17/04/2026
La pericoronitis representa uno de los cuadros infecciosos más comunes en la práctica odontológica contemporánea, afectando predominantemente a pacientes en la segunda década de vida durante la emergencia de los terceros molares inferiores.
Desde una perspectiva clínica, este proceso inflamatorio se desencadena por la interacción entre la microbiota oral y un hospedador con defensas locales comprometidas debido a la presencia del opérculo. Este tejido blando no solo dificulta la higiene mecánica, sino que genera un microambiente anaerobio propicio para la proliferación de patógenos como Prevotella y Fusobacterium.
El diagnóstico diferencial es fundamental para el éxito del tratamiento. El clínico debe distinguir entre una pericoronitis aguda localizada y una fase supurativa que pueda comprometer los espacios fasciales profundos. Los signos cardinales incluyen dolor punzante irradiado, trismo de diversos grados, halitosis y, en casos de mayor severidad, linfadenopatía regional y malestar sistémico. Es imperativo evaluar la posición radiográfica de la pieza, ya que la angulación del molar y el espacio disponible en la rama mandibular dictarán si el abordaje definitivo será una operculoplastia o la exodoncia programada.
En cuanto al manejo inmediato, el protocolo de referencia consiste en la descontaminación del espacio pericoronario mediante irrigación profusa con antisépticos como la clorhexidina.
El soporte farmacológico con analgésicos y antibióticos sistémicos debe reservarse para cuadros con compromiso evidente o riesgo de diseminación. Una vez controlada la fase aguda, la decisión quirúrgica debe tomarse con base en criterios de funcionalidad y prevención de recurrencias, evitando así complicaciones mayores como la celulitis cervicofacial o la angina de Ludwig.
La vigilancia postoperatoria y la educación del paciente sobre la higiene de la zona siguen siendo los pilares para evitar la cronicidad de esta patología.