15/10/2023
1767. LA FILOSOFÍA EN EL SIGLO XXI
Que exista institucionalmente la filosofía, en el primer cuarto del siglo XXI, en alguna parte del mundo, o aquí mismo, no es cualquier cosa. Ella parecería existir siempre, aquí y allá, contra viento y marea. Cuando existe, ya la vemos confundirse con otra disciplina, o se trata de justificar por, y arropar con, ella. Eso, cuando menos, suele ser lo habitual. Ahora bien, que ocurra de esa y no de otra forma no deja de ser sumamente interesante. También resulta desesperante; al final, legitimarla consume demasiado tiempo. Escuchando o leyendo a los filósofos, de antes y de hoy, subsiste la impresión de que ellos mismos no se ayudan mucho. Hablan, para empezar, si no en puras abstracciones, sí en sofisticadas jergas esotéricas que con frecuencia ni ellos entienden. En seguida, desconfían casi patológicamente unos de otros. Por último, no parece que con o sin ellos cambie mucho el paisaje. Carece de impacto o de influencia social, si no, como sin imaginación alguna piden los gobiernos, pertinencia. A más de un simple ciudadano, educado o no, bien dispuesto o no hacia ella, acaban desarmando. Los científicos y los políticos hacen notorios esfuerzos por no perder con los filósofos la paciencia. Nunca queda lo bastante claro identificar a qué se dedican. De ser muy original, de ser sinónimo de inteligencia, existen numerosos espacios donde la filosofía más bien ostenta un carácter oscuro, residual o sobrante. Si ya hay ciencias, no se ve, honradamente, para qué podría todavía servir. Ni siquiera luce la digna pero lustrosa inutilidad del arte. Pero no podemos negarlo: si esto ha venido pasando mínimamente durante más de un siglo, es por algo. ¿Será cosa del pasado, como un día decretó Hegel a propósito del Arte? No hay una sola causa, pero la filosofía se encuentra en entredicho, o en la estacada, porque -esa es mi firme opinión- desde hace varias centurias se convirtió en otra cosa: primero en Metafísica, luego en Religión, al último -hoy mismo- en Ciencia. Pero ella, por desgracia o por fortuna, no es ninguna de las tres. Podría alimentarse de aquéllas, debería hacerlo, pero normalmente ha sucedido al revés. Y, en buena parte, insisto, por su propia culpa. No puede rivalizar con estructuras tan fuertes y tan necesarias para la dominación social. Pero entonces, si se distingue de las mismas, ¿cuál es su especificidad? Precisamente: que *no es como ellas*, aunque ha contribuido, a veces con esmero y auténtico entusiasmo, en su formación y en su ejercicio. Repito: no es como ellas. No es Metafísica porque, por la razón o circunstancia que fuere, no se coloca por encima de la *Physis*; no es Religión porque, al menos programáticamente, no da por buena Revelación Sobrenatural alguna; y no es Ciencia porque, si algo así efectivamente existiera, no admite un Método Único. Parece fácil afirmar esta diferencia, pero es bastante claro que no lo es. No podrá ponerse en duda que en las tres hay algo que comparten con la Filosofía: el pensamiento. Pero éste conoce tipos muy diversos. Su historia es complicada. Habrá, sin falta, quien niegue -de Spinoza a Heidegger- que, en rigor, exista el pensamiento en la Religión y en la Ciencia. Bien mirado, ni siquiera se trata de una ofensa. Se reproduce aquí una distinción decimonónica o incluso dieciochesca: Imaginación, Entendimiento, Razón. Procede de Immanuel Kant. En realidad, esta tripartición se ha de remontar hasta Platón: Aíscesis (percepción sensible), Doxa (opinión), Episteme (Saber). No al lado: un nivel encima del otro. Parecerían rasgos estructurales: lo demás sería fachada, acabados. Estética (en su sentido ornamental). La Metafísica apuesta por una separación neta entre un real que se ofrece -sin darse jamás de cuerpo entero- a la sensibilidad, a la sensación, y otro -el Verdadero Real- que pertenece al pensamiento. Ahí sí se entrega tal cual. Hay gradación o comunicación entre los niveles, pero también, más importante aún, corte y fractura. El problema anida ahí. ¿Dónde trazar la discontinuidad? ¿Qué facultad lo haría? ¿Cómo evitar que el desprendimiento de lo sensible nos remita a una mera abstracción, o a su encadenamiento? En términos acaso menos pedantescos: ¿cuáles son los límites del lenguaje? Porque, tal vez intuitivamente, sin palabras, sin concepto, captamos un día, con horror o fruición, a veces con frío desdén, que *no todo* cabe en el lenguaje, que no todo se deja cernir con docilidad en el, a pesar de los pesares, prodigioso filtro de las palabras. En consecuencia: con perdón de Hegel, no todo es Lógica (a menos que en ella quepa exactamente aquello que excluye: una idea de locos). Un modo de querer resolver los enmarañamientos de la Metafísica es, precisamente, el de Hegel. Platón patentó el juego, pero Hegel intentó, tal vez con éxito ejemplar, decir exactamente en qué consiste. Si hoy sabemos a qué juega la Metafísica, es gracias a Hegel, y por él ya todo cambió. Nada, para la filosofía, o para el pensamiento, si en él contamos al Arte, ha podido ser igual que antes. Con el de Stuttgart se produce, menos que un final de partida, un Fin de Juego en toda regla. Involuntaria pero indefectiblemente, Hegel le ha abierto las puertas a sus sepultureros. Marx, Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Bergson, Heidegger, Bataille... Cada quien lo ha enterrado a su modo; a veces, comiéndoselo (como en el caso de Marx), a veces sodomizándolo (como en el caso de Bataille). No será excesivo asegurar que, tras él, ha comenzado otra historia muy distinta. La Religión ha crecido, por su cuenta y riesgo, como hiedra en el árbol de la Metafísica; si injertamos en su tronco la savia del Monoteísmo Hebreo -hazaña que logró en primer lugar un Saulo de Tarso-, obtendremos las flores y espinas del Cristianismo. Son dos mil años de una historia, bastante repetitiva, pero al cabo instructiva: saturada de anécdotas y moralejas. Agustín de Hipona y Tomás de Aquino han dejado dicho lo esencial. Algo diferente ha pasado con la Ciencia, pero no sería completamente extraño. De Bacon y Galileo hasta Einstein es perceptible una actitud muy semejante. Si a la filosofía se le han formado excrecencias como la Metafísica y la Religión (cristiana), a la ciencia se le ha formado en el cerebro una calcificación tan desagradable como el Positivismo. Nadie se salva. En este ámbito, tal vez nos resulte imposible llegar más lejos del sitio adonde llegó Ludwig Wittgenstein. Todo lo demás parece literatura secundaria. En suma, Metafísica, Religión y Ciencia compiten y no cesan, ni ahora, de competir con la filosofía, cuyo semblante es reconocible a lo lejos por cierto aire de familia tan desenfadado como atemporal. Heráclito se sienta al lado de Spinoza y Hume, Lucrecio lanza un guiño a Bruno, a Deleuze y a Michel Serres, Epicuro saluda a Montaigne y a Gracián... En el siglo XXI es quizá demasiado temprano para señalar faros en un mar menos tempestuoso que poludido y plasticoso. Vivimos, nos agrade o nos haga vomitar, en un horizonte avizorado por Nietzsche. Todo se ha vuelto humano, demasiado humano. Y no nos queda ni el recurso de rogar a Dios, porque no cabe duda alguna de que, para todos nuestros fines prácticos, no digamos ya teóricos, ha mu**to... no sin una revoltosa e insoportable descendencia. Sacársela de encima es, para todo filósofo, hoy mismo, un deber. Porque la filosofía es libre -o no será.