08/02/2023
Se acerca el Día de los Enamorados y nosotros queremos festejarlo con esta bellísima narración 💗💗💗
¡HASTA LA VICTORIA!
Gabriela Valdes [*]
Anoche desperté entelerida, me miré las piernas, ¡llenas de machucones! Entonces vi mi alma convertida en un colgajo de hilachas estrellándose contra el piso. Esta vez, harta de las requisas íntimas, me había negado a desnudarme y ¡zas!, otra vez al calabozo de castigo. Un agujero contaminado de pestilencias ácidas y lamentos. Allí iban las sancionadas, las que no querían cumplir el reglamento interno, a pudrirse de hastío y de miedo, alejadas de las demás, arriba, en los altos del penal. No era la primera vez que me enjaulaban, porque las injusticias me sublevan y no puedo contenerme. Papá dice que tengo la sangre rabiosa del abuelo. Durante la última visita, constaté que a pesar de sus diferencias, eran cercanos y se querían. Mamá toda llanto y reproches y él, para consolarla, le dijo: «Victoria es igual a su abuelo, una luchadora». Yo me sentí gloriosa como Gardel. El viejo había participado en las grandes huelgas ferroviarias de los años cincuenta, encarcelado en más de una ocasión, despedido y finalmente indultado por el propio Perón. Con papá podía hablar de todo, de fútbol, de política y por supuesto, de las hazañas del abuelo. Mamá era más del tipo árida, vivía extraviada en un mundo de arpegios y ajena a todo lo que no fuera Brahms o Bach. Definitivamente, su sangre no corría por mis venas.
«Las despedidas son tristes», había musitado tía Techa, a puro lagrimón, cuando se fue a vivir sola a Mar del Plata. Yo pensé que era una escena hiperbólica y teatral. «Solo cinco horas de viaje», repliqué. Pero cuando los vi partir, mamá con su pañuelito de batista tapándose la boca y papá tomándola de la cintura, sentí las mejillas mojadas y un río de lagrimones rodando sin parar. ¡Cuánta razón tenía tía Techita!
Pasé la tarde sumida en el abismo demencial de mis dos metros cuadrados hasta que una voz extramuros interrumpió mi catarata de quejidos.
—¡Aguantá que falta poco!
—¿Quién sos?
—Gabo. Caímos en cana después de una redada en Derecho. ¿Y vos?
—Fue a la salida de una asamblea en Psicología, seguro que nos infiltraron porque la guardia de infantería nos estaba esperando y nos molieron a garrotazos.
—¿Así que Psicología, eh? ¿Me vas a leer el inconsciente?
Yo simplemente me reí. A continuación hablamos del amor de Freud por sus perros, de la pesada alfombra iraní de su diván y no sé cómo desemboqué en el Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo de La interpretación de los sueños. El guardia hizo sonar el amansalocos contra los barrotes de fierro, provocando unos chirridos furiosos y, por supuesto, el fin de la conversación. No me importó, me quedé un rato mirando la lucerna altísima por donde se filtraba la luz y, hacía unos instantes, la voz de Gabo. Gabo de Derecho, Gabo revolucionario, Gabo guerrero. Lo imaginé de mil formas; moreno de ojos claros, moreno y de rulos, ¿con barba o sin barba?, melena larga, lo más probable. Ya adormecida, continué flotando en las regiones infernales mientras Gabo de Derecho revolvía las aguas fangosas del Acheronta para rescatarme. ¿Y si era pelirrojo?
Llovía tanto. Una cortina líquida caía sin piedad sobre las chapas del techo. Imposible hablar. Cuando menguó el temporal, golpeé con fuerza un jarro de latón. No sabía muy bien cuántos metros mediaban entre nosotros. Al rato, escuché dos golpecitos lejanos. Respondí con tres, él con uno, y luego vuelta a comenzar. Así estuvimos casi una hora descuartizando los cacharros contra la pared hasta que alguien desde otra celda gritó «¡Basta!» y paramos.
A la mañana siguiente, me desperté tiritando, hacía un frío de esos que taladran los huesos. «¿Estás ahí?». Me entretuve haciendo ondular mi propio aliento húmedo en el aire. «¿Estás?». Más tarde, el mazacote de zanahorias, papas, algo de harina, huevos y unas pocas lentejas no logró acallar el pavor de mi estómago. ¡Un asco! Decidí sumergirme en un rumor de olas rompiéndose, de voces familiares y veranos en casa de tía Techa. Palpé la arena bajo mis pies, las manos de Gabo, calientes, igual que la arena, el sabor a mar en sus labios, los dos tan cerca.... El guardia hizo tronar el timbre. «¡Hora de la inspección!» Yo quedé ahuecada como una campana rebotando contra mi helado cubículo de mala suerte. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero por las astillas de luz en el suelo, supuse que era noche de luna. De pronto, una melodía crepitó vagamente. Era Gabo deslizando su «Qué poca cosa es la realidad, mejor seguir, mejor soñar» a través de la lucerna. Salté de mi rincón, pegada contra la pared y en puntas de pie cerré con «Y lo que vale no es el día». Él era más de Charly, y yo del Flaco.
—¿Dónde estuviste?
—Me obligaron a bajar al patio y a caminar en círculos hasta ahora. Mirar solo hacia el piso, sin detenerme. Eso me enloqueció…
Luego de un silencio que no quise alargar, propuse:
—Mejor volvamos a la música.
Entonces retomé mi amor por Spinetta, hablé sin pausa de la sofisticación de su poesía, de la complejidad de su sonido, esa mezcla de jazz y rock que tanto me gustaba. Casi sin darme cuenta llegué hasta Moris y Pajarito Zaguri. Todo muy beat.
—Beat, beat, me encanta el sonido de esa palabra.
Confesé mi debilidad por la filosofía libertaria, visceral, psicodélica y a la vez, pacifista. Sin embargo, no todo podía terminar en la devoción por el ocio y el rechazo a los despertadores. Tenía que haber algo más. Cuando entré a la facultad quedé fascinada. Los muros atiborrados de carteles cruzados por hoces y martillos. Enseguida conocí a la Turca, ella sí que sabía persuadir.
—Era toda una ebullición de ideas y ahí me cerró el círculo ¿entendés?
Al final, acordamos entre susurros que había que desafiar a la dictadura con algo más que asambleas y movilizaciones.
—¿Y qué hacemos con Moris y Pajarito?
—A ellos los salvamos —afirmé sin dudar.
—¿Sabés qué día es hoy?
—Acabo de perder la cuenta.
—¿Qué decías? ¡Ah, sí!, ¿me preguntaste por mi nombre? Creo que soy el fruto de una dicotomía no antagónica. —Gabo estalló en carcajadas—. Es que estoy convencida de que a papá, Victoria, le gustó a raíz de la famosa frase del Che y a mamá, por la Ocampo. Aunque nunca lo admitió, pero yo sé que la admiraba en secreto y seguro que más de una vez habrá soñado con ser ella la que compartiera el escenario del Colón con Stravinsky. Es que mamá es tan, tan…
Las luces se apagaron y el carcelero empezó su ronda. Punto final.
La luz del sol se fue metiendo a tientas en cada celda, parecía una gran manta desenrollándose despacio, sacudida cada tanto por una infinidad de cuchicheos. A medida que pasaban las horas, el descontento espasmódico se convirtió en un clamor contumaz y la silbatina alcanzó una intensidad de estruendo. Inesperadamente, un golpe seco atravesó las rejas metálicas y cayó desde las alturas al modo de un cometa. El objeto consistía en un hilo largo de lana deshebrada; en la punta, a manera de contrapeso, un papel abollado y una piedra. Era un paquete de Colorado con un mensaje escondido escrito en lápiz y aprisa.
Todos mis pensamientos son tuyos.
Experimenté una especie de vértigo en las sienes.
No queda parte de mí que no esté fundida a tu ser. Mi sangre, mis sueños eternamente atados al hilo de tu voz.
Te quiero,
Gabo
Fin de la hoja. Durante varios minutos quedé girando dentro de un torbellino ascendente que se dilataba y se contraía al ritmo acelerado de las pulsaciones de mi corazón. A la distancia reconocí a la Turca que clamaba a los cuatro vientos: «¡Reviente quien reviente, libertad a los combatientes!». El prefecto se había atrincherado en la planta baja junto con algunos de sus oficiales. El control del pabellón era nuestro. Nos abrazamos con algunas compañeras que habían logrado llegar hasta la terraza y la asonada acribilló a puñaladas el atardecer.
Los colchones ardían pendiendo de las ventanas. En medio del humo denso, distinguí, entre todas las voces, la de Gabo. Venía a la cabeza de un pelotón improvisado, la mirada sostenida, el puño en alto. En ese momento, el mundo se detuvo y nos quedamos como bobos viéndonos por primera vez, llenos de asombro y de ternura. Al instante, escuché mi nombre en su grito de guerra: «¡Hasta la Victoria!». Conmocionada, hundí mi cara en su pecho; exploré sus manos, calientes, igual que la arena, el sabor a mar en sus labios y en un sollozo ahogado murmuré:
—Siempre, Patria o Muerte.
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*Inspirado en la historia de Valeria y Claudio, presos en la cárcel de Devoto en Buenos Aires y liberados por el presidente Héctor J. Cámpora el 25 de mayo de 1973, durante lo que se conoce como El Devotazo.
Nota: Este cuento, será publicado en la antología "Historias de amor, desamor y otros romances", Editorial Rubín. En celebración del próximo 'Día de los enamorados'