08/03/2018
Aprovechamos esta noche especial para dejarles esta postal de Tijuana, así como un cuento del administrador de la página.
"Deja que amanezca"
Detrás de todas las casas, con el viento gris despeinando a los gatos y el vaho nocturno a punto de extinguirse surge algo muy parecido a una vida.
Alicia desprende un suspiro que se eleva hasta el techo y se estrella contra el abanico, que lo dispersa, convirtiéndose en la decoración más reciente del cuarto. Cada día un nuevo diseño, todo a cuenta de renta. Ella lleva más de media hora despierta pero se rehúsa a molestarlo, le gusta besar sus ojos cuando apenas los abre. Hecho. Se miran fijamente y por inercia se abrazan. Elena se coloca sobre él y ambos extienden sus brazos en forma de cruz. De pronto ella se levanta dirigiéndose a la ventana. Debo irme, dice Aurora apenada. —¿Otra vez tan pronto?— Sabes que no depende de mí, la Chata me regaña cuando llego y ve que ya amaneció. —No sé cuál es su problema si sabe que estás conmigo. Ándale ven, un minutito más. Cecilia regresa a la cama después de ver el transitar de la subespecie madrugadora. Se recuesta en el regazo de Marco. Él la abraza y le deja caer unas cuantas palabras al oído. No oculta el placer que le da sentirse anhelada, necesaria como el deseo mismo. Se besan con la luz apagada, rescatando la escasa penumbra que le resta a la noche.
Con levísimo tacto revive sus ansias, acaricia su espalda, sus muslos, trastorna su vientre besándolo una y otra vez. Deja renacer sin angustia la tierra que ha de ser fecundada, mientras amanece en sus pupilas un cielo blando. El primer rayo de luz franquea las cortinas pero no la pasión que permanece erguida dentro de esa burbuja que emana su propia luminosidad. El ambiente huele a vida. Aproximan sus rostros y ella profiere un “te amo” que resuena en la cabeza de Mateo, quien no puede evitar contraer su cuerpo y besarla de nuevo. Un “yo también” bastaría pero él no emite ninguna palabra. De inmediato, los prejuicios empiezan a llover sobre la frente de Beatriz. Se ha dado cuenta de que él sólo es su acompañante, no su compañero. Que ella hizo un pacto de ida y vuelta pero el regreso no será con quién tiene a un lado; no en este mundo. Carlos nota el monólogo silencioso y se detiene, ella voltea disimulando una sonrisa. El sol colorea las sombras que se difuminan en las esquinas de la habitación, perdiéndose con ellas la pasión desbordada.
Sin saber cómo, espalda con espalda cada uno empieza un soliloquio que venía fraguándose tiempo atrás. Cada cual sabe que aunque alimentan la carne no hay futuro y no soportarán otra noche así. El amanecer la incita a huir. Se alistan y se dirigen a la puerta. Es hora, ya nada será como antes. Cada segundo es igual, todo tiende a cambiar. Sus cuerpos despidieron el calor necesario para exudar vida, las miradas esquivaron la luz para perderse en un instante. Se hablaron en cientos de lenguas para balbucear un “te amo”. Todo mundo cree que los amaneceres son espontáneos pero no es así, un minuto puede convertirse en años, del mismo modo ese par de palabras no fueron suficientes, ambos salieron del cuarto y nunca volvieron a tomarse de la mano.