07/04/2025
PALAÚ, SUS PEREGRINACIONES Y SUS PERSONAJES. UN GRATO RECUERDO… (Recuerdos de mi niñez y adolescencia de los 70’s y 80’s)
Por: Sánchez Delgado (Sandel).
“La ventaja de tener mala memoria es que se goza muchas veces con las mismas cosas”
Friedrich Nietzsche
Desde niño, siempre me cautivó el colorido, el ritmo, la música, la armonía–con tambor y violín- pero sobre todo el fervor con el que en mi pueblo PALAÚ, -pueblo mítico- por sus minas, sus mineros, sus historias, sus personajes y muy en particular sus matachines o danzantes, -como también les nombra la gente-, se convirtieron en expresión cultural y religiosa.
Al evocar esos tiempos idos que refresca la memoria del recuerdo, y que nos regresa a las fiestas religiosas de Palaú, que desde mis seis abriles en 1969, de la mano de mamá y custodiado por mis hermanos mayores, nos abríamos paso entre la multitud, para acercarnos a verlos danzar, cuando pasaban por la plaza o una vez que terminaba la celebración religiosa.
El pavor lo imprimían “los viejos de la danza”, con su indumentaria única y su “muñeca fea” a todo lo alto, correteando a quién se le pusiera en frente, fuera chico o fuera grande.
El colorido de sus trajes, su vestuario todo de vivaces y brillantes colores: camisa, chaleco, faldilla o nagüilla adornada con carrizos, bordados con lentejuela y preponderante luciendo la imagen de su santo o virgen encomendados. También se destaca el penacho de plumero con su corona bellamente decorada, su sonaja y el arco y flecha. Lo que remata y distingue es el huarache de cinco suelas con una placa de lámina que al realizar la pisada sobre el suelo emite su característico sonido.
A mi mente vienen dos personas que, entre tantas otras, impulsaron fuertemente el sentido religioso como dimensión importante en la vida humana y de comunidad, que impacta en el tejido social y en la historia cultural de un pueblo. Me refiero al Padre Rafael Castilla Castro y a Don Pedro Borjón Valdés.
En sus memorias de vida, Don Pedro dejó como parte de su legado a su familia –de la cual formo parte- , un texto narrativo -un libro familiar- el cuál me correspondió su redacción, a la vez que él me narraba sus historias de vida. Entre 2005 y 2006 se trabajó arduamente y en septiembre de 2006 en su aniversario 87 de vida, se hizo la presentación en una reunión familiar. Se titula “Memorias de un enamorado del Mineral de Palaú, del Estado de Coahuila”. El Reencuentro con el Recuerdo.” La vida de Don Pedro Borjón Valdés. Tiempo nos faltó para seguir desgajando los recuerdos, del cual saldría otro buen texto. Falleció en la ciudad de Saltillo el 8 de junio de 2017, a tres meses de cumplir 98 años.
Don Pedro Borjón fue y es mi padrino de bautizo junto con su esposa, mi madrina María Pura González de Borjón. Desde niños nos criamos juntos los Sánchez Delgado y los Borjón González, siendo vecinos hasta el cambio de residencia de todos ellos a Saltillo por el año de 1971. Y digo de todos ellos, porque su familia se componía de 15 hijos y la nuestra de 9 miembros.
Pues bien, este enamorado de Palaú, llegó de Nueva Rosita a residir al mineral de Palaú en marzo de 1946, con 27 años de vida y 3 años de casado, para laborar en la Carbonífera Unida de Palaú (CUPSA). Hombre visionario formado con un sentido de vida espiritual y practicante de la religión católica. Comentaba en su narración que cuando llegó a Palaú, vio con tristeza la capilla de madera en ruinas, a la que asistían, desde Múzquiz, los domingos, a celebrar misa el padre Ernesto Cadena, el padre Cardona o algún otro sacerdote.
En una tarde en que merodeaba por la capilla de Guadalupe, vio acercarse un auto negro, no conocido entre los pobladores. Desciende del auto una persona, para preguntar algunas cosas y al acercarse Don Pedro al auto reconoce a un sacerdote, era Monseñor Andrés B. Dávila párroco en Monclova y la otra persona que le acompañaba era nada más y nada menos que el Padre Rafael Castilla Castro.
Dos personajes que desde ese momento coinciden y comparten sus visiones y realidades sobre lo que habrían de plantear para la vida espiritual de esa comunidad a la que designaban al padre Rafa.
Regresando al inicio del texto, con el plan de acción a desarrollar para la feligresía de Palaú, se erige la capilla en Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, para el año de 1959 siendo el Pbro. Rafael Castilla Castro su primer párroco. Entre otras personas que habrían de integrarse en apoyo a la titánica labor religiosa está don Pedro, quien inicia las peregrinaciones guadalupanas, dando así un fervor religioso a las fiestas del 12 de diciembre.
El templo dedicado a la Virgen de Guadalupe se fue reconstruyendo y edificando, no sólo como lugar de culto religioso, sino también para la formación humana y cristiana. En lo personal recuerdo la Biblioteca que tenía en la planta alta, con escaleras externas arriba de lo que era la sacristía, con un buen número de volúmenes y obras diversas, no sólo de corte religioso. Me maravillaba como niño y como joven encontrar libros y revistas o de textos que el padre Castilla nos recomendaba y nos prestaba para leer. No se diga de los periódicos que leía a diario o de los que le llegaban de la capital, o del Observador Romano. Le acompañábamos al puesto de revistas de Petrita Nájera por sus periódicos. También había colocadas en el exterior, bocinas, que reproducían música especial o algún mensaje de interés para la comunidad.
La historia de vida del Padre Rafael Castilla, merece un buen libro, del que ya tengo información recopilada y guardada digital en algunas narraciones de él. Tiempo al tiempo para poder preparar ese material, del cual estoy seguro de que no le hubiera gustado, ya que no era participe de reconocimientos, mucho menos de elogios.
Las peregrinaciones imprimían el fervor religioso mezclado con el folclor y la algarabía de los matachines y sus danzas y las creencias de la gente del pueblo. Con anterioridad y una rigurosa organización, los grupos apostólicos que se tenían en la novel Parroquia participaban en el recorrido que partían en algunos años desde la Mina “La Paloma”, en otros tiempos desde el Tiro 4 y otras desde la “Y” enfrente de la secundaria. La mano y dedicación de Don Pedro, estaba siempre presente.
Los carros alegóricos y sus diversas temáticas representadas por niños, jóvenes o trabajadores y sus familias, caminaban lentamente entonado canticos religiosos y letanías o rezos y en las filas que formaba el cortejo, se destacaba el ruido especial del huarache con lámina del danzante, su colorido traje, el instrumento de arcos en mano que lo hacían vibrar y su sonaja, el tambor bien sonado y las notas en las cuerdas del violín… allí venían los grupos de danzantes del viejo Corpus, los del Uno y medio, los del cuatro, los del barrio de ¨La Cajita” y los de “La Mila” que entre paréntesis mi tía Fela les confeccionaba sus coloridos trajes en su máquina Singer. Día, tarde y noche se la pasaba detrás de su máquina para tener a tiempo los trajes, para que pasaran a terminar los atuendos que llevaban: la imagen de la guadalupana en lentejuela y los carrizos. Esos grupos de danza recuerdo de mis años de infancia y adolescencia en Palaú, en los 70’s y 80’s. Sin duda alguna fueron surgiendo otros muchos más, ya que Palaú se distingue por sus matachines o grupos de danzantes que algunos de ellos como el de los “Milas”, -San Judas Tadeo- celebraron en febrero del 2025 sus primeros 56 años de existencia ininterrumpida.
A ellos les canté en un poema compuesto a su trayectoria:
¡Oh guerrero inmortal de mil hazañas!
Que naciste de la entraña del carbón…
y en las fiestas del pueblo le acompañas
al compás de tu ritmo y a tu son.
Eran dos grandes peregrinaciones en diciembre: la del Trabajo y la del 12 de diciembre. La del trabajo un domingo anterior a la de la fiesta del 12 de diciembre. Congregaba la primera al gremio minero y trabajadores por excelencia y a otros gremios. Recuerdo de chiquillo a Ramiro mi hermano que en paz descanse, que arreglaba el carro alegórico con el que participaba la empresa “Materias Primas” hoy BAROSA, en donde trabajaba junto con mi padre. Finalizaba el recorrido en la Parroquia en donde se celebraba la Misa y posteriormente continuaban las danzas, la fiesta popular y por último el encendido de la pólvora.
Días de fiesta que iniciaba con el novenario a la Virgen el 3 y concluía el 11 de diciembre, para enseguida el 12 de diciembre desde las 5 de la mañana se escuchaban los barrenos y el repiqueteo de campanas para iniciar la romería. Y entre cada misa, que celebraban también en las minas con los trabajadores mineros se lanzaban cohetones que explotaban a todo vuelo.
El padre Castilla, don Pedro, los matachines, los grupos, el pueblo… todos participaban del fervor religioso y del folclor que desde mis recuerdos de niños se han tenido en Palaú, como parte de su vida espiritual y de su religiosidad que ha unido a la población como parte de sus tradiciones y costumbres propiciando un ambiente de vida cultural y de comunidad.
“A lo largo de la historia el cambio ha sido algo que nos ha acompañado siempre, pero con diferentes niveles de intensidad. Antes, los grandes cambios se producían en momentos de tiempo relativamente alejados; ahora confluyen hasta dejarnos sin respiración. El cambio actual, intenso, constante y, en muchos casos, inasible hace que vivamos desorientados y perdidos en un mundo cada vez más difícil de entender”. (1)
Pero que en nuestras tradiciones y costumbres pueblerinas, sigan los viejos de la danza ahuyentando a los demonios de la insensibilidad y perdure esa magia y sincretismo del folclore, las creencias y religiosidad que representan los guardianes de los rituales que conectan lo terrenal con lo divino y celebra tradiciones, fiestas e historia.
“Deja que los hijos de tus entrañas
sigan danzando y contando hazañas”.
(1) Carrión, Juan. Culturas INNOVADORAS 2.0 Ed. Lid. 2009.