

Pero el animal se encabritó y salió disparado.

—¡Eh! ¡Detente! —intentó controlarlo.

Fue inútil.

El caballo se desbocó con una fuerza brutal, lanzándose directo hacia el pueblo, directo hacia la línea de fuego.

Los carrancistas reaccionaron al instante.

Las balas comenzaron a silbar.

Mi abuelo se aferró con firmeza. No era un hombre que entrara en pánico. Intentó dominar al animal, tirar de las riendas, recuperar el control.

Pero no pudo.

El caballo no obedecía.

Corría como si algo lo empujara.

Las balas pasaban cerca. Demasiado cerca. Algunas impactaban en el cuerpo del animal, pero aun así seguía.

Y él, montado, avanzaba sin poder detenerlo.

El mundo se volvió velocidad y estruendo.

Hasta que, de pronto…

Silencio.

Había llegado.

La plaza.

El caballo dio unos pasos más y cayó.

Mi abuelo rodó por el suelo, se levantó de inmediato, alerta, listo para lo que siguiera.

Pero no hubo disparo.

En cambio, escuchó el ataque detrás.

Villa había aprovechado el momento.

Los villistas irrumpieron por todos lados. La sorpresa rompió la defensa. Los carrancistas comenzaron a caer o a huir hacia la oscuridad.

La batalla se decidió en minutos.

Mi abuelo se acercó a su caballo.

—Gracias… —murmuró.

Cuando todo terminó, Villa llegó a la plaza.

Miró al joven.

Miró al caballo.

Y entendió.

—Muy bien —dijo—. Desde ahora, eres coronel.

Mi abuelo se quitó el sombrero.

Y ahí fue donde demostró quién era realmente.

—No lo merezco, mi general —dijo con respeto—. No fue por valentía… el caballo se espantó y se me desbocó. No pude detenerlo.

Villa lo miró unos segundos.

Y luego soltó una carcajada.

—¡Faltaba más! —dijo—. Coronel González, si no fue por valiente, fue por suertudote.

Los hombres rieron.

Pero Villa añadió:

—Haiga sido como haiga sido… por usted ganamos la batalla.

Le dio una palmada en el hombro.

—Y eso es lo que cuenta.

Mi abuelo aceptó el grado.

No por orgullo.

Sino porque así era la guerra.

Con el tiempo, la historia se volvió leyenda. Muchos hablaron de su valentía. Otros, de un milagro.

Él nunca cambió la versión.

Siempre dijo la verdad.

Que fue el caballo.

Que fue un instante fuera de su control.

Pero quienes lo conocían sabían algo más:

Que no cualquiera sobrevive a una lluvia de balas.

Que no cualquiera llega.

Y que, aunque el destino lo empujara…

solo un hombre valiente podía sostenerse en la silla hasta el final.

Años después, volvió a Hostotipaquillo.

Caminó hasta la plaza.

El polvo seguía ahí.

Se agachó.

Lo tocó.

Y entendió.

No todo en la vida se gana.

Algunas cosas…

te eligen.

Dicen que en las noches todavía se escucha un caballo galopar.

Que cruza el pueblo.

Que llega a la plaza.

Y desaparece.

Mi abuelo decía que no era un fantasma.

Sino el recuerdo de aquel momento en que el destino tomó las riendas…

y lo convirtió en coronel.



Dr. Francisco González Durán.

Dibujo  que servirá de portada para la próxima publicación de la novela memorias de un desertor (traducción en inglés).
05/04/2026

Dibujo que servirá de portada para la próxima publicación de la novela memorias de un desertor (traducción en inglés).

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