25/08/2026
Distintos eventos... EL MISMO MIERDERO.
Y volvió a suceder.
Este fin de semana “concluyeron” las funciones del tour de las fotos en el Estadio Hiram Bithorn; el mismo lugar donde se llevó a cabo el Mundial de Béisbol en marzo de este mismo año. En ambos eventos hubo llenos totales; este estadio acomoda 20,000 personas para los juegos y 25,000 para conciertos, pues también se utiliza el área de juego para el acomodo del público.
Allí miles de seguidores de este exponente se dieron cita para escucharlo y enarbolar la bandera del patriotismo a todos los confines del universo y, además de cantar las canciones, gritar sus inconformidades y frustraciones a viva voz. No es de extrañar que eso suceda. La presión a la que estamos sometidos como pueblo no es fácil de digerir y, cuando encontramos personas compartiendo la misma miseria, unir voces es consecuencia lógica… aunque esto no resuelva los problemas.
Entre la bandera de Puerto Rico más grande que he visto en mi vida, ondeando sostenida por una grúa, y los miles de personas gritando “Esencia no va”, sentí lo mismo que sentí en el Mundial de Béisbol: una mezcla de orgullo y tristeza inmensa.
Orgullo porque aquello era Puerto Rico gritándose a sí mismo que todavía estaba ahí. Tristeza porque sabía que, unas horas después, buena parte de aquella unidad terminaría recogida junto con las tarimas, las luces y las sillas.
Por un lado, gritamos nuestra puertorriqueñidad y, por otro, dejamos claro que es solo la euforia del momento la que nos mueve a ello. Porque mientras adentro gritamos “somos más y no tenemos miedo”, horas antes, en la entrada, se escuchaban las frases “jalte el medio mama bicho” o “mera, no me dieron cámarita… ¿me puedes dar otra?”, mientras tenían la que ya le habían dado guardada en la cartera transparente, donde también tenían el lipstick, la mascara, los fili y la ATH pa’ las birras.
Porque adentro todos somos boricuas, pero estamos unidos porque estamos en el mismo espacio.
Y ese quizás sea parte del problema. Necesitamos estar encerrados para recordar que pertenecemos al mismo lugar. Porque a la salida el atropello era dantesco. Gente empujando a los que unos minutos antes gritaban con ellos que “juntos somos más”.
No me lo contaron; estuve allí en las dos funciones… y no viendo el concierto.
Y lo más jodido es que tampoco era nuevo. En marzo vi prácticamente la misma escena durante el Mundial de Béisbol. Cambiaban las canciones por batazos, la tarima por el terreno y los artistas por peloteros, pero la bandera era la misma, el grito era el mismo y, cuando terminaba el evento, el mierdero también era el mismo.
¿De qué vale gritar por tres horas que juntos somos la solución para luego salir y atropellar a los demás, comerte la luz roja en TODAS las intersecciones, meterte en el medio aunque tu luz haya cambiado, hacer doble parking en el centro comercial, dividir la familia para coger 10 cajas de agua en lugar de las 5 establecidas por el racionamiento en el que TODOS ESTAMOS SUFRIENDO LAS CONSECUANCIAS…?
Porque ahí también se mide el patriotismo. Y quizás se mida mucho mejor ahí que debajo de una bandera gigantesca.
Es cierto que la solución a nuestras situaciones está en el poder de la unión. Pero unirse no es gritar juntos… es accionar en colectivo aun cuando no estemos encerrados en un mismo lugar.
Unirse también es entender que si hay cinco cajas de agua para ti, las otras cinco son de alguien que tiene la misma sed. Es detenerte en la luz para permitir que el otro pase. Es no bloquear una intersección porque tienes prisa. Es entender que el espacio público no comienza cuando tú llegas ni termina cuando tú te vas. Eso también es país. Y no necesita tarima... necesita conciencia de país.
Pero si solamente funcionamos desde el encierro, entonces pensemos si ya no estamos encerrados en este 100 × 35 que debería ser suficiente para todos.
Nuestra isla NO ES PEQUEÑA… nosotros la hemos empequeñecido.
La empequeñecemos cada vez que pensamos que lo nuestro tiene que resolverse primero. Cada vez que convertimos un recurso colectivo en una oportunidad individual. Cada vez que gritamos que juntos somos más y cinco minutos después actuamos como si el que tenemos al lado nos estuviera quitando algo.
La empequeñecemos regalándosela a aquellos que, portando los recursos que deberían ser de todos, los usan para su beneficio, mientras nosotros nos quedamos en el estadio gritando... pero sin hacer. Eso también forma parte del mierdero. Pero sería demasiado fácil dejarles toda la culpa.
Porque mientras algunos se quedan en el estadio gritando, hay un país afuera que no necesita que le canten. Necesita que se actúe como si realmente se creyera en todo lo que se gritó.
Porque ninguno de los que cantaron en el Estadio Hiram Bithorn esa noche encima de la casita ni de los que cantaron “Japi Veldei” en Caribe Hilton tuvo que ir a su casa a bañarse con un cubito de agua…
NINGUNO…!!!
Quizás ese sea nuestro verdadero mierdero. Que hemos aprendido a sentirnos país cuando alguien prende las luces, sube el volumen y levanta una bandera gigantesca frente a nosotros.
Pero Puerto Rico sigue ahí cuando termina el concierto. Sigue ahí cuando se apagan las luces. Sigue ahí cuando llegamos a la intersección. Sigue ahí cuando quedan diez cajas de agua y sabemos que cinco son nuestras... si llegamos a tiempo.
Porque ser muchos dentro de un estadio es fácil.
Lo difícil parece ser recordar que cuando salimos seguimos siendo los mismos...
y los que cantaron también.
Edwin Ocasio