31/05/2026
Lo más triste no es ver una plaza llena.
Lo verdaderamente triste es preguntarse cuántas de esas personas acudieron por convicción y cuántas por necesidad.
Porque cuando un pueblo cambia su voz por una despensa, por un desayuno o por unos cuantos pesos, no está fortaleciendo a un gobierno; está renunciando a su propia capacidad de exigir resultados.
Mientras se organizan actos para presumir fuerza, Sinaloa enfrenta problemas reales: inseguridad, servicios públicos deficientes, crisis económicas para miles de familias y oportunidades que no llegan. La realidad no se transforma llenando plazas; se transforma resolviendo problemas.
Y también hay una responsabilidad ciudadana. Ningún político puede comprar lo que una sociedad se niega a vender. Cada vez que alguien acepta ser utilizado como número, como fotografía o como aplauso rentado, ayuda a perpetuar el mismo sistema que después critica.
La tragedia de México no son los políticos que buscan aparentar fuerza. La verdadera tragedia es que después de décadas de decepciones todavía existan ciudadanos dispuestos a intercambiar su dignidad cívica por beneficios momentáneos.
Los gobiernos pasan. Los partidos cambian. Pero una sociedad que deja de exigir, que deja de cuestionar y que deja de pensar por sí misma, termina siendo cómplice de su propia decadencia.
Y eso debería dolernos más que cualquier discurso.