25/08/2026
José María Arteaga (1827-1865) Parte 4
*Extracto del libro “Liberales ilustres mexicanos de la Reforma y la Intervención”*
El 3 de enero de 1864, habiendo Arteaga llegado a ser gobernador de Jalisco, había una retirada al sur del estado, y una veces avanzaba y otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en jefe del ejército del Centro por nombramiento de Don Benito hecho desde Paso del Norte. No obstante su alta posición llevaba una vida de pobre. Su honradez fue tal siendo gobernador de Querétaro que salió como había entrado, atenido a su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una vez se lo presentó el director de las escuelas manifestando que carecían de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dio los doscientos por orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo a su ayudante Jacinto Hernández: “Dile a Jiménez que me preste cincuenta pesos por este reloj”.
Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con que acudía a él y la cantidad que ahora le pedía iba a servir para los gastos indispensables de su casa. Otra vez don Cenobio Díaz indujo a la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, a que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la Casa de Ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó Arteaga: “Qué, ¿dar poder yo? Qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria y no que digan algún día, al verla con lujo: sí está rica, porque su padre robó cuando fue gobernador del estado”.
Anteriormente, cuando fue herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa número 16 de la 1a calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció dieciséis mil pesos. “No señor –contestó– no recibo nada: mi tropa sí los necesita; yo puedo vivir como quiera”. En Michoacán, de jefe de las tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A mediados de 1865, huyendo del 4o. de caballería Wenceslao Santa Cruz que los perseguía, los suyos le dieron por mu**to al caer con todo y caballo en un barranco. Afortunadamente a medio declive la banda de general se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa siguió hacia Tecámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al siguiente día, halló vivo a su general, lo condujo a la Hacienda de Chopos y se agregó a la fuerza.
Una desavenencia lo tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la organización de la tropa con que debían hacer frente a Méndez. Arteaga era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El calendario señalaba el 20 de septiembre. El 4 de octubre pasaron revista a las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez a atacar la ciudad con 1,500 hombres. Los republicanos la desocuparon a 1:00 de la tarde y tomaron camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras habían partido a distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los 1,400 soldados de Arteaga llegaron bien.
El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo, y emprendieron la retirada a Santa Ana Amatlán, llegando el 13. A pesar de que Méndez le pisaba los talones, ahí descansaron muy confiados, porque cubría la cuesta con un piquete Pedro Tapia, único camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar a Amatlán, y Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las 11:30 de la mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de repente, se oyó en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! Y unos tiros. El teniente Amado Rangel, con cincuenta hombres, entrando por la cañada, había sorprendido a la fuerza republicana.
—¿Qué pasa? -preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.
—El enemigo, mi general.
—¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus exploradores.
—Que Dios lo salve a usted, mi general.
En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruapan en 3,000 pesos por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron preso fue a Arteaga; dos soldados lo conducían; Rangel le salió al encuentro, se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:
—Mi general.
—Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero, en camisa. —Rangel dio órdenes para que trajeran lo que faltara al ilustre prisionero. Y le manifestó:
—Señor, yo mando; no se aflija usted, porque ante mí a nadie se mata; al contrario, usted disponga de todos mis elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.
—No hijo, déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no vuelve.
A las 2:00 de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez al grito de ¡viva el Imperio!. Arteaga, demudado, dijo a Rangel:
—Ahí vienen los tuyos.
—Ya usted ve, tiempo tuvimos.
—Lo que siento es que este Capulán me fusile.
—Pues no señor, no lo fusilará.
La verdad es que Amado Rangel quería pasarse a los liberales, pero éstos prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos. Rangel fue a encontrar a los suyos.
Fuente: Ángel Pola, “José María Arteaga”, en: “Liberales ilustres mexicanos de la Reforma y la Intervención”, México, Daniel Cabrera, editor 1890. Edición Facsimilar, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa, 2006.
Lee completo el texto enhttps://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/muro/pdf/arteaga_perfil.pdf