05/10/2026
Ayer me tocó lavar el baño. Y mientras tallaba las paredes, me acordé de por qué durante tantos años sentí que hacerlo era una especie de fracaso.
De todos los quehaceres domésticos, lavar el baño es el que menos disfruto. Eso todavía no ha cambiado, jajajaja.
Mi mamá, con toda la buena intención del mundo, nos decía que estudiáramos para no tener que hacer esas cosas, para poder pagarle a alguien que las hiciera por nosotros. Eso sí, teníamos que aprender a hacerlas bien para saber corregir a quien contratáramos.
Con los años descubrí cuánto había influido ese consejo en mi manera de entender el éxito y, sobre todo, en mi dificultad para aceptar y disfrutar mi vida como madre y esposa.
Cuando era soltera, limpiar mi casa o lavar mi coche no me causaba ningún conflicto, lo hacía yo para ahorrar, pero también para demostrarme que era independiente. Pero al formar mi propia familia, algo cambió, parecía que el chip de la mujer empoderada se había apoderado de mí. Dedicar tiempo al hogar comenzó a sentirse como si estuviera desperdiciando mis capacidades, trabajar era lo que me daba mi valor.
Quienes han leído mi libro saben que llegué a tener tres trabajos diferentes. Era una adicta al trabajo. Y no todo tenía que ver con el dinero, también estaba intentando demostrar que era exitosa, independiente, completa.
Me habían repetido que tenía que romper con los roles que supuestamente me habían inculcado. Lo curioso es que en mi casa nos habían enseñado precisamente a ser autosuficientes y a no depender de nadie. Esa idea también me cobraría su factura, me costaba reconocer cuánto necesitamos unos de otros, la mayor parte del tiempo la gente cree que no necesito ayuda.
La filosofía empezó a mover muchas de mis certezas. Y trabajar con niños, adolescentes y tantas familias me obligó a mirar mi propia vida. Algunas de esas confrontaciones fueron dolorosas. Veía cosas en consulta que después tenía que preguntarme si también estaban sucediendo en mi casa. Con los niños en terapia aprendí mucho de naturaleza humana y me tocaba lidiar con las consecuencias de las ausencias paterna y materna en muchos casos.
Poco a poco, mi casa había dejado de ser mi refugio. Era el lugar al que llegaba a dormir, recobrar fuerzas y salir otra vez. Le prestaba tan poca atención que ni siquiera notaba sus desperfectos. Cuando no notas una grieta en la pared, es muy probable que en la estructura familiar algo se esté agrietando y tampoco lo notes.
Limpia siempre estaba mi casa, pero yo estaba cada vez menos presente.
Tenía quien hiciera la limpieza, mientras el amor y la ilusión con los que había construido aquel hogar iban perdiendo espacio en mi vida. Y algo dentro de mí también.
Renunciar a mi trabajo después de quince años fue una decisión difícil, además tenía que lidiar con una enfermedad crónica. Quería tenerlo todo, hacerlo todo y hacerlo bien, ser madre, trabajar, disfrutar de la vida y alcanzar ese famoso equilibrio del que tanto nos hablan. Pero mi salud me empezó cobrar esa factura que tarde o temprano llega.
Hoy puedo reconocer que algunas etapas exigen elecciones que duelen. El tiempo tiene un límite y nuestras fuerzas también. A veces alguien necesita quedarse, estar disponible, acompañar. Y hacerlo puede implicar renunciar a ingresos o posponer proyectos.
Admiro a las mujeres que pueden elegir dedicarse a su hogar y a su familia con libertad y alegría, sin sentir que por ello valen menos. También sé que muchas quisieran hacerlo y sus circunstancias no se lo permiten. Yo cuento lo que tuve que comprender en mi propia historia.
Todavía no he podido cambiar mi carro. Hay muchas cosas que seguimos sin poder comprar. Pero miro a mis hijos, veo quiénes son y lo que están construyendo, y recuerdo que mi mayor proyecto era acompañar la formación de dos seres humanos,
Desde que nos mudamos a Mérida, José y yo decidimos encargarnos de la casa e involucrar a nuestros hijos. Para mí, además del ahorro, hay algo muy concreto, el tiempo que tendría que trabajar de más para pagar ayuda puedo dedicarlo a cuidar nuestro hogar.
Llevamos tres meses en la casita amarilla. Quienes vienen se sorprenden de que ya esté instalada, de que se sienta tan nuestra. Alguien me dijo: «Ya tiene su identidad, se siente que es un hogar».
Me dio mucha alegría escucharlo. Hemos puesto aquí nuestros libros, nuestros recuerdos, nuestro trabajo y nuestra presencia. La estamos haciendo hogar entre todos.
Aunque esta casa no sea de mi propiedad, es mi hogar.
Así que ayer tallé el baño. Sin entusiasmo por la tarea, seamos sinceros, jajajaja. Pero también sin aquella sensación de estar traicionando a la mujer que debía llegar a ser. Amo mi día a día, con todas sus preocupaciones, sobre todo las económicas jajajaja, como toda buena madre de familia.
Hoy puedo reconocerme en la mujer que piensa, escribe, trabaja, acompaña a otras personas y también cuida su casa.