06/07/2026
LUNES DE ANÉCDOTAS 10
Tras la pequeña pausa de la semana anterior —el cúmulo de información deportiva con el Mundial de Fútbol y el Abierto de Wimbledon dominando los medios y las redes sociales— retomamos ahora los LUNES DE ANÉCDOTAS.
En cada entrega vamos viendo cómo se desarrollaba mi inicio en el deporte y, luego, en la vida profesional del tenis, así como el comienzo de mi hermano Marcelo —hoy una de las mayores figuras del dobles en la escena mundial— en su camino hacia el profesionalismo.
Estamos en los años 1999 y 2000, cuando yo tenía trece años e iba a cumplir catorce. Ya había comenzado a competir a nivel individual y representando a El Salvador, en el país y en toda Centroamérica. Y ya había conocido el nivel de los mejores niños de mi edad en el mundo.
A esa temprana edad ya había triunfado en todo lo que podía ganar individualmente en mi país y en la región centroamericana. Mientras más competía, más ganaba y más me obsesionaba con convertirme en un tenista profesional. Solo en eso pensaba; no existía para mí otro objetivo superior. Quería llegar a ser el primer tenista salvadoreño y centroamericano en buscar y lograr ingresar al profesionalismo del tenis y destacarme.
Tal era mi obsesión que, en las noches, mientras dormía, tenía sueños recurrentes: enfrentaba a las grandes estrellas del tenis profesional del circuito mundial. Jugaba partidos intensos, muy apretados contra, por ejemplo, los norteamericanos Todd Martin, Andre Agassi, Pete Sampras y Jim Courier, y siempre los ganaba.
En ese entonces, a la par, daba comienzo la carrera de mi hermano Marcelo. Siempre con mis padres como protagonistas, replicábamos todo lo que habíamos hecho con mi propio comienzo en la carrera.
Marcelo tenía nueve años en ese momento y, al igual que lo habían hecho conmigo, mis padres lo llevaban los lunes, miércoles y viernes a San Salvador para sus entrenamientos. Empezaba a competir —y destacarse— en la categoría de diez años a nivel nacional.
Aquella época —sobre todo al cumplir los trece años— fue algo extraña. Así sentía mi día a día. Era pequeño, había logrado lo máximo a nivel local y centroamericano, pero hasta ahí. Sentía que no me daba para alcanzar el nivel europeo o sudamericano. El gran reto para mí estaba en alcanzar el nivel mundial, pero necesitaba ganar unos centímetros más de estatura y masa muscular para tener mayor potencia. Todo dependía del desarrollo de mi cuerpo.
En eso sentía que no tenía mucho por hacer. Era algo frustrante porque mis deseos —y mi ansiedad— me empujaban a alcanzar los más altos niveles. Pero, en esos niveles, los niños de mi edad estaban más desarrollados. Estaba un poco desmotivado y eso me estaba afectando. Necesitaba salir de ese estado anímico. Y un hecho externo lo produjo.
Se disputaron los Juegos Deportivos Estudiantiles del CODICADER (Consejo del Istmo Centroamericano de Deporte y Recreación) en Panamá. En ese momento ya estaba en la categoría de catorce años y, en los Juegos, se competía por cinco medallas de oro. Ese año gané tres de las cinco. Eso me dio un respiro en el ánimo que traía.
En los siguientes Juegos del CODICADER —yo estaba saliendo de la categoría de catorce años— puse alma, corazón y vida y obtuve las cinco medallas de oro que estaban en disputa.
Cuando jugaba en representación de mi país, mi rendimiento crecía. Lograba triunfos mayores.
Ese era un sentimiento que me animaba desde muy niño. Veía esas disputas como una guerra que mi país no podía perder. Cada uno de esos eventos representando a El Salvador era, para mí, una manera de demostrarle a la región, al continente y al mundo que El Salvador —el Pulgarcito de América— podía ser grande, podía ser el mejor.
Ese sentimiento, ese efecto que aquellos eventos producían en mí, fueron, sin duda, el motor para que años más tarde lograra convertirme en el salvadoreño que más triunfos ha aportado en la historia tenística de mi país en participaciones de la Copa Mundial del tenis, la Copa Davis.
Aquellas cinco medallas de oro logradas en los Juegos del CODICADER me dieron la motivación necesaria en un momento clave de mi carrera. Me cambiaron la mente, me dieron mucha confianza y comencé a ver nuevos horizontes.
Di un salto en mi nivel de tenis y empecé, desde allí, a abrir el camino para que nuevas generaciones de salvadoreños pudieran recorrerlo de manera más fácil, con un mayor conocimiento otorgado por una experiencia exitosa.
Y, a nivel sentimental, profundo, para mí y para toda mi familia, me convertí en el ejemplo deportivo a seguir para mi hermano Marcelo, quien, por su constancia, dedicación y talento, ha llegado a lo más alto del tenis mundial.