08/23/2026
64 SESIONES. CERO RESULTADOS. ¿Y AHORA QUÉ?
La OEA ha celebrado sesenta y cuatro sesiones sobre Nicaragua. Sesenta y cuatro. Resoluciones, declaraciones, condenas, preocupaciones, exhortaciones. Sesenta y cuatro veces los países del continente se sentaron a hablar sobre la dictadura en Nicaragua. ¿Y qué pasó?
Ortega les cerró la oficina. Les confiscó el edificio de la OEA en Managua, un edificio que ni siquiera era propiedad de Nicaragua, y se lo regaló a una universidad sandinista. Así responde un dictador a sesenta y cuatro sesiones de buenas intenciones: robándote la silla donde te sentabas a condenarlo.
La semana pasada se aprobó la sesión número sesenta y cinco. Veintinueve países votaron a favor. Solo Brasil votó en contra. México se abstuvo. Todos celebran. Yo pregunto: ¿esta vez es diferente o es otra sesión que termina en un comunicado que Ortega usa para encender fuego?
Porque seamos honestos. La OEA condenó a Venezuela durante años y Maduro se burló de todas esas condenas hasta que finalmente cayó. Condenó a Cuba y el régimen cumplió sesenta y siete años sin que cambiara nada. Condenó a Nicaragua sesenta y cuatro veces y Ortega no solo sigue en el poder sino que eliminó las elecciones, hizo copresidenta a su esposa, puso a su hijo a firmar acuerdos con potencias extranjeras y les robó hasta el edificio donde se reunían a condenarlo.
La lección de Venezuela es clara: las condenas solas no tumban dictadores. Lo que tumbó a Maduro fue la combinación de presión internacional con un pueblo que no se rindió. Las condenas sirvieron cuando finalmente se convirtieron en acciones. La pregunta para Nicaragua es si la sesión sesenta y cinco se queda en papel o si esta vez las palabras se convierten en hechos.
PERO COMO DICE LA CANCIÓN QUE TODOS CONOCEMOS.
Nadie es eterno en el mundo.
Y el dictador lo sabe. Por eso la urgencia. Por eso la reforma constitucional que elimina las elecciones. Por eso Rosario es copresidenta. Por eso Laureano firma acuerdos con Rusia, China e Irán como si fuera jefe de Estado sin que nadie lo haya elegido. Por eso confiscaron cada institución independiente, cada medio de comunicación, cada organización que pudiera fiscalizar.
No es locura. Es un plan. El dictador sabe que nadie es eterno en el mundo y por eso está construyendo un trono que se hereda. Una monarquía disfrazada de revolución. Una finca familiar con bandera y escudo nacional.
Eliminaron las elecciones no porque les tengan miedo a los candidatos. Las eliminaron porque quieren que el trono pase de Ortega a Rosario, de Rosario a Laureano, de Laureano a quien siga, sin que el pueblo tenga derecho a opinar.
Nicaragua no es una finca que se hereda. Nicaragua es una patria de siete millones que merece elegir quién la gobierna.
Por eso no queremos el trono. Queremos derrumbarlo.
¿Y AHORA QUÉ HACEMOS CON LA OEA?
Aquí es donde tenemos que hablar con la verdad. Si la sesión sesenta y cinco termina como las sesenta y cuatro anteriores, en un comunicado que expresa profunda preocupación, no habremos avanzado ni un centímetro. Ortega ya demostró que los comunicados le importan menos que el papel donde se imprimen.
Pero esta vez puede ser diferente. No porque la OEA haya cambiado sino porque las circunstancias cambiaron.
Ortega eliminó las elecciones públicamente. Ya no disimula. Ya no finge. Le dijo al mundo entero que en Nicaragua no habrá más elecciones. Eso le quitó la última máscara. Y ahora los veintinueve países que votaron a favor tienen una decisión: actuar de verdad o admitir que sus votos no valen nada.
Venezuela nos mostró que cuando la presión internacional se combina con un pueblo organizado, los dictadores caen. Pero también nos mostró que tomó años de condenas que no servían hasta que finalmente alguien decidió actuar. Nicaragua no tiene que esperar años. La sesión sesenta y cinco puede ser el punto donde las palabras se convierten en acciones.
¿Qué debería pasar? Una última oportunidad. No para negociar en secreto con el dictador. No para pedirle que por favor sea bueno. Una última oportunidad formal, pública, documentada y supervisada.
Elecciones libres. Supervisadas por organismos internacionales. Con un proceso de empadronamiento que incluya a los más de un millón ochocientos mil nicaragüenses que están afuera. Con voto electrónico desde el exterior para los ochocientos mil que salieron después de 2018 y que por diversas razones no pueden regresar a votar.
Si el régimen acepta, comienza una transición real. Se le da una escalera para bajarse.
Si el régimen rechaza, queda documentado ante veintinueve países y ante el mundo entero que rechazó la vía democrática, pacífica y supervisada. Y entonces esos veintinueve países tendrán que decidir si sus votos significan algo o si son tan decorativos como las sesenta y cuatro sesiones anteriores.
EL VOTO DESDE AFUERA.
Hay un millón ochocientos mil nicaragüenses que reciben el peso de esta crisis todos los días. Son los que mandan remesas para que sus familias sobrevivan. Son los que salieron con una maleta y construyeron una vida con sus manos. Son los que no duermen pensando en la mamá que dejaron, en el hermano que no pueden visitar, en la tierra que les quitaron.
Hay ochocientos mil que salieron después de abril de 2018. Que vieron los francotiradores. Que perdieron amigos. Que fueron perseguidos por pensar diferente.
Toda esa gente tiene derecho a votar. Y la tecnología existe para que lo haga desde donde esté. El artículo 109 de la ley electoral 331 ya contempla mecanismos que pueden adaptarse. No es un invento. Es un derecho que les robaron y que hay que devolver.
Cuando un millón ochocientos mil nicaragüenses en el exterior puedan votar, ningún régimen podrá robarse una elección. Porque los votos desde afuera no se intimidan con turbas ni se compran con zinc.
¿Y LAS SESENTA Y CUATRO SESIONES ANTERIORES?
No las descarto. Cada una fue un ladrillo. Un ladrillo lento, un ladrillo que a veces parecía inútil, pero un ladrillo. Sin esas sesenta y cuatro sesiones no habría veintinueve votos hoy. Sin esas condenas repetidas no habría un expediente internacional que documenta cada abuso, cada confiscación, cada preso político, cada elección robada.
El problema no fue poner los ladrillos. El problema fue que nunca hubo un plano para saber dónde ponerlos.
Ahora hay plano. La semana pasada publicamos siete pilares para la Nicaragua que viene después. Soberanía real. Economía para todos. Energía independiente. Un ejército de la nación. Justicia que sane. Educación para pensar. Y reconciliación de verdad. Más de veintiocho mil personas lo leyeron. Doscientos sesenta y seis comentaron. Nadie pudo rebatir un solo pilar. Lo único que pudieron decir fue el apellido. Y como ya dijimos: seis letras no borran siete pilares.
Veintinueve países confirmaron esta semana que la dirección es correcta. Nosotros ya tenemos el plano. La pregunta es si la OEA esta vez tiene uno o si la sesión sesenta y cinco termina como las sesenta y cuatro anteriores: en un papel que el dictador usa para encender fuego.
NADIE ES ETERNO.
Nadie es eterno en el mundo. Ni los hombres ni los regímenes ni los tronos. El dictador lo sabe y por eso construye un trono para heredar. Pero nosotros no queremos el trono. Queremos derrumbarlo. Y construir en su lugar una silla que sea del pueblo, que se ocupe con votos y no con herencias.
Mientras la OEA decide si actúa o redacta otro comunicado, nosotros seguimos construyendo. No necesitamos permiso. No necesitamos que nos instalen. Necesitamos pueblo. Y el pueblo está respondiendo.
Si algo adentro tuyo se movió, mandá un mensaje al WhatsApp: 1 786 960 4180. Mandá tu identificación con foto. Tu identidad está protegida. Miles ya lo hicieron. En casi todos los países donde hay nicas. Incluyendo dentro de Nicaragua.
Nadie es eterno en el mundo. Pero lo que un pueblo construye unido, ladrillo por ladrillo, eso sí puede durar para siempre.
Pasame un ladrillo.
Desde Miami, con el corazón en Nicaragua.
Alvaro Somoza Urcuyo
Alianza por la Libertad de Nicaragua