20/09/2026
Después de la dictadura. ¿qué país queremos construir?
La pregunta parece prematura cuando una sociedad todavía está marcada por el conflicto. Pero precisamente por eso debe formularse antes. Las transiciones fracasan con frecuencia cuando comienzan sin haber definido suficientemente qué quieren construir después de derribar aquello que rechazan. Derrotar el totalitarismo no es todavía construir democracia. Terminar una dictadura no es todavía construir República. Celebrar elecciones no es todavía consolidar Estado de derecho. Liberar presos no es todavía reparar una sociedad. Permitir el regreso del exilio no es todavía reconstruir la ciudadanía.
Una verdadera transición debe responder qué relación existirá entre el ciudadano y el Estado; qué límites tendrá el presidente; cómo se garantizará la independencia judicial; cómo se protegerá la prensa; cómo se organizarán los partidos; cómo se evitará el uso partidario de las instituciones; cómo se protegerán las minorías; cómo se reparará a las víctimas; cómo se enseñará la historia; cómo se garantizará que las fuerzas de seguridad respondan a la Constitución y no a un partido; cómo se impedirá que los recursos públicos vuelvan a convertirse en propiedad de una familia o grupo político.
Esas preguntas constituyen la diferencia entre cambiar de gobierno y cambiar de país.
Y quizá esa sea la conclusión más incómoda de todo este diagnóstico. Nicaragua no necesita únicamente una nueva clase política. Necesita una nueva relación con el poder. No necesita solamente nuevos gobernantes. Necesita nuevas reglas. No necesita únicamente nuevas elecciones. Necesita ciudadanos que comprendan que ningún gobierno, por bueno que parezca, debe tener poder ilimitado. No necesita una nueva versión del viejo caudillo. Necesita que el caudillo deje de ser una necesidad cultural. Entonces la historia comenzará verdaderamente a cambiar. No cuando desaparezca el último dictador. Sino cuando desaparezca de la conciencia nacional la idea de que Nicaragua necesita un hombre fuerte para salvarse.
La libertad política comienza cuando una sociedad descubre que ningún hombre debe ser indispensable para que una República funcione.
Y quizás allí termine el círculo. No porque Nicaragua haya olvidado su historia. Sino porque finalmente haya aprendido de ella.
Lessther Hamilton