05/05/2026
Corría el año de 1926, en aquellos días de mayo donde el calor abraza la milpa, cuando el señor José Francisco subió al Cerro Ocotepetl. No buscaba milagros, buscaba el sustento; llevaba consigo solo su fe y su azadón para labrar la tierra que tanto amaba.
En un instante que quedó marcado para la eternidad, el metal del azadón golpeó una piedra. El sonido no fue el de un golpe común; al partirse en dos mitades perfectas, la piedra reveló un secreto divino. No había minerales ni huecos, sino la imagen bendita de la Santísima Virgen de Guadalupe impresa en el corazón de la roca. Una pequeña y una grande, como si la Madre del Cielo quisiera dejar un rastro doble de su amor en nuestra tierra.🍃⛰️
Desde aquel momento, Ocotepetl dejó de ser solo un cerro para convertirse en un santuario natural. Hoy, a un siglo de distancia, recordamos que la Virgen no eligió los grandes palacios, sino las manos de un campesino y el silencio de nuestra montaña para quedarse con nosotros. ¡Cien años de gracia, cien años de protección!🙏🏼✨