28/08/2026
El día que el cine nos enseñó a normalizar el encierro
Las películas de Hollywood nos han vendido la idea de que las cárceles son tan naturales como el amanecer. Pero, ¿qué pasaría si esa imagen que consumimos en la pantalla fuera el mayor obstáculo para imaginar un mundo sin rejas?
Por Redacción Nota Antropológica
Cierras los ojos y puedes verla. Una celda gris, una luz parpadeante, un preso mirando al vacío. La imagen está tan grabada en tu memoria que ni siquiera recuerdas la primera vez que la viste. Quizás fue en una película de los ochenta, quizás en una serie de Netflix que viste el fin de semana pasado. No importa. Esa imagen ya forma parte de ti. Y eso, precisamente eso, es el problema.
La filósofa y activista Angela Y. Davis ha pasado más de cuatro décadas estudiando el sistema de prisiones en Estados Unidos. Durante su investigación, encontró un dato que la dejó perpleja. Cuando entrevistó a mujeres encarceladas en tres prisiones de Cuba, la mayoría le contó que su primer contacto con la idea de una prisión no había sido en la vida real. Había sido en una sala de cine. Hollywood, con sus luces y sus historias, les había enseñado lo que significaba estar tras las rejas mucho antes de que ellas mismas cruzaran esas puertas.
Este hallazgo no es casual. Las prisiones se han convertido en uno de los escenarios más recurrentes de la cultura popular. Desde los primeros experimentos cinematográficos de Thomas Edison hasta series como Oz o películas como La leyenda del indomable, el encierro ha sido retratado una y otra vez frente a nuestros ojos. Y nosotros, sin darnos cuenta, hemos aprendido a aceptarlo como algo inevitable.
Davis explica en su libro Democracia de la abolición que las cárceles funcionan como una presencia constante en nuestras vidas, pero también como una ausencia. Sabemos que existen, pero preferimos no pensar en lo que ocurre dentro de ellas. Las imágenes que consumimos nos ayudan a mantener esa distancia. La prisión en la pantalla es un lugar abstracto, un escenario para el drama o la acción, no un espacio real donde miles de personas viven condiciones de hacinamiento, abuso y abandono.
La saturación de estas imágenes tiene un efecto poderoso. Nos hace creer que la prisión es un componente natural de la vida social, tan inevitable como el trabajo o la escuela. Davis señala que incluso las personas que han estado encarceladas tienden a pensar en el encierro como un destino reservado para otros, para los "malvados", como dijo George Bush en su momento. Esta distancia mental nos exime de la responsabilidad de enfrentar los problemas reales que llevan a las personas a la cárcel: el racismo estructural, la pobreza, el desmantelamiento de los servicios sociales.
La historiadora Gina Dent, colaboradora de Davis, ha analizado cómo esta cultura de la prisión construida por el cine y la televisión ha moldeado nuestro sentido común. La ficción nos presenta el encierro como la respuesta lógica al crimen. Un delito, una condena, una celda. La ecuación parece perfecta. Pero Davis insiste en que esa ecuación es una ilusión. No existe una correlación directa entre el aumento del crimen y el encarcelamiento. De hecho, mientras las tasas de criminalidad han disminuido en las últimas décadas, la población carcelaria en Estados Unidos se ha disparado hasta superar los dos millones de personas. La mayoría de ellas no han cometido delitos violentos. Están ahí por cuestiones relacionadas con dr**as, por no poder pagar una fianza, por haber nacido en el barrio equivocado.
El problema no es solo la cantidad de personas encerradas. El problema es que hemos aprendido a no cuestionarlo. Las series policiales y de cárceles nos han acostumbrado a ver el castigo como un espectáculo. Consumimos estas historias como entretenimiento, sin detenernos a pensar que detrás de cada personaje hay una vida real, una familia, una comunidad desgarrada. Y al hacerlo, reforzamos la idea de que la prisión es la única solución posible.
Davis advierte que los debates sobre la reforma penitenciaria, aunque necesarios, a menudo caen en la misma trampa. Se discute cómo mejorar las condiciones de las cárceles, cómo reducir el número de presos, cómo eliminar los abusos sexuales. Pero rara vez se pregunta si la prisión misma debería existir. El discurso reformista, al centrarse en los detalles del sistema, termina validando su existencia. Nos dice que podemos hacer que las cosas funcionen mejor, pero nunca nos invita a imaginar un mundo sin rejas.
Esta es la gran paradoja de nuestra época. Nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que un mundo sin cárceles. Las imágenes de desastres apocalípticos abundan en el cine, pero las imágenes de una sociedad que resuelve sus conflictos sin encierro son casi inexistentes. Hemos internalizado la prisión como un horizonte cerrado, como el límite de lo posible.
El trabajo de Davis se centra en el sistema penitenciario de Estados Unidos, un contexto muy particular donde el complejo industrial-penitenciario mueve millones de dólares y las cárceles privadas son un negocio en expansión. Pero su pregunta sobre cómo las imágenes moldean nuestra percepción del encierro atraviesa fronteras. En América Latina, las dinámicas son distintas: el sistema carcelario es mayoritariamente público, las condiciones de hacinamiento son extremas y la sobrepoblación es la norma. Sin embargo, la manera en que consumimos historias de prisiones en la televisión y el cine no es tan diferente. Las mismas series de Hollywood llegan a nuestras pantallas, las mismas narrativas nos enseñan a aceptar el castigo como algo natural.
Entonces, la invitación que nos deja Davis no es a copiar sus conclusiones, sino a hacernos preguntas situadas. ¿Qué significa para nosotros, en México, en Argentina, en Colombia, consumir estas imágenes? ¿De qué manera las ficciones que vemos moldean nuestra idea de lo que debería ser una cárcel o de quiénes merecen estar ahí? ¿Acaso no hay también aquí una naturalización del encierro que nos impide imaginar otras formas de hacer justicia?
Tómate un momento para recordar la última serie o película de cárceles que viste. ¿Te hizo pensar en el sistema penitenciario de tu país o te sumergió en una historia que sentiste lejana? Si este texto te dejó con preguntas, compártelo con alguien más.
Fuente: Davis, A. Y. (2020). Democracia de la abolición: Prisiones, racismo y violencia. Editorial Trotta.