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Una historia de vida.
22/07/2026

Una historia de vida.

*Eddie Rickenbacker*
EL NAUFRAGO QUE ENCONTRÓ LA FE
El 21 de octubre de 1942, a eso de las dos y treinta de la tarde un avión militar con ocho ocupantes (cinco tripulantes y tres pasajeros); cayo en el Océano Pacifico, por falta de combustible. Había salido de Hawaii con rumbo a la isla de Cantón y por una falla en los instrumentos estuvieron volando perdidos por cerca de cinco horas hasta que se les agoto la gasolina.
Sin agua, ni alimentos y en un mar infectado de tiburones, después de veinticuatro días de angustia, desesperación y sobresalto, lograron salvarse de aquella pesadilla, en frágiles balsas, gracias a la fe, al tesón y la constancia del capitán Eddie Rickenbacker, por mantenerlos unidos y lograr entre ellos un mínimo soplo del aliento y esperanza que les permitiera sobrevivir.
Esta fue una de las etopeyas más dramática de la segunda Guerra Mundial, acerca de la cual se refiere nuestra tradición uno. Como la historia que incontables veces pusieron de nuevo en escena los pioneros de A.A., en multitudes de ciudades y aldeas, para resaltar como el bienestar común es lo más importante.
De los ocho ocupantes del avión solo uno, recién operado de apendicitis y además enfermo de Latericia, murió a los doce días en los brazos de sus compañeros y en una de las balsas contiguas en donde permanecía confundido y asustado el único ateo reconocido del grupo; el teniente ames C. Whittaker, del cuerpo aéreo del ejército Norteamericano, segundo piloto de la fortaleza volante, quien después de esta aventura se dedicó a contar en fábricas, escuelas y lugares en donde se lo permitían, su experiencia espiritual, a través del poderoso mecanismo de la oración y los milagros vividos por el en la bastedad amenazadora del Pacifico.
A continuación su relato, tomando de selecciones de Readers Digest, de agosto de 1943, y que publicamos dado su similitud con el tema de este número y gracias a la colaboración de un miembro del grupo central de la ciudad de Manizales.
Los veinticuatro días inolvidables que pasamos en el pacifico fueron para mi, la aventura más grande que le puede ocurrir a un hombre: la de encontrar a Dios.
Antes del suceso, Yo era un Agnóstico, un Ateo, si ustedes se empeñan. Pero en una balsa salvavidas no hay ateos, como los hay tampoco en una trinchera batida por la metralla.
Cuando caímos en la cuenta de que nuestra fortaleza volante estaba a punto de quedarse sin gasolina, empezamos a prepararnos para el violento amerizaje. Fue entonces cuando el subteniente D,Angelis, nuestro navegante, dijo: “No me tomaran ustedes a mal que rece, ¿verdad?”
Recuerdo perfectamente que la pregunta me molesto bastante. ¡Y cuando hube de avergonzarme días después, de aquel conato de enojo!
El segundo día que pasamos en las balsas, vi al soldado Bartek leyendo su biblia. Nadie se atrevía a gastarle una broma. Quizá presentamos ya en aquel instante de cuanto nos iba a servir aquel "librito".
El cuarto día Bartek volvió a sacar su biblia. Nuestras tres balsas estaban unidas por cuerdas y las juntamos para rezar en común. Dijimos el padre Nuestro y el coronel Adamson leyó un pasaje de la biblia de Bartek. Me pareció que aquello no iba a remediar nada nuestra situación, pero tampoco la empeoraría. El capitán Cherry, el piloto del avión, leyó entonces un versículo: “Así pues, no os acongojéis pensando ¿qué comeremos? O ¿Qué beberemos?" Si, si, dije para mis adentros. Lo creeré cuando vea los bocados y el agua.
El sexto día se hizo evidente que nos habíamos desviado de las rutas que siguen los aeroplanos y los barcos de reconocimiento y que, por lo tanto, no nos hallarían nunca.
Empezamos a sentir debilidad. Teníamos hambre. Aquella noche uní mi voz, mecánicamente, pasivamente, a la plegaria del grupo. Pedimos comida en nuestras oraciones. Cherry, que siempre trataba a Dios de “mi Amo”, imploro: “Mi Amo, estamos en un negro apuro, como sabes... Esperamos confiadamente en que pasado mañana tendremos algo… un poquito… lo que sea… cualquier cosa. Mira a ver lo que puedas hacer por nosotros, mi Amo”.
Cuando termino, Cherry disparo la bengala a ver lo que sucedía, y, en efecto, sucedió algo. La bengala estaba defectuosa y en ves de elevarse cayo al agua chisporroteando. A su intenso resplandor vimos una barracuda persiguiendo una bandada de peces que venían hacia nosotros atraídos por la súbita claridad. Dos de los fugitivos de buen tamaño, saltaron dentro de la balsa. A la mañana siguiente nos desayunamos con una tajadita de pescado crudo.
Aquella tarde ya rece con más devoción. Llegue a decir la mitad del padre nuestro sin tropezar. Toda la vida me acorde de aquellas oraciones… y de lo que sucedió después.
Cherry elevo sus preces: “mi amo, te hemos pedido comida y nos la has concedido. Ahora te pedimos agua. Si no te apresuras a darnos tu auxilio me figuro que estamos irremediablemente perdidos. De ti, de ti solo depende nuestra suerte”.
Y ahora comprendo que la súplica de Cherry contenía todo lo que debe tener una oración: ruego a Dios, conformidad con su voluntad y la fe en que la súplica será escuchada.
En efecto, al poco rato divise una nube que se iba oscureciendo por instantes. De la nube colgaba una cortina azulosa. Era lluvia!!… lluvia!!… ¡y avanzaba hacia nosotros!
“!aquí esta grito Cherry. “Gracias, Amo Mío!” un minuto más… y empezó a diluviar. ¡Agua dulce! ¡Agua Fría!, juntamos las manos para recoger en su hueco el precioso líquido. Bebimos ávidamente.
Calmada la sed, nos llenamos las bocas de agua y la fuimos echando a buches en el único deposito que disponíamos: en los chalecos salvavidas.
El noveno día, el señor nos suministró unas cuantas tajaditas de un cazon que pesco Cherry con un anzuelo sin carnada.
Al día siguiente, a la hora de rezar, Cherry dijo el Padre Nuestro, y después cada uno de nosotros oro por si solo. Hubo quienes confesaron en alta voz sus pecados. Yo, por mi parte, no me ruborizo el declarar que hice el firme propósito de enmienda. Y puedo asegurar que lo he cumplido.
Antes apenas podía pasar veinte minutos en compañía de un amigo sin promover una acalorada discusión. A todo bicho viviente le veía enormes defectos. A nadie le encontraba cualidad buena. El único ser sin faltas que había en el mundo era yo, Jim Whitaker. Ahora, al revés, tengo a todo el mundo por bueno y decente mientras no se demuestre lo contrario.
Rickenbacker Se dirige siempre al señor como “Nuestro padre”. Rick no ha hecho nunca alarde externo de piedad, no obstante ser los sentimientos religiosos que profesa, alla en su fuero íntimo, de los que contribuyen a hacer de este mundo un lugar mas digno de vivir en él.
Uno de los náufragos, al llevarse su vez en la ronda de oraciones, le pidió a Dios que pusiera fin a sus sufrimientos enviándole la muerte. Rick grito al punto: “! Cállate! ¡No molestes a Dios! ¡Lo que el escucha si las oraciones, no los lloriqueos!”.
El dia decimotercero, ocurrió el primero de los milagros que hablan de acabar para siempre con mi incredulidad. El sol abrazaba. A eso de la media mañana pareció que iba a caer un chubasco, pero tuvimos el desconsuelo de ver la lluvia a medio kilómetro. Fue aquel el primer día que lleve yo la voz cantante en las oraciones “Dios mío”, dije, “tú sabes lo que esa agua significa para nosotros. El viento se la ha llevado. En tus manos está el mandárnosla otra vez. Eso es nada para tu infinito poder. Para nosotros, en cambio señor, es la vida”.
“ordénale al viento que nos traiga esa lluvia. Sin ella, señor, pereceremos”.
Hay ciertas cosas que no pueden explicarse por las leyes naturales. El viento no cambio, más a pesar de eso, la cortina de lluvia empezó a moverse lentamente hacia nosotros, contra el viento, como si una mano omnipotente la empujase.
Bebimos y guardamos agua. Aquella lluvia que nos mandó Dios nos ayudó a resistir los cuatro días siguientes, que fueron terribles.
De los siete sobrevivientes era yo el único que no tenía parte del cuerpo cubierta de ulceras por la acción del agua salada. La cortísima cantidad de agua que podíamos beber al día, solo servía para ser más torturante nuestra sed. Estábamos ya tan débiles, que el esfuerzo más ligero nos dejaba extenuados. Se nos caía la ropa a pedazos, y el sol ecuatorial nos achicharraba sin piedad. Todos habíamos tenido ya amagos de delirio. Estoy absolutamente convencido de que la fe en Dios, la fe que había reconquistado, fue lo único que nos sostuvo.
El día décimo octavo, a la hora de nuestra plegaria en común, rece como nunca. Le pedí a Dios con toda mi alma que nos mandara socorro, que nos salvara. Algo me decía que el auxilio estaba en camino.
Al día siguiente, poco después de amanecer, avistamos un aeroplano que volaba en dirección a nosotros, gritamos y agitamos unos guiñapos.
El avión pasó como a tres millas sin vernos. Si no lloramos, fue únicamente por no haber ya en nuestros cuerpos humedad suficiente para formar ni una triste lagrima.
En la mañana del vigésimo día, Cherry desamarro su balsa de las otras dos, por creer que dispersándose la balsas por una superficie más extensa sería más fácil que llegaran a divisar alguna. Tan lógico me pareció el argumento, que desamarre la mía también, iba en ella conmigo De Agelis y nuestro radiotelegrafista, el sargento Reynolds.
En la madrugada del día vigésimo primero me despertó De Agelis, “Jim” me dijo, “será talvez espejismo pero juraría que veo algo”.
¡A doce millas divisaban se unas palmeras! Las otras dos balsas se habían perdido de vista. Sacamos los remos de aluminio. Empecé a remar desesperadamente. Y remando estuve siete horas y media. Fue en esas horas cuando ocurrió el segundo de los dos milagros. Lo que hice en aquella lucha frenética por llegar a la isla, no lo hubiera podido hacer sin la ayuda divina.
Mis compañeros hallábase en el más lamentable estado. El pobre de Agelis ,e echaba una mano de vez en cuando, pero estaba tan débil que no podía remar más que unos minutos seguidos. Reynolds yacía tendido en el fondo de la balsa. Con los ojos inversamente unidos, casi perdidos halla en el fondo de las cuencas, parecía su cabeza la de un mu**to.
Cuando estábamos casi a punto de tocar orilla, una leve corriente empezó a empujarnos mar afuera.
Le pedí a Dios a gritos, que me diera fuerzas. Grite con el último aliento de mis pulmones para que mi voz, sobreponiéndose al rumor del viento que comenzaba a soplar, llegase hasta el.
Al cabo de media hora de angustioso forcejo me convencí de que iba contra la corriente un chubasco tan espeso que casi oculto la isla a nuestra vista. Tome a gritar en el paroxismo de mi congoja: “Dios mío, no me abandones ahora!”.
Y no me abandono. Juraría que en el posterior esfuerzo por llegar a la rocosa orilla, se doblaban los remos de aluminio contra las olas de la rompiente. Y no era yo no era este Jim Whittaker, el que los doblaba así. No tenía yo fuerza en aquel momento para doblar un simple alfiler. Yo no tuve conciencia de realizar esfuerzo de ninguna clase. Tal parecía que los remos se movían automáticamente y que mis manos lo que hacían era seguir su movimiento. Aquellos remos los manejaban unas manos que no eran las mías.
Hoy hallándome completamente restablecido, lo pensaría mucho, antes de lanzarme remo en mano por aquel revuelto pedazo de mar, Y, sin embargo, agotado, cadavérico, después de tres semanas de hambre, sed y exposición a la interperie, ejecute una proeza que hubiese puesto a prueba al hombre más vigoroso.
Llegamos por fin a la linde de los arrecifes. Con mil precauciones fuimos haciendo pasar la balsa sobre las crestas afiladas de la barrera de coral, hasta vernos en las tranquilas aguas del interior.
A las dos de aquella tarde, la vigésima primera de nuestra tremenda odisea, pusimos la planta en la isla. ¡Estábamos salvados!
Apenas nos vimos en tierra caímos de hinojos y le dimos gracias a Dios por habernos conservado la vida.
No sé cuántas veces he hecho ya este relato. Lo he hecho en fábricas de aviones, en fundaciones de acero, en astilleros. He contado las licitudes en las balsas. He referido como encontré de nuevo a Dios en aquellos días tremendos y pavorosos, y lo contare mientras me quede un hálito de vida. Por algo ha sido el acontecimiento más grande que le pueda ocurrir a un mortal. Por algo es el relato más solemne y emocionante que labios de hombre pueden hacer

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