09/06/2026
LUNES DE ANÉCDOTAS
CAPÍTULO 8
LUNES DE ANÉCDOTAS
En el último capítulo vimos la enorme importancia que el acompañamiento de mis padres tuvo en mi carrera tenística. Fue un gran impulso para que pudiera dar el salto, el primer salto decisivo en mi ingreso al mundo del tenis de competencia internacional. Hoy veremos cómo, gracias a ese apoyo familiar, pude dar un segundo salto que, esta vez, me condujo a mi ingreso definitivo al terreno de la formación, capacitación y ejercicio del deporte que, en ese momento de mi vida, la de un niño de ap***s 12 años, impulsaba mi presente y mi porvenir.
En 1998, a mis doce años, vivíamos en Sonsonate. Ericka, mi hermana mayor, no se había graduado aún. Pero ya en ese momento mis padres habían tomado la decisión de impulsarme a avanzar más en mi carrera. La posibilidad de alcanzar una formación mayor y de dedicar más tiempo a ello implicaba una mudanza mía a San Salvador.
Mis padres comenzaron a ver dónde podía vivir en la capital del país. Una tía, hermana de mi madre que vivía en San Salvador, era la solución más inmediata. Y, al mismo tiempo, estaba un amigo de mi padre, Don Lico Mejía, a quien conocíamos de antes por el tenis. Él nos ofreció su casa para que yo fuera a vivir con su familia. El amigo tenía un hijo que también jugaba tenis. Eso fue decisivo. Iría a vivir a la casa de un compañero y amigo del tenis. Allí pasé el primer año de aquella nueva vida.
Aquella nueva vida implicaba una rutina exigente que hoy, a la distancia, pienso que solo mi profunda vocación por el tenis podía ayudarme a cumplir. Entrenaba desde las 8:00 hasta las 12:00 de la mañana todos los días en el Polideportivo. Una parte de ese entrenamiento era física y la otra técnica. Luego almorzaba. Teníamos un descanso y desde las 2:00 de la tarde hasta las 4:00 continuaba con el entrenamiento técnico y, luego, hasta las 5:00 la parte física. Teníamos una merienda de media hora y, desde las 5:30 hasta las 7:00 de la noche, continuaba con mis estudios.
Esa era la dura rutina de cada día para un niño de 12 años.
De lunes a viernes tenía como materias matemáticas, ciencias, idiomas —inglés— y otras en los horarios del atardecer. Además, estudiaba los fines de semana. De esa manera podía entrenar intensamente toda la semana y continuar con mis estudios en el colegio.
Al año siguiente, mi hermana Ericka terminó el ciclo medio y se había inscrito para ingresar a la Universidad Dr. José Matías Delgado. Entonces, mis padres alquilaron en San Salvador un departamento y allí me mudé a vivir junto con mi hermana. Eso fue ya en 1999.
En ese año sucedió algo importante. El Instituto Nacional de los Deportes de El Salvador había hecho una alianza con su par de Cuba. Gracias a ello, entrenadores de ese país llegaron al nuestro para apoyar nuestra formación tenística. Aquel año, entrenadores cubanos y también de otros países dieron un plus muy alto a nuestro desempeño. Entre ellos, el profesional argentino Hugo Giménez, que conducía el programa, y otros como Raúl Molina —quien nos dio un enorme apoyo en la formación—, Tito Pineda, César Nolasco y, según recuerdo, un preparador físico cubano, Tito Romero, que era a su vez entrenador de taekwondo.
A su vez, teníamos una nutricionista —recuerdo su nombre, Evelyn— y una psicóloga cubana. Así inicié mi etapa entre los 12 y los 14 años, con ese régimen: entrenando ocho horas diarias, con preparación física, técnica, nutrición, psicología y jugando torneos nacionales y centroamericanos.
Ese año, con catorce años de edad, gané una beca para poder jugar torneos en Sudamérica, lo que significaba un nuevo salto en mi carrera. Allí la Federación Internacional de Tenis (ITF) comenzó a apoyar el desarrollo del tenis en todo el mundo y eso tuvo repercusión en nuestra región.
Con fondos que dejaban los Grand Slam, la ITF recibía una parte que le permitía otorgar becas a niños con talento de las diferentes regiones del mundo. En aquel momento yo ya era el mejor de Centroamérica y uno de los mejores de Centroamérica y el Caribe, y eso me permitió ganar otras becas.
Me había incorporado a un mundo con proyección al tenis profesional junto a adolescentes algo mayores que yo. Por mi experiencia y por mi desarrollo físico y técnico, no me iba bien en las competencias por Sudamérica. Jugaba con tenistas más desarrollados y con mayor fogueo que yo y perdía porque no podía sostener ese nivel alrededor de mis 14 años.
Recuerdo que la primera vez que jugué por Sudamérica no gané un solo partido en toda la gira; bueno, no gané ni un solo set. Sin embargo, eso no me desmotivó. Conocí el nivel que había en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador.
Al contrario de desmotivarme, me tomé con más seriedad el reto. Esa experiencia me permitió darme cuenta de lo duro que tenía que trabajar para llegar lejos. Era el mejor de mi país, de Centroamérica y uno de los mejores de toda la región, pero eso no alcanzaba en Sudamérica. Por lógica, estaba aún más lejos del nivel europeo.
Tenía una desventaja enorme. Todos ellos entrenaban con entrenadores que tenían gran experiencia y con muchos chicos de alto nivel. En mi caso, entrenaba con profesores que aún no habían tenido la experiencia de formar profesionales del tenis y, en el grupo de entrenamiento, había solamente niñas: cuatro niñas que se habían decidido a tomar el reto y que venían de un programa llamado Búsqueda de Talentos, que reclutaba niños de centros escolares del país.
Recalco mucho esta decisión que tomamos en familia porque es una de las más difíciles en el desarrollo de un tenista. Es la primera decisión que te permite tomar el rumbo correcto hacia el tenis de alto nivel profesional y también, si no la tomas, es la decisión que te dejará fuera de esa posibilidad.
Entonces, a los 11 o 12 años, debes decidir entre entrenar a tiempo completo y dejar la formación académica presencial, o continuar en el colegio presencial y alejarte del tenis profesional. Después de esta etapa vienen otras muy importantes también, pero esta es la primera y más importante si alguien quiere convertirse en profesional del tenis.
Mientras eso ocurría, yo vivía, como dije antes, con mi hermana en San Salvador. Mis padres, siempre pendientes, venían a verme dos o tres veces por semana y, los fines de semana, yo iba a Sonsonate a pasarlos en familia. Necesitaba ese calor familiar que me nutría para mantener las duras rutinas semanales.
Por su parte, mi hermano Marcelo, cuando ya tenía 8 y 9 años, había comenzado a competir en torneos nacionales. Junto con sus compañeros de formación y capacitación veía con admiración a mi grupo, que entrenábamos ocho horas al día y competíamos en distintos países del continente.
Éramos modelos a seguir para muy pocos o tal vez solamente para Marcelo. Algunos de ellos decían que estábamos locos, pero se sorprendían cuando competíamos por todo el mundo.
Todo eso motivaba más y más a Marcelo. Decía en las mesas familiares que él también quería tener ese régimen de aprendizaje y entrenamiento.
Toda aquella etapa fue un incentivo para que él siguiera los pasos de su hermano mayor, que estaba entrando en un mundo del tenis que le permitía viajar para competir por toda la región y otras partes de América.
En los próximos Lunes de Anécdotas veremos cómo fueron evolucionando los resultados a nivel internacional.
Hasta el próximo lunes.