10/04/2026
Era el año de 1948 y el aire en la Terminal de Autobuses de México,en la calle de Matamoros,ahí en Tepito,ese día tenía un olor especial,mezcla de asfalto nuevo, grasa lubricante y la emoción de lo desconocido. Para Antonio, ese dia no era un día cualquiera; era el día que había estado esperando desde que escuchó por primera vez el rumor de las nuevas máquinas que venían de Chicago Estados Unidos. Allí estaba, imponente y reluciente, frente a la puerta de salida. Un hermoso Aerocoach de la línea Flecha Roja, pintura en blanco y azul brillante, cromos que parecían espejos y el número 25 pintado con elegancia,con una hermosa flecha roja en el costado. Antonio se ajustó la gorra, pasó la mano por el volante y sintió una vibración que le recorrió el brazo hasta el corazón. Era suya, al menos por este viaje. Listo pasaje, rumbo a Pachuca!! anunció con voz firme, mientras cerraba las puerta con un suspiro que sonaba como música para sus oídos. El motor rugió con fuerza pero suave, y el 25 se deslizó hacia adelante como si flotara. Salió de la terminal y tomó la calle de Matamoros,para salir hacia Jesús Carranza, dejando atrás el bullicio de la terminal. La primera parada fue La Villa de Guadalupe. Al pasar frente a la Basílica, Antonio hizo una pequeña señal de la cruz, como era costumbre, sintiendo que la Virgen lo acompañaba en este estreno.giro el hermoso autobús sobre la calle de Moctezuma,para ir rumbo a la carretera México Pachuca.El autobús respondía perfecto, nada que ver con los viejos modelos; esto era volar sobre ruedas. Siguió la ruta hacia adelante, primero puente negro,al final de la ciudad,luego pasando por San Cristóbal con su puente de fierro, imponente ante el paisaje de esa época.Las carretera se volvía más exigente, pero Antonio manejaba con la destreza de quien conoce cada bache y cada curva. Saludó con la mano a los conocidos que veía en la carretera, orgulloso de llevar esa unidad tan moderna. Después vino el tramo hacia Tecámac. El camino se abría, el viento entraba fresco por las ventanas y el paisaje se volvía más semidesértico. Antonio aceleraba suavemente, disfrutando cómo el Aerocoach tomaba velocidad sin esfuerzo. Los pasajeros platicaban tranquilos, comentando lo cómodo que iba el viaje. Más adelante, cruzaron Tizayuca. Ya se sentía el cambio de aire, más seco y limpio. Ya faltaba poco. El corazón de Antonio latía con fuerza; la última parte del camino siempre le gustaba, pero hoy era diferente. Iba estrenando, iba marcando historia. Finalmente, llegando a Matilde,dieron paso a las calles de la ciudad. Antonio tomó las calles con precisión, girando con cuidado hasta entrar por la famosa calle de Arizpe. Ahí, entre los edificios y el sonido de la ciudad minera, detuvo el imponente número 25 en la terminal. Apagó el motor y el silencio llenó la cabina. Miró su reflejo en el parabrisas y sonrió. Había hecho el viaje perfecto. Antonio Hernández, al volante del Aerocoach 25, había llegado.