12/08/2026
EL DÍA EN QUE IRAPUATO FORTALECIÓ SU HISTORIA
Novela histórica basada en testimonios reales de la inundación de Irapuato de 1973.
Autor: Tradiciones de Irapuato.
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I. SIN MIEDO A LA LLUVIA
En aquel año, la lluvia dejó de ser una visita normal. Se había convertido en una presencia oscura.
Llovía en enero, en febrero, en marzo.
Al llegar la noche, el agua golpeaba los tejados como si alguien arrojara puñados de piedras contra las casas.
Para Javier aquello era extraño. Para su edad ya había aprendido a distinguir los diferentes sonidos de la lluvia. La lluvia suave era la que hacía dormir. La lluvia fuerte era la que llenaba las calles de pequeños ríos. Pero aquella lluvia ya llevaba semanas cayendo.
Esa era la que hacía que Don Julián Hernández cerrara las ventanas y mirara hacia el cielo.
—¿Qué pasa, papá?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué miras tanto hacia arriba?
Don Julián no contestaba. Los adultos tenían esa costumbre de no decir nada cuando algo los preocupaba.
Martín vivía en una vecindad por Comonfort con su madre y su hermano Oscar.
Su mundo era pequeño.
Las calles que conocía de memoria entre la escuela, la casa de los abuelos, la tiendita, la tortillería y los amigos.
Nunca había visto un mar, pero estaba a punto de descubrir que no hacía falta viajar lejos para estar rodeado de uno.
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II. EL BOMBERO
Rodriguez llevaba años trabajando como bombero.
Conocía Irapuato como pocos.
Sabía qué calles se inundaban primero, dónde se reunían los muchachos, que comerciantes cerraban temprano y cuáles mantenían sus negocios abiertos hasta la noche. También sabía que la gente no tomaba en serio las advertencias.
—Ya viene otra inundación —decía alguien.
—Como todos los años —respondían.
Rodriguez no estaba tan tranquilo.
Durante los últimos días había recorrido varias zonas de la ciudad.
Había visto el nivel del agua.
Había hablado con otros compañeros.
Había escuchado rumores sobre las presas.
Pero también había escuchado de las autoridades algo que le preocupaba todavía más:
"Está bajo control."
El viernes por la noche regresó a casa. Su esposa estaba preparando la cena.
—¿Qué dicen?
Rodriguez dejó las llaves sobre la mesa.
—Que no pasa nada.
Ella lo miró.
—¿Y tú qué dices?
Permaneció callado.
—Que no me gusta cómo están sucediendo las cosas.
Su esposa sonrió.
—Tú siempre has sido desconfiado.
—No, es el cielo el que me preocupa.
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III. EL SOLDADO
A varios kilómetros de allí, el soldado Eduardo recibió instrucciones.
Era joven. Tenía apenas veinte años.
Había llegado a Irapuato con otros elementos para apoyar las labores de emergencia.
No conocía la ciudad, sus barrios y calles.
Pero pronto aprendería cada una de ellas.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
—Evacuación y apoyo.
—¿Cuánta gente?
El sargento lo miró.
—La que podamos.
Eduardo no preguntó más. Acomodó su uniforme. Tomó su equipo.
Y esperó.
Durante los siguientes días cargaría niños, cruzaría corrientes, repartiría alimentos y caminaría por calles donde el agua le llegaría hasta el pecho.
Tampoco sabía que una jovencita a quien vio en una casa, años después sería su esposa.
Todavía hoy recuerda la sensación de caminar a ciegas, avanzando entre el agua y lodo, con el propósito único de ayudar a cuánta gente podía.
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IV. EL POLÍTICO
Don Ernesto era funcionario municipal.
Vestía siempre de traje, incluso cuando hacía calor o cuando llovía.
Era de esos hombres que estaban acostumbrados a las reuniones, los informes y los teléfonos.
Durante los días previos había participado en reuniones sobre la situación de las aguas.
—Todo está controlado —decía alguien.
—La ciudad no corre peligro —decían otros.
Don Ernesto asentía, pero algo no le convencía.
El problema era que en esos días las decisiones no eran sencillas.
Había demasiadas autoridades. Demasiados informes, demasiadas opiniones y demasiado orgullo. Mucha política.
La historia demostraría después que existieron advertencias y discusiones sobre la responsabilidad de las autoridades y técnicos. Los medios cuestionarían posteriormente la manera en que se había informado a la población.
Pero aquella mañana del 18 de agosto todavía nadie sabía cómo terminaría la historia.
Don Ernesto tomó el teléfono.
—¿Cómo está El Conejo?
Escuchó.
Su rostro cambió.
—¿Seguro?
Escuchó otra vez.
Colgó.
Y por primera vez dijo algo que nadie quería escuchar:
—Tenemos un problema.
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V. LA TIENDA
En la calle de Guerrero estaba uno de los negocios más conocidos de Irapuato.
El dueño llevaba años trabajando para convertir aquella tienda en un negocio próspero.
Su hijo había regresado aquella mañana de Guanajuato. Había presentado un examen de admisión para la universidad.
Cuando llegó a su casa encontró a su madre inquieta.
—¿Qué está pasando?
—Dicen que viene el agua.
—¿Qué tanta?
Su madre no respondió.
Entre los dos comenzaron a subir al segundo piso todo lo que podían.
Mientras tanto, en la tienda, los empleados hacían lo mismo.
Pero había demasiado que salvar. Años de trabajo.
De pronto alguien gritó:
—¡Ahí viene!
El joven salió y lo vio.
No parecía agua. Parecía una pared oscura que avanzaba hacia él. Ya venía por el cíne.
La corriente golpeó la cortina de la tienda.
La estructura resistió unos segundos.
Después cedió.
El agua entró y con ella se fue la tienda.
La mercancía quedó flotando. Botellas. Cajas. Latas. Carritos de supermercado.
Todo se mezcló con el lodo.
El negocio que durante años había anunciado su mercancía barata, acababa de convertirse en otra víctima de la ciudad inundada.
Después de que bajó el agua, vecinos entraron al establecimiento y se llevaron productos; posteriormente la familia regresó al negocio para encontrarse con los estantes tirados, botellas rotas y el lodo apestoso por todas partes.
El dueño pensaba: "Cuando baje el agua, volveremos a iniciar."
Aquella sería la última vez que su tienda abrió las puertas.
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VI. EL SACERDOTE
En el Templo de la Luz, el padre había terminado de celebrar las primeras actividades del día.
Era un hombre de carácter fuerte. Los niños lo querían. Los adultos le tenían respeto.
Aquella mañana se acercaron varias personas.
—Padre, ¿es cierto que viene el agua?
—¿Quién les dijo?
—Todo mundo lo dice.
El sacerdote miró hacia la puerta.
La calle estaba gris.
—No se preocupen tanto.
Una mujer respondió:
—Es fácil decirlo.
El padre sonrió.
—No dije que no tuvieran miedo.
Se hizo un silencio.
—Dije que no dejen que el miedo decida por ustedes.
Poco después comenzó a organizar el atrio.
—Traigan bancos.
—¿Para qué?
—Para sentar a los niños.
—¿Y si llega el agua?
El sacerdote miró a la persona que preguntaba.
—Entonces tendremos que ayudar a los que no puedan caminar.
No sabía todavía que aquel templo terminaría convertido en refugio.
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VII. A LA UNA DE LA TARDE
Javier estaba con amigos cuando escuchó el primer grito.
—¡Viene el agua!
Corrió hacia Don Julián.
—¿De verdad?
—¡A la casa!
—¿Por qué?
—¡Javier, dile a tus hermanos que ayuden a tu mamá a subir y que lleven al segundo piso cuanta comida puedan. La olla del agua también. Subamos la estufa entre todos.
—Me preocupa mi hija Victoria y mis nietos, que viven en esa antigua vecindad.
El joven nunca había visto a su padre con un semblante así.
General Anaya ya no era la misma.
Había agua. Cubría primero en los zapatos, después en los tobillos. Después en las pantorrillas.
La gente gritaba, los vecinos se miraban unos a otros.
Algunos cargaban niños. Otros empujaban muebles. Otros simplemente corrían sin saber hacia dónde.
Don Panchito, el vecino, estaba en medio de la calle.
—¡Todos hacia arriba!
—¿Hacia dónde?
—¡Azoteas! ¡Casas de dos pisos!
Javier vio a un policía.
Era la primera vez que miraba a un adulto con rostro de miedo pero que al mismo tiempo seguía dando órdenes.
El policía le dijo.
—¡Tú!
—¡Soy Javier!
—¡Pues Javier, agarra la mano del señor y ayúdalo a llegar a su casa!
—¡Sí!
Javier tomó la mano de Don Panchito, pero en lugar de llevarlo a su casa, vio que su papá le daba con una mirada la indicación de llevarlo a la de ellos.
Un día después, Don Panchito les diría a los muchachos que entraran a su casa, a ver si podían traer gallinas. Varias estaban ahogadas, pero el par que aún estaban vivas, les sirvieron para comer.
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VIII. EL AGUA
A la una de la tarde el agua comenzó a entrar a la zona urbana.
Avanzó por Guerrero. Fue cubriendo el empedrado y pavimento de las calles. Empezó a subir las banquetas y golpear el oleaje contra las casas.
El agua subía, y subía. En algunos lugares alcanzaría más de un metro. Inundó el estacionamiento de Blanco, ese lugar tan emblemático de la ciudad. Algo que parecía imposible de llegar a suceder.
La gente comenzó a subir a las azoteas. Dichosos quienes tenían construcciones de más de una planta.
Javier miró por el ventanal del segundo nivel.
Una mesa pasó flotando.
Después un perro.
Después un refrigerador.
—Papá...
—No mires.
Pero Javier miró.
Y entonces vio algo que nunca olvidaría:
un ataúd avanzando lentamente por la calle.
Detrás flotaba la fotografía enmarcada de una familia.
La ciudad estaba perdiendo sus cosas. Una por una.
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IX. EL SOLDADO Y EL NIÑO
Eduardo llegó a una casa donde una familia pedía ayuda.
—¡Mi hijo!
—¿Dónde está?
—¡Arriba!
Eduardo subió. Encontró a una mujer con dos niños.
—Tenemos que salir.
—¿A dónde?
—A la casa de enfrente.
—¡No podemos!
—Sí podemos.
El soldado ató una cuerda.
—Primero los niños.
El agua rugía abajo.
Tomó al pequeño.
—No tengas miedo.
—Tengo miedo.
Eduardo sonrió.
—Yo también.
El niño lo miró sorprendido.
—¿Tú?
—Claro.
—Pero eres soldado.
—Los soldados también tenemos miedo.
—Entonces, ¿por qué vas?
Eduardo apretó la cuerda.
—Porque hay muchas personas que necesitan nuestra ayuda.
Y cruzó.
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X. EL BOMBERO
Rodriguez recibió la orden de entrar.
El agua ya era profunda.
Caminó. Un paso. Otro. Otro.
De pronto escuchó:
—¡Ayuda!
Vio a una mujer.
Llevaba una bebé en brazos.
La corriente intentaba arrastrarla.
—¡Deme a la niña!
—¡No!
—¡Confíe en mí!
La mujer apretó a su hija.
Rodriguez extendió los brazos.
—Yo la voy a cuidar.
—¿Seguro? Me da miedo.
—Se lo prometo.
La mujer soltó a la bebé.
Rodriguez la tomó.
Después regresó por ella.
Caminaron juntos.
El agua les golpeaba el cuerpo.
La madre lloraba.
La niña no.
La pequeña permanecía dormida. Como si no supiera que alrededor de ella una ciudad entera estaba luchando por sobrevivir.
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XI. EL TEMPLO
En el Templo de la Luz, el padre se había reunido con varias familias y comerciantes del mercado.
Los niños estaban juntos. Los adultos hablaban en voz baja.
Una mujer preguntó:
—¿Hasta dónde llegará?
Nadie respondió.
Entonces el sacerdote se levantó.
—Escúchenme.
Todos voltearon.
—Hoy no importa quién tiene dinero. No importa quién tiene negocio. No importa quién vive en el Centro o en las colonias.
Hoy somos una sola familia.
Una anciana comenzó a llorar.
El padre continuó:
—Y una familia no abandona a nadie.
Afuera se escuchó un golpe.
Todos miraron hacia la puerta.
El agua seguía subiendo. Cajas y mesas comenzaban a flotar.
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XII. EL POLÍTICO FRENTE AL DESASTRE
Don Ernesto llegó a una zona donde las familias reclamaban.
—¡Nos dijeron que no iba a pasar nada!
—¡¿Dónde estaban?!
—¡¿Por qué no avisaron?!
Don Ernesto no tenía respuestas.
Un hombre lo tomó del brazo.
—¡Mire mi casa!
La casa ya no existía.
Solo quedaba una pared.
El político se quedó inmóvil.
Por primera vez comprendió el nivel de los daños materiales.
Una mujer apareció.
—Mi hijo está allá.
—¿Dónde?
—En aquella casa.
Don Ernesto miró al policía.
El policía entendió.
—Vamos.
Y aquella tarde el político dejó el traje.
Se quitó los zapatos.
Y entró al agua.
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XIII. LA TIENDA
Cuando el agua comenzó a bajar, el joven regresó con su padre.
La tienda parecía haber sido golpeada por un ciclón.
La cortina estaba dañada.
Los estantes estaban en el suelo.
La mercancía se encontraba entre el lodo. Lodo embarrado hasta en las paredes.
El señor caminó lentamente.
Tocó un estante.
—Treinta años...
El joven lo miró.
—¿Qué?
—Treinta años para levantar esto.
Se hizo silencio.
—¿Y ahora?
El dueño miró la tienda, su tienda.
—Ahora limpiamos.
El joven dijo, mientras miraba su rostro.
—¿Vamos a abrir?
Su padre tardó en responder.
—No sé.
Miró nuevamente las ruinas.
—Pero vamos a limpiar. Porque limpiar es el primer paso para reiniciar.
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XIV. LA NOCHE MÁS LARGA
Cuando llegó la noche, la ciudad quedó casi a oscuras.
En las azoteas había familias. Se miraban luces tenues de velas y lámparas de petróleo.
La lluvia continuaba, aunque ya con menos intensidad.
En los templos había familias.
En los edificios había familias.
En las zonas altas había familias.
Y en medio de todo aquello estaban nuestros personajes.
Javier abrazaba a sus hermanos.
Eduardo vigilaba desde una azotea.
Rodriguez regresaba agotado de otra misión.
Don Ernesto intentaba organizar la ayuda.
El señor pensaba en la tienda, en su futuro y en la familia.
El padre rezaba, pidiendo ayuda y respuestas.
Ninguno sabía cuánto faltaba.
Ninguno sabía cuántas personas habían mu**to.
Ninguno sabía qué mirarían al amanecer.
A medianoche, mientras en el horizonte se dibujaba el contorno del cerro de Arandas, Javier preguntó:
—¿Papá?
—¿Qué pasa?
—¿El agua se va a llevar Irapuato?
Don Julián lo miró. Pensó unos segundos.
—No.
—¿Cómo sabe?
—Porque mientras haya gente ayudándose, Irapuato sigue firme.
Javier miró hacia sus hermanas, hermanos, a su mamá y a Don Panchito.
Por primera vez entendió.
La ciudad no eran las casas. La ciudad era su gente.
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XV. EL AMANECER
El domingo amaneció.
Y el agua comenzó lentamente a retirarse.
Irapuato apareció.
Pero era otra ciudad.
Casas destruidas.
Negocios perdidos.
Calles y casas cubiertas de lodo.
Muebles amontonados, sucios, apestosos. Fotografías destruidas, pegadas entre sí.
Animales mu**tos.
El olor era insoportable.
Y sobre todo había silencio. Un silencio que parecía pesar más que el agua.
Javier caminó con su padre y sus hermanos mayores. Don Julián quiso ir a revisar como estaban su hija y nietos.
Cortaron camino por Agustín Melgar y pasaron frente a una casa conocida.
Ya no tenía techo.
—¿Y la señora Lupe?
—Un vecino de ella volteó a verlos.
—¿Dónde está?
El vecino no contestó. Se agachó.
El joven comprendió. Y no volvió a preguntar.
Cuando llegaron a la vecindad, la pared de lo que era fachada ya no existía. Detrás era lo que rentaba su hija. Desde afuera se miraban los muebles hundidos en lodo, la ropita de los nietos y en la pared una fotografía manchada hasta la mitad.
Allá arriba, en la azotea de la parte mas nueva de la vecindad, estaban al menos 20 personas entre muebles rescatados, plásticos para cubrirse de la lluvia y algunas mascotas. Don Julián vio ahí a sus nietos y atrás de ellos a su hija. Eso fue de gran alivio.
Ayudaron a bajar a Victoria y a sus hijos. De inmediato iniciaron la limpieza e intentaron rescatar lo mas posible. Lo que alguna vez fueron los grandes recuerdos fotográficos, eran ahora una masa de papel, adheridos con lodo.
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XVI. LOS QUE LLEGARON
La ciudad se llenó de soldados. Venían de otras regiones.
Traían alimentos, colchonetas, medicinas, agua.
Recorrían las calles varias veces al día.
Eduardo era uno de ellos.
En el segundo nivel de esa casa volvió a ver a la jovencita.
—¡Hola Soldado!
Él se acercó mirando hacia arriba.
—¿Cómo estás?
Ella le dijo mientras miraba hacia abajo.
—Viva.
Eduardo sonrió.
—Entonces todo valió la pena.
La jovencita le dijo:
—Gracias.
Eduardo negó con la cabeza.
—No me des las gracias.
—¿Por qué no?
—Porque todavía nos falta mucho por hacer.
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XVII. UN MILAGRO DE VIDA.
—Mis padres vivían junto con mis cuatro hermanos en la calle Bolívar, en la colonia Independencia, mejor conocida como El Ranchito.
—Mi padre era comerciante de comida. Cada día vendía cerca del antiguo ferrocarril de pasajeros y aquella mañana del 18 de agosto de 1973 no fue diferente. Salió acompañado de mi hermano mayor, sin imaginar que aquel día cambiaría para siempre la historia de nuestra familia.
—Mi madre llevaba ya varios días esperando el momento de dar a luz. Se quedó en casa para atender a mis hermanos y las labores del hogar. Con ella estaba una hermana de mi padre, una jovencita de apenas quince años, que la ayudaba en aquellos días.
Cerca del mediodía comenzaron los primeros avisos.
Primero llegó un hombre en bicicleta, gritando que se venía el agua, que habían abierto la presa. Poco después apareció una camioneta con una bocina, alertando a la gente.
Al principio quizá nadie alcanzaba a comprender la magnitud de lo que estaba por suceder. Pero cuando el agua comenzó a verse, el miedo se apoderó de todos.
La gente empezó a moverse desesperadamente.
—Mi madre le dijo a mi tía que sería bueno que fuera a buscar a mi padre. Mientras tanto, ella comenzó a subir algunas pertenencias hacia la azotea: ropa, trastes, comida y todo aquello que pudiera salvarse.
Pero entonces comenzaron los dolores de parto.
—Mi tía entendió la situación y salió rápidamente dirigiéndose hacia la estación del ferrocarril. En camino encontró a un hermano de mi papá, quien decidió acompañarla. Para entonces, la situación ya era caótica. La gente corría en todas direcciones, tratando de ponerse a salvo.
—Mi tía se quedó en la estación con mi hermano, mientras mi padre emprendió el regreso a casa acompañado de mi tío.
Pero el agua ya avanzaba con mucha más fuerza.
—Buscando como llegar, mi tío quedó atrapado en un poste. Por fortuna, unas personas lograron ayudarlo y lo resguardaron dentro de una casa.
—Mi padre continuó. Al entrar a nuestro hogar, alcanzó a asegurar la puerta principal, pero el agua ya entraba por el drenaje.
—La preocupación de mi madre era enorme. El agua seguía subiendo y cada vez llegaba con mayor fuerza. En medio de aquel caos, por un momento hasta había olvidado los dolores del parto.
No había tiempo que perder.
Subieron a la azotea.
—Mi padre improvisó un pequeño refugio para proteger a mi madre. Con palos y cobijas construyó una especie de casita donde ella pudiera resguardarse.
Seguía lloviendo. La ciudad estaba sumida en el caos.
Comenzaron a escucharse estruendos. Algunas casas se derrumbaban. Se escuchaban gritos de personas que buscaban desesperadamente a sus seres queridos. En medio de la oscuridad, el agua y la lluvia, nadie sabía con certeza lo que estaba ocurriendo.
Irapuato sufría una de las escenas más trágicas de su historia.
—La noche del 18 de agosto, mi madre entró en labor de parto.
No había electricidad. Todo estaba oscuro. Apenas se contaba con la luz de una lámpara y de algunas velas. Continuaba la lluvia y el agua rodeaba la casa.
—Mi madre estaba débil y las circunstancias hacían todavía más difícil aquel momento.
Pero había que encontrar ayuda.
Alrededor de las seis de la mañana, mi padre y algunos vecinos decidieron ir por la partera. Ella vivía justo enfrente, también sobre Bolívar.
El agua era profunda.
—Mi padre era alto y aún así el nivel del agua le llegaba por encima de la cintura. En la corriente flotaban numerosos objetos peligrosos. Tuvieron que avanzar con enorme cuidado.
Finalmente lograron llegar por Tere, la partera.
La tuvieron que bajar con una escalera y utilizar una tina de aluminio. La subieron a la tina y entre varios hombres consiguieron llevarla hasta la casa.
—Tere atendió a mi madre.
—A las ocho de la mañana, después de una noche de angustia, lluvia, oscuridad y miedo, nací yo. Mi nacimiento fue difícil. Tuvieron que hacer todo lo posible para lograr que reaccionara. Mi madre también se encontraba muy débil por las circunstancias que había vivido.
—Pero finalmente, gracias a Dios y a la experiencia de aquella mujer, pude sobrevivir.
—Mi nombre es Dayana.
—Nací el mismo día en que Irapuato estaba luchando contra el agua.
—Mientras miles de familias trataban de sobrevivir a aquella terrible inundación, mi familia vivía su propia batalla en una azotea de la colonia Independencia.
—Mis padres ya no están, pero la casa sigue ahí. Dos de mis hermanas todavía viven en ella.
Entre esas paredes permanece una historia que se ha contado una y otra vez: la historia de aquella niña que nació en medio de la inundación.
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XVIII. EL PADRE
El padre continuó recibiendo familias.
Un niño llegó solo.
—¿Dónde están tus padres?
—No sé.
—¿Cuántos años tienes?
—Ocho.
El sacerdote se agachó.
—Vamos a encontrarlos.
—¿Y si no los encontramos?
El padre respiró profundamente.
—Entonces yo te cuidaré hasta que aparezcan.
El niño lo abrazó.
Aquel abrazo duró varios segundos.
Afuera, Irapuato seguía contando sus mu**tos.
Adentro, alguien acababa de encontrar una pequeña esperanza.
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XIX. LA VISITA
Días después llegó el presidente.
Había funcionarios.
Militares.
Periodistas.
Recorridos.
Pero algunos ciudadanos querían que viera más. Que atestiguara su desesperación.
Don Ernesto estaba entre quienes intentaban mostrarle la magnitud real de la tragedia.
—Señor presidente, hay zonas que todavía no ha visitado.
El presidente preguntó:
—¿Dónde?
Don Ernesto señaló.
—Más allá.
Caminaron. Pasaron por calles destruidas. Familias sin casa. Comercios arruinados. Niños con ropa prestada.
El político comprendió que la dimensión de esa tragedia no cabía en un informe.
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XX. EL NUEVO IRAPUATO
Pasaron los meses.
La ciudad comenzó a levantarse.
Esa tienda no volvió a ser la misma.
Algunas casas fueron reconstruidas.
Muchas dejaron atrás el adobe.
Aparecieron ladrillos. Cemento. Nuevos muros.
Surgieron nuevas calles y nuevas colonias.
Entre ellas, la que llevaría para siempre la fecha de la tragedia:
18 de Agosto.
Javier creció.
El policía sería ascendido a coordinador operativo.
Rodriguez llegaría a ser comandante y jefe.
Eduardo continuó su labor y años después fue capitán.
Don Ernesto siguió trabajando en la administración pública.
El señor y su familia nunca olvidaron la tienda.
Y el padre continuó celebrando misas en el templo.
Pero ninguno volvió a mirar la lluvia de la misma manera.
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XXI. CINCUENTA AÑOS DESPUÉS
En 2023, Javier ya tenía setenta años.
Sintió la necesidad de recorrer las calles. Todo había cambiado.
Podía cerrar los ojos y volver a ser aquel jovencito.
Podía escuchar:
"¡Ahí viene el agua!"
Podía sentir las manos mojadas de sus hermanos.
Podía ver a la gente cruzando la corriente.
Podía recordar el aroma del lodo estancado.
En el centro, Javier miraba una marca que indica el nivel que alcanzó el agua.
Entonces escuchó una voz.
—¿Señor?
Era un jovencito de una edad similar a la que él tenía aquel día.
—¿Usted vio la inundación?
Javier lo miró.
—Sí.
—¿Fue muy fea?
Javier guardó silencio.
Después respondió:
—Fue peor de lo que puedes imaginar.
El joven abrió los ojos.
—¿Y cómo sobrevivieron?
Javier miró alrededor.
Y entonces dijo:
—Ayudándonos.
El joven sonrió.
—¿Y el agua?
Javier miró hacia el cielo.
—El agua se fue.
Hizo una pausa.
—Nosotros nos quedamos.
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EPÍLOGO
El agua quiso llevarse a Irapuato. No pudo.
Porque una ciudad no está hecha solamente de ladrillos. Está formada por su gente.
Por eso, cuando alguien pregunte qué fue lo que ocurrió en Irapuato el 18 de agosto de 1973, se tiene que hablar de miles de personas que, como ellos, los personajes de esta historia, reconstruyeron el Irapuato que es hoy.
Aquel día, el agua quiso borrar una ciudad, y terminó fortaleciendo su historia.