15/07/2026
💙
“Mi cita era a las 8:00.”
Sí, señora.
Pero el paciente que estaba antes que usted no sabía de relojes.
Hoy llegó un paciente con autismo para realizarle un estudio. Ya habían sido necesarios dos intentos anteriores. En uno me mordió; en otro, un dinosaurio de juguete perdió la cabeza. Literalmente.
Sin resentimientos. El dinosaurio quizá sí.
Trabajar con niños que tienen dificultades sensoriales, de comunicación o de regulación emocional requiere algo que no aparece en el equipo médico:
paciencia. Mucha paciencia.
El estudio estaba programado a las 7:00 de la mañana. Sin embargo, entre tranquilizarlo, lograr que aceptara la conexión y conseguir que se durmiera, pudimos comenzar hasta las 7:40.
Todo iba bien.
Hasta que, cerca de las 8:00, comenzaron a tocar la puerta con insistencia.
Era la mamá del siguiente paciente, cargando a su hijo.
—Tengo cita a las ocho.
Le expliqué que estaba realizando un estudio, que había un paciente conectado y que, por favor, no tocara nuevamente porque podía despertarlo. En cuanto terminara, la atendería.
Cerré la puerta.
Volvió a tocar.
—Es que mi hijo ya se está durmiendo.
—Señora, disculpe, pero estoy trabajando con otro paciente.
—Pero mi cita es a las ocho.
Sí, su cita era a las ocho.
Pero en este trabajo los niños no son máquinas, los estudios no siempre comienzan cuando marca el reloj y una crisis no se resuelve presionando un botón.
Terminamos a las 8:20. Veinte minutos después de lo planeado.
Afortunadamente, el primer paciente no despertó y pudimos completar su estudio.
Pasé al siguiente niño y le expliqué a su mamá que compensaría esos veinte minutos. En lugar de terminar a las nueve, le daríamos tiempo hasta las 9:20.
Le pedí que intentara dormirlo para poder conectarlo.
Pero el niño comenzó a llorar, gritar y patalear. No lograba conciliar el sueño.
Pasaron diez minutos.
Veinte.
Cuarenta.
A las nueve quince de la mañana le expliqué que probablemente tendríamos que reprogramar el estudio.
Entonces me pidió más tiempo.
Me dijo que era su segundo intento y que necesitaba que hiciéramos todo lo posible.
Y le respondí:
—Ahora entiende lo que estaba pasando con el paciente anterior. Él también necesitaba más tiempo. Hace unos minutos usted me exigía puntualidad sin conocer su situación. Ahora que es su hijo quien necesita paciencia, me pide exactamente lo mismo que usted no estaba dispuesta a conceder.
A veces exigimos empatía cuando nos toca sufrir, pero se nos olvida practicarla cuando el problema es de alguien más.
Yo también tengo horarios. También tengo hambre. Muchas veces dejo de ir al comedor y retraso mi agenda para darles a los pacientes una oportunidad más.
No porque el tiempo no importe.
Sino porque detrás de cada estudio hay una familia preocupada y un niño que está haciendo lo mejor que puede.
Finalmente le dije:
—Voy a darle más tiempo. No por usted, sino por su hijo. Porque al final todos estamos aquí buscando que él esté mejor.
Y sí.
Hicimos el estudio.
La puntualidad es importante.
Pero la empatía también.
Y hay pacientes que no necesitan que los presionemos para ajustarse al reloj.
Necesitan que nosotros aprendamos a adaptar el reloj a ellos.
Beto de Biomédica