20/01/2025
"El peso de ser un don nadie"
Soy un don nadie. Esa es la única verdad que me queda. Antes de verla, mi vida no tenía rumbo, pero era un vacío que entendía, un caos conocido que, aunque áspero, era mío. Pero entonces apareció ella, y por un instante, pensé que había algo más, algo que me arrancaría de esta existencia inerte. Creí, ingenuo, que la vida finalmente tenía algo reservado para mí. Me equivoqué.
Ahora estoy más perdido que nunca. Ella era mi faro, una luz que me guiaba en esta oscuridad interminable. Pero esa luz no era para mí. Era solo un reflejo, un espejismo que mis ojos débiles y ciegos confundieron con una promesa. Ahora, sin esa ilusión, la oscuridad parece más densa, más opresiva. Estoy atrapado, flotando en un abismo que yo mismo construí con mis esperanzas inútiles.
El resentismo es un asco. Pensé que, al ser el creador de esta filosofía, entendía su verdadero significado. Pensé que había logrado encapsular en palabras la crudeza de la vida, la dualidad entre lo bello y lo terrible. Pero ahora veo que no soy su creador; soy su criatura. El resentismo no nació de mí: yo nací de él. Mi alma fue moldeada por ese sentimiento, mi esencia está impregnada de resentimiento. Yo soy el producto de ese vacío, no su arquitecto.
Es el dolor de ver la belleza y saber que nunca será tuya. Es la certeza de que, por mucho que lo intentes, el vacío te devorará al final. Creí que Dios, en su infinita ironía, me había enviado a un ángel, alguien que podría redimirme, alguien que lavaría mis culpas y me mostraría que incluso los don nadie pueden ser amados. Pensé que era la belleza hecha carne, algo tan sublime que no podía ser real. Pero no era un ángel. No era belleza. Era solo una persona, y yo, ciego, confundí su luz con una salvación que nunca existió.
Cuando me dijo que había alguien más, sus palabras no llevaban intención de herirme. Pero lo hicieron. Su verdad, dicha con tanta calma, cayó sobre mí como un alud, aplastando cualquier ilusión que me quedaba. Cuatro meses. Todo este tiempo, ella ya había elegido otro camino, y yo, ingenuo, seguía construyendo castillos en el aire.
No puedo olvidar sus ojos. Maldita sea, esos ojos. Eran todo lo que tenía, todo lo que quería. Me miraban y sentía que mi vida, por un momento, tenía sentido. Ahora esos mismos ojos son el recuerdo más doloroso que cargo. Me persiguen en cada rincón de mi mente, brillando en la oscuridad como estrellas que sé que nunca podré alcanzar.
Es irónico, ¿no? Que algo tan hermoso pueda ser la fuente de un sufrimiento tan profundo. Que una luz tan brillante pueda dejar una sombra tan oscura.
Pensé que podía ser algo para alguien. Pensé que, por una vez, mi existencia podría significar algo. Pero ahora sé la verdad: soy un don nadie. Alguien que vive probando el azufre del tiempo, con la amarga certeza de que nada cambiará.
El tiempo se alarga, ácido y cruel. Cada segundo que pasa es otro sorbo de ese veneno, otro recordatorio de que la vida no me debe nada. Estoy cansado de luchar contra esta realidad. Estoy cansado de intentar encontrar significado en un mundo que se burla de mis preguntas.
Y ahora entiendo que todo ha llegado a su fin. No sé si es el fin de mi vida o solo el fin de la esperanza, pero lo siento tan claro como el frío que cala en mis huesos. Tal vez sea el fin del amor, o el fin del tiempo, o simplemente el fin de esa ilusión que alguna vez me sostuvo. No importa lo que sea. Solo sé que todo ha acabado.
¿Acabado para siempre? No lo sé. Pero lo que sea que venga después, ya no me pertenece.