01/12/2025
💡
Hace poco, platicando con una amiga mía que es la directora de una escuela, me contaba la cantidad de casos que está atendiendo su departamento psicopedagógico.
Y no es la única. Muchas escuelas están viviendo lo mismo.
Mientras hablábamos, entendí cuál es el problema de fondo: las escuelas están tratando de cargar funciones que no les corresponden… y están descuidando las que sí.
Porque claro, a la escuela le toca su parte:
crear un ambiente seguro, acompañar desde la relación, observar, detectar señales, orientar a las familias, construir rutinas que regulan, enseñar habilidades socioemocionales, marcar límites con respeto.
Eso sí es parte del trabajo escolar.
Pero hay otra parte que no:
La escuela no puede sustituir un proceso clínico. No puede sostener crisis que requieren intervención especializada.
No puede ser el terapeuta, el psiquiatra, el trabajador social, el control parental que falta en los dispositivos y el contenedor emocional de toda una comunidad.
La cosa es que cuando intenta hacerlo, pasa lo que estamos viendo: equipos agotados, procesos incompletos y niños que necesitan algo más de lo que el contexto escolar puede ofrecer.
Y entonces, la pregunta no es “¿por qué la escuela no lo resuelve?”. La pregunta honesta es:
¿Qué sí le toca a la escuela y qué no?
¿Y cómo construimos redes para lo que está fuera de su alcance?
Para la respuesta es clara: Pongamos claridad antes de exigir lo que no corresponde.
¿Qué ves en tu comunidad? Te leo.
MO