03/06/2026
Les compartimos el trabajo presentado por el 𝗗𝗿. 𝗝𝗼𝘀é 𝗢𝗺𝗮𝗿 𝗠𝗼𝗻𝘁𝗼𝘆𝗮 𝗕𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀𝘁𝗲𝗿𝗼𝘀,𝗰𝗿𝗼𝗻𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗶𝗽𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗛𝘂é𝗽𝗮𝗰, 𝗦𝗼𝗻𝗼𝗿𝗮, durante el VI Congreso Regional de Cronistas Sonorenses en el marco del festival José Eduardo Pierson celebrado el 18 de abril del 2026 en Terrenate, Sonora. 🌵🪶
"𝗘𝗹 ú𝗹𝘁𝗶𝗺𝗼 𝗿𝗲𝗳𝘂𝗴𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗯𝗿𝗶𝗻𝗱𝗶𝘀: 𝗖𝗿𝗼𝗻𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗲 "𝗠𝗶 𝗢𝗳𝗶𝗰𝗶𝗻𝗮 𝗕𝗮𝗿" 𝗲𝗻 𝗛𝘂é𝗽𝗮𝗰""
Bien dicen que “las penas con pan son buenas”, pero en el Sonora rural, si ese pan se acompaña con un "caballito" de mezcal, bacanora o una ce***za bien helada, las penas no solo se pasan, se olvidan. Por tradición, costumbre o simple necesidad de tregua tras la jornada en el campo, la cantina ha sido históricamente el punto de reunión; ese paréntesis necesario donde el reloj se detiene y la ajetreada vida cotidiana cede su lugar a un mundo de complicidades.
En estos recintos confluyen historias de mil colores: algunas cimentadas en la verdad y otras sazonadas con esa ficción dramática que solo brota al calor de las copas. Pero al final, ¿a quién le importa la veracidad del relato? Lo fundamental es el rito: la compañía del amigo, el consejo del compadre y la presencia de esos personajes pintorescos que le dan vida al pueblo. “En una cantina se aprende más de la vida que en un libro de filosofía, porque ahí se habla con el corazón desarmado."
La historia de los bares y cantinas en la región del Río de Sonora, y específicamente en el municipio de Huépac, es un reflejo de la cultura del trabajo, la minería y la vida social del campo sonorense. Aunque no existe un registro oficial único, la tradición se ha mantenido viva a través de la memoria oral y las crónicas locales.
Origen y Contexto Histórico
En el Río de Sonora, las cantinas no nacieron solo como lugares de consumo de alcohol, sino como centros de reunión social masculina.
Durante el siglo XIX y principios del XX, Huépac fue un punto clave por su molino harinero y su cercanía a zonas mineras. Los trabajadores del campo y las minas buscaban estos espacios para "despolvarse" tras largas jornadas.
Un dato crucial en la historia de la región es la Ley Seca de 1915, promulgada por Plutarco Elías Calles en Sonora. Esto llevó a que el consumo de Bacanora (el destilado regional) se volviera clandestino. Las cantinas de la época operaban bajo una estricta vigilancia o se disfrazaban de comercios de "abarrotes y similares".
Las cantinas tradicionales de Huépac y pueblos vecinos (como Aconchi o Banámichi) comparten características que las distinguen de los bares modernos:
Arquitectura de Adobe: Muchas de estas cantinas ocupaban casonas antiguas con techos altos de vigas de madera y paredes gruesas de adobe, lo que mantenía el interior fresco frente al calor extremo del verano.
La Barra de Madera: Históricamente, la pieza central era una barra larga de madera oscura, a menudo acompañada de un espejo grande al fondo que permitía al cantinero vigilar el local sin dar la espalda.
Ambiente Exclusivo: Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, las cantinas eran territorios exclusivamente masculinos. Era común ver los "cancéleles" (puertas batientes) que impedían ver hacia el interior desde la calle, protegiendo la privacidad de los parroquianos.
Importancia Social en el Municipio
En Huépac, las cantinas han funcionado históricamente como:
Foros Políticos: En las mesas de la cantina se discutían los asuntos del pueblo, se cerraban tratos de compra-venta de ganado y se decidían apoyos políticos locales.
Refugios de Tradición: El consumo de ce***za clara y el "trago" de bacanora acompañado de chiltepín o carne seca (machaca) es el sello distintivo del Río de Sonora.
A través de los años, Huépac ha visto desfilar diversos centros de esparcimiento que hoy habitan en la memoria colectiva. Los antiguos recuerdan con nostalgia la cantina “El Gato Prieto”, propiedad de Pedro Méndez por la calle Hidalgo —que lo mismo servía de refugio para sedientos que de salón de baile—, o aquel rincón de Jesús María Contreras. Sin embargo, el último bastión de esta estirpe fue, sin duda, la denominada “Mi Oficina Bar”.
En charla con José Diego Ballesteros Molina, su último propietario, desentrañamos el origen de este nombre tan peculiar. Fue en 1967 cuando el señor Antonio Acuña abrió las puertas del establecimiento, lo bautizó así como una ingeniosa coartada: tenía un empleo administrativo y, ante cualquier pregunta, siempre podía decir con verdad que se encontraba "en la oficina". Para 1975, el local pasó a manos del señor Roy Ballesteros y, a partir de 1981, Diego (su hijo) tomó las riendas del destino de este emblemático sitio.
Aunque el rótulo decía "Mi Oficina", el ingenio popular la rebautizó como el “Minifalda Bar”. El motivo no era otro que la popularidad de la ce***za "Barrilito", que por su forma pequeña y rechoncha era llamada coloquialmente así entre los pobladores de la época.
La atmósfera musical también evolucionó con el tiempo. En sus inicios, las notas brotaban de una consola “cincuentera”, llamada así porque cobraba vida con aquellas monedas de 50 centavos que portaban la efigie de Cuauhtémoc. Don Roy adquirió después una consola de madera de gran fidelidad que, años más tarde, terminaría sus días como donación para la Escuela Secundaria Técnica No. 17.
La modernidad entró de la mano de Diego y su esposa Inés. Tras pasar por los acetatos de 45 RPM y los cassettes, en 1999 —durante un viaje a Hermosillo— divisaron cerca del Panteón Yáñez una flamante rockola de CDs. “Como las mujeres insisten hasta que convencen”, relata Diego con humor, terminó vendiendo algunas cabezas de ganado y pidiendo apoyo familiar para adquirir aquel costoso aparato en dólares. La inversión fue un éxito: entre las monedas de los clientes y la renta para fiestas, la rockola se pagó sola, convirtiéndose en el alma de las parrandas.
“Mi Oficina” no solo era música; era famosa por su higiene —reconocida incluso por visitantes extranjeros— y por sus botanas. Las anécdotas sobran, como la de Manuel, alias “El Cuervo”, quien llegó un día con tortillas de harina en el bolsillo para acompañar el caldo de pescado de la casa. Ante la falta de suerte en su plato, gritó con fuerza: “¡Oye, Diego! No me ha salido ni una pinchi pata de pescado en el caldo, ¿qué no me echaste?”, desatando una carcajada general que aún resuena en las paredes del recuerdo.
También persiste el misterio de aquel espectáculo de "baile bichi" (desnudo) que, se rumora, sacó al pequeño Diego del local cuando su padre mandaba. ¿Ficción para alejar a los niños o realidad censurada por el pudor del pueblo? La duda queda para los asiduos de aquel entonces.
El año 2015 marcó el fin de una era, la proliferación de expendios y la transformación del consumo llevaron al cierre definitivo de sus puertas. No obstante, como dice el dicho: “Cantina cerrada, historia guardada”.
Hoy, al recordar a "Mi Oficina Bar", no solo hablamos de un negocio, sino de un tesoro de la identidad sonorense. Estas instituciones han sido las guardianas de nuestra esencia y raíces. ¡Salud por ello! Y salud por los cronistas que, con pluma en mano, evitan que el polvo del olvido cubra la memoria de nuestras comunidades.