28/05/2026
Un 28 de mayo de 1864 | Maximiliano y Carlota llegan a México
Maximiliano de Habsburgo venía de Austria. Pertenecía a una de las dinastías reales más antiguas, poderosas e influyentes de Europa: la Casa de Habsburgo. Nació en Viena y, antes de embarcarse a México, vivía con Carlota en el idílico Castillo de Miramar, una imponente residencia que él mismo mandó construir a orillas del mar Adriático, en Trieste (que en ese entonces formaba parte del Imperio Austriaco).
Aunque Maximiliano era de la alta realeza, su situación en Europa antes de 1864 era bastante frustrante y compleja:
Estaba desempleado y marginado políticamente: Maximiliano había sido Gobernador del Reino de Lombardía-Venecia (territorio controlado por Austria en el norte de Italia). Sin embargo, sus ideas eran demasiado liberales y tolerantes para el gusto de la estricta corte vienesa. Debido a esto, su hermano le quitó el cargo en 1859. Se quedó sin un rol político real, aburrido en su castillo y con enormes deudas por construir Miramar.
Pérdida de territorios familiares: Austria acababa de perder la guerra contra Francia y el Reino de Cerdeña, lo que significó ceder Lombardía. El Imperio Austriaco se estaba debilitando y la influencia de los Habsburgo en Italia se desmoronaba.
La ambición de Carlota: Su esposa, hija del rey de Bélgica, no estaba contenta con ser una simple espectadora en un castillo italiano; ella anhelaba una corona propia y un escenario donde ambos pudieran gobernar de verdad.
El hermano mayor de Maximiliano era Francisco José I, el emperador de Austria. Su relación mutua estaba llena de tensiones, celos y desconfianza. Francisco José no es que "lo mandara" en un sentido de darle una orden directa, sino que apoyó y presionó para que aceptara la oferta por tres razones principales:
Quitarse un rival de encima: Maximiliano era muy popular, carismático y mucho más liberal que Francisco José. En Viena, algunos sectores veían a Maximiliano como una opción atractiva para reemplazar al rígido emperador. Enviarlo al otro lado del océano eliminaba cualquier riesgo de un golpe de Estado o conspiración familiar.
Una salida "honrosa" para el hermano incómodo: Francisco José le dio un ultimátum a Maximiliano: si aceptaba la corona de México, debía renunciar a todos sus derechos sucesorios al trono de Austria y a sus títulos familiares. El emperador quería dejar claro que los problemas que Maximiliano buscara en América no arrastrarían al Imperio Austriaco a una guerra.
La presión y el juego de Napoleón III: El verdadero cerebro de la intervención era el emperador de Francia, Napoleón III, quien necesitaba un gobernante católico y europeo para su proyecto geopolítico en América. Napoleón convenció a los conservadores mexicanos y le ofreció la corona a Maximiliano. Francisco José vio esto como una oportunidad para que su hermano menor cumpliera sus ambiciones monárquicas lejos de casa.
Al final, Maximiliano aceptó la corona engañado por los informes de Napoleón III y de los conservadores mexicanos, quienes le aseguraron que el pueblo de México lo amaba y lo reclamaba. La frialdad del puerto de Veracruz ese 28 de mayo fue su primer baño de agua fría.
Cuando Maximiliano llegó a la Ciudad de México y empezó a gobernar, los conservadores mexicanos que lo habían traído se llevaron la sorpresa de sus vidas. Ellos esperaban a un monarca tradicional y católico que borrara de un plumazo las Leyes de Reforma de Benito Juárez, pero se encontraron con un Habsburgo de ideas profundamente liberales.
El engaño se cayó muy rápido por varias razones:
Los conservadores querían que Maximiliano les devolviera los bienes y las tierras que Juárez le había quitado a la Iglesia católica. Sin embargo, cuando el Nuncio Apostólico (el enviado del Papa) llegó a México para exigir esto, Maximiliano se negó rotundamente.
Para el emperador, el Estado debía estar por encima de la Iglesia. No solo ratificó las Leyes de Reforma, sino que:
Defendió la libertad de culto (algo que horrorizó a los obispos).
Dejó los cementerios y el registro civil en manos del gobierno.
Mantuvo la nacionalización de los bienes eclesiásticos.
En lugar de rodearse exclusivamente de los políticos conservadores que planearon su llegada (como Juan Nepomuceno Almonte), Maximiliano invitó a liberales moderados a formar parte de su gabinete. Su lógica era que, para pacificar el país, necesitaba gobernar para todos los mexicanos, no solo para una facción. Esto hizo que los conservadores se sintieran traicionados y desplazados de su propio proyecto.
Maximiliano sentía una genuina fascinación por el pueblo indígena de México. Durante su corto imperio, impulsó leyes que eran increíblemente avanzadas para su época y que chocaban directamente con los intereses de los grandes terratenientes conservadores:
Prohibió el castigo corporal a los trabajadores.
Limitó las horas de la jornada laboral.
Decretó que las deudas de los peones no se heredaran a sus hijos (rompiendo el sistema de las tiendas de raya).
Devolvió tierras a las comunidades indígenas y fundó la Junta Protectora de las Clases Menesterosas.
Al actuar como un liberal, Maximiliano logró el peor escenario político posible:
Perdió el apoyo de los conservadores y de la Iglesia, quienes le retiraron su respaldo económico y político al ver que no defendía sus privilegios.
Nunca se ganó a los liberales republicanos, porque para Benito Juárez y su ejército, Maximiliano no dejaba de ser un invasor extranjero impuesto por las bayonetas francesas.
Cuando las tropas francesas de Napoleón III se retiraron de México en 1866 debido a las presiones de Estados Unidos y las tensiones en Europa, Maximiliano se quedó sin ejército y sin aliados locales, lo que aceleró su caída final en Querétaro en 1867.
⬇ Aquí el momento en que le anuncian su partida a México.⬇